Cuando se habla de los orígenes del pensamiento económico, suele mencionarse a Adam Smith y a los economistas clásicos del siglo XVIII. Sin embargo, las primeras reflexiones sistemáticas sobre la escasez, el trabajo, la producción y el uso eficiente de los recursos aparecieron muchos siglos antes, en un contexto muy distinto al de los mercados modernos. Estas ideas se encuentran, de manera sorprendente, en la obra de Hesíodo, un poeta griego que vivió a mediados del siglo VIII antes de Cristo.
Nacido en Ascra, en la región de Beocia, Hesíodo no fue filósofo ni teórico de la economía en el sentido moderno. Sin embargo, en su poema “Trabajos y días” expuso una visión profundamente económica de la vida cotidiana, basada en la experiencia directa de la pobreza, el esfuerzo y la incertidumbre. Su obra puede leerse como una de las primeras reflexiones sobre el problema central de la economía: la escasez.
El poema “Trabajos y días”, compuesto por 828 versos, adopta la forma de una serie de consejos dirigidos a su hermano Perses, con el propósito de enseñarle cómo evitar la miseria y el hambre. En el centro del mensaje de Hesíodo se encuentra una idea contundente: el trabajo es el único medio legítimo para enfrentar la escasez. Esta, afirma el poeta, no puede eliminarse por completo, pero sí puede reducirse mediante el esfuerzo constante y el uso racional de los recursos disponibles.
Desde esta perspectiva, Hesíodo introduce nociones que hoy resultan familiares para la economía. Describe cómo un agricultor debe organizar su tiempo de trabajo a lo largo del año para maximizar el rendimiento de la tierra, anticipándose a lo que siglos después se conocería como asignación eficiente de recursos. Asimismo, reconoce que las decisiones económicas implican riesgo. Por ello, anima a su hermano a dedicarse al comercio marítimo si no teme a la incertidumbre, pues, aunque la navegación es peligrosa, ofrece beneficios potencialmente mayores que la producción agrícola anual.
Hesíodo no se limita a dar consejos productivos; también desarrolla una crítica moral del comportamiento económico.
Considera insensato a quien vive únicamente para acumular riqueza y condena la ociosidad, a la que compara con el parasitismo. Para él, la prosperidad no surge del engaño, la injusticia o la especulación, sino del trabajo honrado y del respeto a normas básicas de convivencia.
Estas ideas no surgen en el vacío. Hesíodo vivió en una sociedad dominada por una nobleza que con frecuencia ejercía el poder de manera arbitraria. Su familia pertenecía al grupo de pequeños campesinos que luchaban por sobrevivir en un entorno marcado por la desigualdad y la escasez de tierras fértiles. La disputa con su hermano Perses por la herencia paterna, resuelta injustamente por los tribunales, influyó de manera decisiva en su visión crítica de la justicia y del orden social.
A diferencia de Homero, cuyo universo poético gira en torno a la guerra, los héroes y el pasado legendario, Hesíodo se ocupa de los problemas concretos del presente: cómo producir, cómo trabajar, cómo vivir con dignidad en un mundo hostil. Su poesía no idealiza la vida; la presenta como una sucesión de esfuerzos continuos, en la que el ser humano debe enfrentar la adversidad con disciplina y responsabilidad.
La vigencia del pensamiento hesiódico resulta evidente. La escasez sigue siendo una realidad ineludible, el trabajo continúa siendo la base de la subsistencia y las decisiones económicas aún implican riesgo. Además, su insistencia en la justicia como condición para el bienestar colectivo anticipa debates que hoy ocupan un lugar central en la economía contemporánea.
Por estas razones, Hesíodo puede ser considerado, con justicia, el primer economista de la historia. No porque formulara modelos abstractos o teorías formales, sino porque comprendió que la economía nace de la necesidad humana de elegir, producir y actuar correctamente en un mundo de recursos limitados.
Su legado demuestra que el pensamiento económico no surgió en las academias modernas, sino en la experiencia cotidiana de quienes, como él, aprendieron que el trabajo y la justicia son los únicos antídotos duraderos contra la pobreza.
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