La forma más extrema de la violencia de género es el feminicidio, pero antes de llegar ahí son muchas sus consecuencias en la salud mental de las víctimas.
Hay investigaciones en el campo de la neuropsicología que abordan estas secuelas no visibles. Una de las más recientes e interesantes es el estudio de la Universidad de Granada «Neuropsicología de la violencia de género» (2023), en el que se profundiza en las alteraciones cerebrales que se producen en el tiempo al sufrir violencia de género de manera sistemática.
Se señala que el maltrato físico y emocional en mujeres sobrevivientes se vincula a múltiples alteraciones neuropsicológicas que afectan la atención y concentración, así como la velocidad del procesamiento motor, y que estos cambios están presentes en más del 60 % de los casos analizados.
El hecho de sufrir golpes y abusos durante años, y por parte de alguien de tu ámbito íntimo, necesariamente va a tener repercusiones negativas en la calidad de vida. Hace casi 20 años que se utiliza el término de trastorno por estrés traumático complejo para describir este grupo de síntomas particulares y recurrentes: sentimiento de amenaza, desregulación afectiva, autoconcepto negativo, además de ansiedad crónica y depresión.
No hay que ir más allá para entender que la violencia de género es una realidad bastante compleja con implicaciones graves en la vida personal y social, y que la respuesta penal no es suficiente. Las víctimas pueden resultar incapacitadas en un sentido más amplio que en otros delitos.
En ese orden, la neuropsicología forense tiene mucho que aportar en el sistema de atención. Con esta pericia se tendría una evaluación certera del estado cognitivo-conductual y de los daños psíquicos producidos a fin de hacerse valer tanto en un proceso penal como por responsabilidad civil.
Y es que el otorgamiento de una indemnización económica justa por las consecuencias que la vivencia traumática ha tenido en la salud mental, incluyendo la de los hijos e hijas, tal y como sucede con otros hechos violentos con lesión, debe ser común a todos los casos en que corresponda.
Mientras, la reparación integral del daño continúa siendo una gran quimera. Aunque se han dictado algunas decisiones relevantes, hacen falta mayores recursos técnicos, y mayor sensibilidad, para representar de manera fiel los mejores intereses de las víctimas involucradas.
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