Jürgen Habermas, filósofo y sociólogo alemán, falleció el pasado sábado 14 de marzo a los 96 años. Junto a otros teóricos de gran influencia en las ciencias sociales, como Teodoro Adorno y Herbert Marcuse, fue parte de la llamada Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt. Cada uno desde su ángulo sometió la sociedad moderna a la crítica en busca de formulaciones que guiaran su mejoramiento.

Uno de los principales aportes de Habermas fue sobre la comunicación y su relación con la democracia. Reivindicó el papel de la razón como factor de liberación y legitimidad política, siempre y cuando la razón se utilizara en el espacio público para fomentar el diálogo en la búsqueda de soluciones a los problemas sociales.

Desde su perspectiva, la política democrática depende de la buena comunicación; o sea, aquella que se fundamenta en la racionalidad dialogante, no en la racionalidad instrumental que busca el control.

Para Habermas, el objetivo era alcanzar la democracia deliberativa, ya que, de lo contrario, la democracia liberal corría el riesgo de esfumarse en el descontento.

El siglo XXI, lamentablemente, ha traído lo opuesto de lo postulado por Habermas.

La comunicación es polarizadora, no dialogante. Proliferan las mentiras, de ahí que se hable de la posverdad. La comunicación no fomenta la libertad, sino la manipulación.

La revolución digital, los algoritmos y las redes sociales han sido claves para incrementar exponencialmente las mentiras y la polarización. Pero en sí mismas, las tecnologías no producen contenidos, lo hacen seres humanos bajo la influencia de sus ideologías.

El auge de la ultraderecha es crucial para entender lo que ha ocurrido en las últimas décadas en el plano comunicativo.

El objetivo central de la ultraderecha es cercenar los derechos sociales adquiridos a través del siglo XX, sobre todo, en las últimas décadas de ese siglo. Devolver las mujeres al espacio doméstico, los gais al clóset, los migrantes a sus países de origen, etc.

Cercenar derechos es inhumano y costoso. Por eso la mentira es útil para lograr esos propósitos. Hay que acallar la ciudadanía, victimizar a los opresores para que sigan oprimiendo, y convertir a los oprimidos en villanos.

Y para colmo, la ultraderecha enfila su cruzada con Dios en manos. Se presenta como defensora de los valores cristianos y las buenas costumbres. Polariza la sociedad entre buenos y malos, con ellos siempre en el eje del bien.

Las redes sociales generan la sensación de que hay un gran debate público donde participa la ciudadanía y prevalecerá la verdad, pero es todo lo contrario.

En las redes y los medios de comunicación prevalecen los insultos, las mentiras y el chantaje. Es un mercado de vendedores de contenidos al mejor postor.

Presenciamos actualmente un declive dramático del diálogo, de la verdad, del bien y de la colaboración. Se expande por doquier el engaño y la crueldad.

Ante esta barbarie queda la interrogante de si las ideas de Habermas florecerán para lograr que la comunicación sea decente y deliberativa, que contribuya a fortalecer la justicia y la democracia, no a proliferar el odio y la destrucción.

Rosario Espinal

Socióloga

Autora de los libros “Autoritarismo y Democracia en la Política Dominicana” y “Democracia Epiléptica en la Sociedad del Clic”, y de numerosos artículos sobre política dominicana publicados en revistas académicas en América Latina, Estados Unidos y Europa. Doctora en sociología y profesora en Temple University en Filadelfia, donde también ha sido directora del Departamento de Sociología y del Centro de Estudios Latinoamericanos.

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