La vida de Elizabeth Siddal (1829–1862) se mueve entre la realidad documentada y la interpretación imaginaria que se consolidó tras su fallecimiento. Posó para Ofelia, la obra que lanzó a la fama a su autor, John Everett Millais, y resultó ser premonitoria para ella. Su destino quedó entrelazado con el desafortunado final de la protagonista shakesperiana, su breve vida fue marcada por la enfermedad, la depresión y la trágica muerte.
Elizabeth Eleanor Siddal nació en 1829 en Londres. Su primer contacto con el arte fue cuando leyó un poema de Alfred Tennyson impreso en un pedazo de periódico en el que estaba envuelta la mantequilla que su madre la mandó a comprar. Esta casualidad despertó en la joven Lizzie el interés por la poesía que fue una, entre muchas, de sus vocaciones. Trabajaba en una tienda de sombreros y atrajo la atención de un joven pintor que la observaba desde la calle. Walter Deverell advirtió en ella un tipo de belleza que rompía con los cánones académicos y decidió abordarla para proponerle posar como modelo del grupo de artistas al que pertenecía. Sin embargo, en la Inglaterra victoriana este se consideraba un oficio de mala reputación, por lo cual Deverell tuvo que recurrir a la ayuda de su madre, quien visitó a la familia de la joven para convencerles de que las intenciones de su hijo eran puramente artísticas. Así, a partir de 1849 Elizabeth Siddal se convirtió en el objeto de fascinación y musa de la insurgente Hermandad Prerrafaelita, una asociación de artistas ingleses opuesta a los patrones academicistas que perpetuaron el estilo perfeccionista e idealista del Renacimiento personificado por Rafael Sanzio. Su figura alta y esbelta, su tez pálida y su inconfundible cabellera pelirroja se convirtieron en canon visual de una nueva sensibilidad estética que se alejaba de los ideales clásicos para buscar la inspiración en la Edad Media, en la literatura y en la naturaleza observada con minuciosidad casi científica.
“Una de las criaturas más bellas con un aire entre dignidad y dulzura con algo que excedía la modestia y la autoestima. Alta, finamente formada con un cuello suave y regular, con algunas características poco comunes, ojos verde-azulados, grandes y perfectos párpados, una tez brillante y un espléndido, grueso y abundante cabello oro-cobrizo. Poseía una modestia y respeto propio y se reservaba de forma desdeñosa”, así la describía su futuro cuñado William Michael Rossetti.
Durante la creación de Ofelia tuvo que posar sumergida en una bañera llena de agua calentada con lámparas de aceite. En una de las sesiones éstas se apagaron y Lizzie pasó horas en agua fría. El resultado fue una fuerte neumonía que por poco le costó la vida. Durante el tratamiento le recetaron láudano, fármaco opiáceo por el que desarrollaría una adicción para el resto de su vida.
Este contratiempo afectó sobremanera al fundador de la Hermandad Prerrafaelita, Dante Gabriel Rossetti, quien quedó deslumbrado por su belleza. La atracción fue mutua, se comprometieron y se mudaron a vivir juntos. Lizzie se convirtió en su principal modelo y musa, -de hecho, le prohibió posar para otros. Existen miles de dibujos, pinturas y poemas de Rossetti dedicados a ella. También la animó a desarrollar sus propios talentos artísticos.
Efectivamente, reducir a Siddal a su papel de musa sería ignorar una dimensión sustancial de su trayectoria. Desarrolló una obra pictórica y poética propia, caracterizada por una sensibilidad introspectiva y una atmósfera de melancolía contenida. Fue la única mujer que expuso junto al grupo prerrafaelita en 1857 y contó con el respaldo del influyente crítico John Ruskin, quien le concedió una beca de 150 libras esterlinas anuales para que pudiera dedicarse al arte, un gesto fuera de serie en el restrictivo contexto victoriano para las mujeres creadoras. Carecía de formación académica, así que comenzó a tomar lecciones de pintura con su amado. Sus obras, de figuras estilizadas trazadas con líneas delicadas y composiciones íntimas, revelan una sensibilidad distinta a la de sus colegas masculinos, menos introspectivos y más narrativos y perfeccionistas. Durante su corta carrera artística creó alrededor de cien obras, entre bocetos, dibujos y pinturas. Rossetti sentía una profunda admiración por el talento creativo de su pareja, afirmaba que Lizzie tenía un don especial y que sería recordada como una de las grandes artistas de la época. En una ocasión Rossetti le había comentado a un amigo que su "fecundidad de invención y facilidad son realmente maravillosas, mucho mayores que las mías".
La relación, sin embargo, no iba bien. A pesar de estar formalmente comprometidos y de ser socialmente reconocidos como pareja, los celos, las dificultades económicas, la desaprobación por parte de la familia Rossetti, los problemas de salud de ella, incluyendo su adicción al láudano y sus frecuentes depresiones, contribuyeron a que se separaran a mediados de 1858. Dos años después, al enterarse de su grave estado de salud, Rossetti finalmente se decidió proponerle matrimonio. La encontró tan debilitada que ni siquiera estaba en condición de caminar hasta la iglesia que se encontraba a apenas cinco minutos de distancia de su casa. Se casaron en secreto, sin familiares ni amigos presentes y después de la luna de miel en Francia regresaron a Londres, a su casa en Chatham Place.
Pero su vida matrimonial fue corta y terminó de forma trágica. La salud física y mental de Elizabeth continuó deteriorándose, agravada por el nacimiento de una hija muerta. El 11 de febrero de 1862, con tan sólo 32 años, sufrió una sobredosis de láudano. Su muerte se declaró oficialmente accidental, aunque la ambigüedad de las circunstancias alimentó la versión de que fue un suicidio. Rossetti supuestamente encontró una nota de despedida que habría destruido posteriormente para evitar el escándalo y darle un entierro cristiano a su esposa. Antes de ser enterrada en el cementerio de Highgate, abrumado por el dolor y por la culpa, en un gesto romántico Rossetti puso en el ataúd un diario con la única copia de sus poemas inéditos.
“Nunca conocí a una mujer tan brillante y agradecida –tan llamativa y tan entusiasta por disfrutar de esa peculiar y deliciosa fusión de ingenio, humor, pintura repleta de personajes y poesía dramática– poesía sometida a efecto dramático que es solo poco menos maravillosa y deliciosa que las más altas obras del genio. Ella era una maravillosa y adorable criatura”, – escribía sobre ella el amigo de ambos, el poeta y crítico literario inglés Algernon Charles Swinburne.
Ocho años después de esta tragedia, Dante Gabriel Rossetti le dedicó una especie de retrato póstumo, La Beata Beatrix, obra inspirada en La Divina comedia de Dante Alighieri. Con los ojos cerrados, labios entreabiertos y rostro levantado en un gesto de éxtasis Elizabeth Siddal quedó perpetuada como la heroína trágica de La Hermandad Prerrafaelita, el icono poético, el objeto supremo del anhelo.

La vida posterior de Rossetti no fue fácil, la tristeza fue apoderándose de él de manera inexorable, se volvió solitario, adicto al alcohol y a otras drogas. Tenía problemas de la vista y pensaba que no podría seguir pintando, así que decidió centrarse en la poesía. Se obsesionó con la idea de rescatar los poemas que había metido en el ataúd de su esposa y solicitó la exhumación del cuerpo para recuperarlas y publicarlas. No se atrevió a hacerlo personalmente y pidió a su agente, Charles Augustus Howell, que se ocupara de esta macabra tarea. Según le contó éste, el cuerpo de Elizabeth se había conservado casi intacto, con la misma belleza, y que el cabello rojizo había seguido creciendo hasta llenar por completo el ataúd, sumando un mito más a la larga lista de leyendas urbanas que rodean la figura de Siddal.
El manuscrito, en cambio, estaba en pésimas condiciones, roído por gusanos y prácticamente ilegible. Sin embargo, Rossetti logró recuperar algunos de los versos, escribió otros nuevos y en 1870 publicó el libro bajo el título Poemas que más tarde formó parte de su último libro, Baladas y sonetos, entre los que está Sin ella, una reflexión sobre el amor perdido dedicada a su amada Lizzie:
¿Qué sería de su cristal sin ella? El gris vacío
Allí donde el estanque está ciego a la cara de la luna.
¿Su vestido sin ella? El espacio vacío y agitado
De la nube de donde la luna se ha ido.
¿Sus caminos sin ella? El dominio designado del día
Usurpado por la noche desolada.
¿Su lugar de almohada sin ella?
Lágrimas, ¡ay de mí! Por la gracia del amor,
Y el frío olvido de la noche o el día.
¿Qué sería del corazón sin ella? No, pobre corazón,
¿qué palabra queda de ti antes de que el habla se acalle?
Un caminante por caminos áridos y fríos,
Caminos empinados y cansados, sin ella eres,
Donde la larga nube, la contraparte del largo bosque,
Arroja oscuridad doblada sobre la colina laboriosa.
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