La semana pasada falleció Jürgen Habermas. Encarnó el prototipo del filósofo, pues problematizó los fundamentos de la experiencia humana y debatió sobre los problemas más acuciantes de la vida social: desde la ciencia a la religión, hasta el arte, la ética, la política y la tecnología.
Habermas perteneció a una estirpe en extinción: la de los pensadores capaces de articular un sistema de pensamiento para esclarecer la totalidad de lo real. Es el último de los filósofos, no por una carencia de individuos capaces de pensar con seriedad, sino porque las condiciones que hacen posible la filosofía como una actividad de pensamiento crítico, totalizador, sosegado y no instrumentalizado se difuminan debido a:
a) La crisis del modelo universitario como comunidad del saber: las estructuras institucionales que permiten la existencia de la filosofía se resquebrajan. La vieja universidad, como comunidad del saber basada en la relación maestro-discípulo, que practica con pausa el oficio del diálogo reflexivo y el pensar humanístico, se ve reemplazada por un modelo institucional neoliberal basado en la relación servidor-cliente que impone prisas para cumplir con indicadores de competitividad afines a criterios del mercado.
b) El ocaso del intelectual público: el filósofo ya no puede constituirse en conciencia crítica de la sociedad debido a que su voz se pierde en el ruido de las redes sociales, mientras nuevos agentes mediáticos, como los influencers, ocupan su lugar.
c) La ruptura de la esfera pública: el espacio público deliberativo ha sido desdibujado por las redes sociales. El mismo Habermas afirmó en su último libro, Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa, que las redes sociales habían provocado una personalización de la esfera pública generando un espacio comunicativo mixto que convertía la conversación privada en pública (cámaras de eco), pero sin su carácter deliberativo e inclusivo, promoviendo la polarización.
Tiene un profundo simbolismo que la muerte de Habermas haya acontecido en un período que, además de ser el de la crisis de la universidad y de la esfera pública, también encarne el desfallecimiento del ideal deliberativo que defendió como fundamento de las sociedades democráticas.
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