Desde la Sierra Minera de Guatemala hasta el Salar de Atacama en Chile, pasando por la Amazonía ecuatoriana y el Cinturón de Oro dominicano, América Latina vive una nueva fiebre extractivista. La tecnología juega un papel paradójico: es presentada como moderna y limpia, pero a menudo funciona como herramienta de saqueo.
La compleja existencia de la tecnología (Cuello, C., 2012: Banco Central de la República Dominicana) nos ayuda a desmontar esa paradoja. El libro sostiene que "la adaptación de la tecnología a un nuevo ambiente y circunstancias es en sí misma una forma de invención". Y también que transferir tecnología implica transferir valores y cultura. ¿Qué valores trae consigo la minería a gran escala? El valor del mercado por encima del territorio, la eficiencia por encima de la precaución, la ganancia inmediata por encima de la vida.
El debate latinoamericano sobre extractivismo no es nuevo, pero adquiere nuevas aristas con tecnologías como la megaminería a cielo abierto, el fracking, la minería de litio para autos eléctricos o la deforestación mecanizada para monocultivos. Estas tecnologías no son neutras: organizan territorios, desmovilizan comunidades, reconfiguran Estados.
El libro advierte sobre el carácter acumulativo y combinable de las tecnologías. Una tecnología extractiva se combina con infraestructura de transporte, con sistemas financieros globales, con marcos legales flexibles y con dispositivos de seguridad. El resultado no es solo una mina, sino una verdadera reingeniería del territorio y de la vida social.
Desde una ética ecológica, el extractivismo tecnológico viola al menos tres principios fundamentales:
- El principio de precaución: cuando hay riesgo de daño grave e irreversible a ecosistemas o comunidades, la falta de certeza no justifica la acción.
- El principio de justicia intergeneracional: las generaciones futuras heredarán aguas tóxicas y suelos estériles.
- El principio de participación democrática: las comunidades tienen derecho a decidir si aceptan tecnologías que transforman radicalmente su entorno.
América Latina cuenta con ejemplos de resistencia y alternativas: el Yasuní en Ecuador, los acuerdos de Escazú, las consultas comunitarias en Argentina, las luchas del Movimiento de los Afectados por Presas en Brasil. También existen tecnologías apropiadas, de pequeña escala, con control local y bajo impacto.
El libro nos invita a no separar al creador de su creación. La tecnología no es un monstruo autónomo. Es expresión de relaciones de poder, de intereses y de valores. Si el extractivismo se impone, no es por fatalidad tecnológica, sino por decisión política. Y si es decisión, también puede revertirse. En este sentido, la decisión del presidente Luis Abinader de suspender la continuación del proyecto de la GoldQuest Dominicana en San Juan de la Maguana es un buen ejemplo. Aunque de alcance limitado, si no se avala con leyes complementarias a las ya existentes, que la sustenten.
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