Inicio resaltando que, aunque Moca tiene una reducida proporción numérica del total de la población, en ella han nacido personas excepcionales que se ubicaron en privilegiados sitiales en múltiples renglones de la actividad humana. Por ejemplo, el reputado médico Juan Manuel Taveras Rodríguez, reconocido internacionalmente por sus libros dedicados a la radiología —campo de su especialidad—, utilizados como textos sobre esa materia en reconocidas universidades de varios continentes; y quien en nuestro país fundó CEDIMAT. Mientras tanto, en el siglo XIX, valientes mocanos de apellidos Cáceres y Brache, junto al también mocano Horacio Vásquez, ultimaron al sanguinario presidente Ulises Heureaux. Asimismo, repitiendo la heroica gesta del siglo anterior contra Lilís, en el siglo XX aguerridos mocanos, como los De la Maza, concibieron y tramaron la épica gesta del ajusticiamiento del implacable Trujillo, ejecutada el 30 de mayo de 1961.

Contrariamente, Gregorio Riva, excepcional mocano con enfoque progresista y visionario, no combatió a gobernantes que nos oprimían con persecuciones y continuos asesinatos, como Lilís y Trujillo, sino que combatió nuestra pobreza y el subdesarrollo de la época. En consecuencia, ejecutó titánicas e inéditas obras, como canalizar los entonces caudalosos ríos Yuna y Camú, haciéndolos navegables y conectando el Cibao con Sánchez. La vocación desarrollista de Riva no se detuvo ahí, pues dio otro paso progresista, más ambicioso que la navegación fluvial: su siguiente objetivo fue construir un ferrocarril que uniría Sánchez con La Vega y que, a través de Moca, se interconectaría con el ferrocarril de Santiago.

Al terminar esa faraónica obra —que atravesó kilómetros de pantanos del Gran Estero—, Riva fue nombrado interventor de aduanas en Sánchez. Como forma legítima y transparente de recuperar los cuantiosos fondos propios que invirtió en esa obra privada, Riva tenía pleno derecho de retener para sí el 10 % de los aranceles pagados por las mercancías que entraban por Sánchez. El ferrocarril era de propiedad privada, pero de uso público en beneficio de toda la colectividad. Aplicando un enfoque ampliamente difundido en la actualidad, podría decirse que ese ferrocarril se ejecutó como una alianza público-privada. Sin embargo, el represivo Lilís no cumplió la parte del acuerdo correspondiente al Gobierno y canceló el nombramiento de Riva como interventor de aduanas. Así, Riva perdió el derecho de cobrar indefinidamente el 10 % de los aranceles mientras el ferrocarril operara. Ante esa arbitraria decisión, Riva se declaró en quiebra, sin recursos para pagar los préstamos que había tomado para construir el ferrocarril que transformó el nordeste y todo el país.

Aparte de las formidables obras de infraestructura ya citadas, Riva también incidió en el desarrollo del nordeste —y de todo el país— con otros aportes beneficiosos. Fue pionero en el cultivo de coco en Samaná. Adicionalmente, importaba semillas altamente productivas de arroz, maíz, algodón y cacao, y las entregaba gratuitamente a los agricultores. Además, para mejorar la educación, Riva llevó a Moca dos notables maestros puertorriqueños que enseñaban siguiendo los principios educativos del gran Eugenio María de Hostos. Actualmente, dos calles mocanas llevan los nombres de esos educadores: Salustio Morillo y Ulpiano Córdova.

Por todos estos significativos aportes, Riva era el dominicano de mayor influencia nacional en el siglo XIX. Le ofrecieron la presidencia de la República en varias ocasiones y siempre la rechazó, pues le disgustaba la política. Contrariamente, a quien sí le apasionaba la política era a Horacio Vásquez, mocano que participó en la eliminación del dictador Lilís y que integró, junto a Juan Isidro Jimenes, la dupla de los más influyentes caudillos del siglo XX, con sus grupos rivales de jimenistas y horacistas, ambos simbolizados como gallos, bolos y rabuses. Horacio Vásquez llegó a la presidencia tras ganar las elecciones celebradas al concluir la Primera Ocupación Americana. Muchas décadas después de su muerte, sus seguidores continuaron expresando su lealtad gritando con fuerza la clásica consigna: «¡Viva Horacio… ajo!».

Concluyo exaltando, merecidamente, el trascendental legado de Riva, y enfatizando que el comportamiento dictatorial de Lilís —al cancelarle el nombramiento como interventor de aduanas— afectó tan profundamente su ánimo que murió a los 56 años, en La Vega, el 19 de noviembre de 1889, aquejado de una enfermedad cardíaca, paralítico y arruinado, dejando a su familia en evidente pobreza. Moca, Samaná y todo el país estamos en deuda con él. Tanto es así que el nombre imperecedero de Riva apenas se recuerda, salvo por identificar a un pequeño municipio del nordeste donde, coincidentemente, nació mi esposa Luaiti. Los restos de Riva reposan en La Vega.

Eulogio Santaella

Ingeniero

Ingeniero. Fue administrador del Consejo Estatal del Azúcar y embajador en Washington. Profesor universitario. Empresario.

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