El 22 de enero de 2026 mi padre partió de esta tierra de manera inesperada y fatídica. Aun escucho el tono de su voz al saludarme y darme la bendición cuando le visitaba, y me llegan a la mente los reflejos de su imagen de los últimos 3 años tras su retiro: la mayoría de las veces sentado en la sala familiar o en el balcón mientras nos tomábamos un café, cada sábado en la tarde.

De mi padre tengo mucho que decir, en particular, las enseñanzas y vivencias que han formado mi carácter y que son un reflejo de la influencia de mi padre. Empezaría definiendo a mi papá como un hombre de convicciones muy claras y de una coherencia constante que guiaron toda su vida. Su temperamento fuerte, que reflejó sobre todo con la familia y en nuestra crianza, contrastaba con la dulzura que más recientemente manifestaba ante los niños, sobre todo con sus nietos.

Papi fue un pilar para nuestro núcleo familiar, pero también, y, sobre todo, para su familia Zapata Soto. Su perseverancia y determinación lo llevó a convertirse en el primero en graduarse de estudios universitarios tanto por parte de su lado paterno como materno.

Hefrin Zapata: la herencia de la honestidad

Recuerdo las anécdotas que nos contaba sobre su paso por la educación primaria y secundaria: Hefrin fue el segundo de 7 hijos de doña Lidia y don José, ambos oriundos de Peravia, Baní. Huyendo de la pobreza extrema de su vida en Baní, los abuelos salieron con sus dos primeros hijos (incluido Hefrin), en busca de tierras para trabajar hacia Baní del Toro, San Antonio de Guerra, municipio de la provincia Santo Domingo. La pareja de los abuelos, que en ese entonces tenían solo a estos dos niños, eran muy pobres y así mismo era su gastronomía: yuca asada de desayuno, almuerzo y cena.

A Hefrin y a sus hermanos le tocaron tiempos difíciles. Caminaban diariamente 3 kilómetros de ida y de vuelta para ir y volver de la escuela, y al regresar, en vez de encontrar la mesa servida, debía hambriento ayudar a pilar el arroz que su madre luego cocinaba casi vacío. Fueron años duros, en los que supo qué eran el hambre y la pobreza, pero al mismo tiempo fue una etapa en la que abundaba el deseo inmenso de aprender y educarse. Todavía tengo pendiente comprender de dónde le vino ese deseo tan voraz a mi papá de querer estudiar, cuando en su familia no tenía mayores referencias de profesionales, más que el espíritu emprendedor de mi abuelo colmadero y el estímulo de la abuela al enviarlo a la escuela.

La escuela a la que iba mi papá en El Toro llegaba hasta 6to curso. Mi papá repitió el 6to curso tres veces, no por incapacidad, sino porque esperaba que el abuelo contara con los recursos para poder enviarlo a él y a su hermano mayor a la capital para continuar con los demás niveles educativos. Su deseo tan grande de aprender lo mantuvo repitiendo el mismo curso, porque no quería dejar de estudiar. En ese período de espera, mi papá, a sus 14 años, conoció la política de manos del entonces Partido Revolucionario Dominicano (PRD), que presidía en ese momento el admirado Juan Bosch. El PRD llegó a este pueblito, y formando los primeros comités de base, involucraron a mi papá de 14 años en estas actividades de creación y crecimiento, por ser de los poquísimos que sabían bien leer y escribir en la comunidad.

A sus 17 años llegó la tan esperada noticia: mi abuelo consiguió un dinerito que hizo realidad el sueño de mi padre de ir a la capital a continuar los estudios de 7mo y octavo, los cuales cursó con el apoyo de una profesora que le permitió estudiar de día y de noche de manera paralela ambos cursos; una de esas escuelas fue el liceo Estados Unidos, ubicada en la avenida México. A los 23 años, ya todo un adulto, terminó el bachillerato, producto de su perseverancia y de su enfoque en superarse. No tardó nada en inscribirse en la universidad, e incluso intentó hacer carrera en el extranjero, en Puerto Rico. El plan de estudios en el extranjero no prosperó y terminó yendo a la UASD para estudiar Química, que era una profesión que en esa época era promovida. Gracias a la universidad conoció a mi mamá, y en lo adelante su matrimonio, con sus altas y bajas, se mantuvo hasta ahora, por casi 44 años. Mi mamá fue un complemento de practicidad, visión y superación para mi papá.

En el fondo, mi papá era más que un químico. Fue un periodista frustrado; compositor de canciones (autor de la canción “Prisionero”, interpretada por Félix del Rosario en 1985); cantante innato; con carácter de abogado, activista social (de los fundadores del club juvenil del barrio Los Mina “Amantes del progreso” cuando era estudiante), y un político optimista que creía en utopías. De hecho, al repasar mi historia, mi inclinación por la comunicación, la búsqueda de conocimiento, mis estudios en el extranjero, mi intolerancia a la injustica y mi interés por los temas sociales se los debo en gran parte a él.

Mi papá fue siempre un eterno estudiante. A sus 60 y tantos años, teniendo ya carrera (Químico) y maestría, se inscribió, cursó y concluyó la carrera de Derecho en la UASD. Recuerdo las veces que a ese determinante padre le decíamos que a su edad lo que debía era disfrutar y recoger los frutos de tanto sacrificio. Pero su determinación era mayor, e incluso llegó a hacer en sus últimos años una segunda maestría en Derecho, a la que solo le faltó entregar la tesis final.

Mi papá vivió con entusiasmo mis etapas de la escuela y de la universidad, siempre conmigo: era mi consejero y mi tutor; quien me ayudaba a resolver los problemas de matemáticas más complejos, aunque le costara mal dormir pensando en las posibles respuestas, y a quien mis anécdotas y éxitos escolares le hacían reventar de orgullo. No son pocas las personas que me han comentado tras su muerte lo orgulloso que papi hablaba de mis hermanos y de mí. De él aprendimos el valor del conocimiento y la búsqueda constante de la verdad. Papi fue siempre mi fan número 1 y quien creyó que yo podía lograrlo todo en esta vida. A mi mamá y a él les debo el creerme que todo es posible.

Pero Hefrin no fue solo un buen estudiante en el aula, sino también un buen ejemplo de llevar la teoría y los valores al ejercicio y servicio profesional. Sus convicciones boschistas, su honestidad y su ética lo llevaron incluso a ser percibido como un extremista y cuadrado, en simples y coloquiales palabras, mi papá sería hoy en día “un buen pendejo”. Era una especie en extinción que seguía al pie de la letra la frase “que al Estado se va a servir, no a servirse”. Como funcionario público, asumió retos profesionales bien tentadores ante los ojos de cualquier persona deseosa de sacar provecho, mientras que él cumplió siempre sus funciones con mucha pulcritud, honestidad y transparencia, y por eso también asumió el costo de ser un político aislado e ignorado.

Reconocimiento como funcionario público

Esa fue la herencia de mi padre: un temperamento fuerte, cortante ante cualquier posible tentación de beneficiarse de lo colectivo. Nos enseñó con reproches y con ejemplo que a lo ajeno no se le pone la mano y que hay que hacer el bien, aun cuando nadie nos esté mirando. Gracias, papi, porque ahora que te has ido, confirmamos orgullosamente que Hefrin Oguistel Zapata Soto fue un hombre honesto y sin tachaduras públicas. Al repasar tus deudas y tus pendientes, nos las has puesto demasiado fácil: dejaste todo tal cual lo veíamos: liviano de equipaje y de tareas por hacer.

Que tu ejemplo de buen ciudadano, servidor público, estudiante, hijo, padre y esposo responsable permanezca en cada generación que influenciaste a lo largo de tus 77 años.

Yanela Zapata

Especialista en comunicación corporativa, gestión de proyectos y sostenibilidad.

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