El tema que vamos a tratar es tan importante, que me sorprende que no lo hubiéramos tratado antes. No siempre existe una correspondencia entre la experiencia interna y lo que finalmente expresamos. Y esa distancia tiene consecuencias.
Piensa por un momento: ¿Eres libre de manifestarte tal cual eres? ¿Los demás realmente te conocen? ¿Puedes reconocer y mostrar tus diferencias con el resto de tu grupo?
Podemos hablar de dos realidades en nosotros: el yo real y el yo social. En algunas personas coincide casi totalmente; en otras, parcialmente; y en algunas más, se encuentran muy distanciados.
Tal vez alguna vez has querido decirle algo a alguien y realmente no has podido. O en algunos casos, has querido aparentar lo que no eres por miedo al rechazo. En ambos casos, tu energía interior se ve bloqueada y no logras manifestarte de forma plena, lo que te perjudica, pero tiende a no favorecer que los demás te acepten.
Lo que expresamos es causa y efecto de lo que somos. Es un concepto de suma importancia, que tal vez se dificulte captar de primera intención, pero lo desarrollaremos a continuación.
Nuestra esencia, lo que somos, nuestra personalidad, nuestras experiencias, tienden a manifestarse de formas que permiten a los demás, saber cómo relacionarse con nosotros, en consonancia con nuestra realidad interior. Usualmente estamos conscientes de lo que comunicamos, aunque no siempre.
Si estando triste, pretendes estar alegre, lo que muestras tendrá deficiencias y los que “leen” el mensaje que transmites, tendrán dificultad para conectar de forma adecuada contigo.
Lo que acontece a nuestro alrededor puede motivar en nosotros alguna reacción o respuesta. Además de proyectar nuestro mundo interior con palabras, también usamos entonaciones, gestos, silencios y acciones.
Dejamos ver lo que somos de forma diferente, podemos tener similitudes con otros, pero podemos ser reconocidos porque tenemos nuestra manera particular de ser y hacer.
Las redes sociales nos tienden a masificar, por lo que en ocasiones nos llevan a mostrarnos en formas no necesariamente acordes a lo que realmente somos.
Cuando vamos a hacer o decir algo, podríamos detenernos simplemente para pensar cómo lo harían los demás. Está bien que lo tengamos como referencia, pero en ocasiones podría ser contrario a lo que somos y al menos es importante reconocerlo.
Podemos socializar con personas muy diferentes a nosotros, lo que requeriría un proceso de adaptación, pero siempre es importante no olvidar quiénes realmente somos.
Como vemos, lo que manifestamos es causado por lo que somos, refleja nuestra realidad y proyecta nuestro mundo interior.
Pero esas expresiones no son solamente el resultado pasivo de la actividad de la consciencia, sino que pueden transformarla de manera activa y progresiva. Es un proceso bidireccional. Además de manifestar nuestro mundo interior, nuestras expresiones lo modifican. Este concepto se encuentra en la base de la terapia conductual.
Primero mostramos lo que somos; luego, al repetir esas formas de comunicarnos, terminamos reforzando precisamente aquello que somos.
Asi, lo que dices, cómo lo dices, cuándo lo dices, a quién lo dices, lo que callas, tus gestos y tus actos, además de manifestar tu consciencia, pueden terminar convirtiéndote en otra persona.
No se discute el valor de aprender a qué decir, sin embargo, lo más valioso es ampliar el grado de libertad desde el cual, podamos elegir decirlo o callarlo.
La neurociencia ha demostrado que, gracias a la neuroplasticidad, la repetición de determinadas experiencias, pensamientos, emociones y conductas puede modificar progresivamente la organización y el funcionamiento de los circuitos cerebrales.
Manifestar gratitud con frecuencia nos programa a estar abiertos a los aspectos positivos de nuestra existencia y mejora nuestra receptividad a experiencias favorables.
Expresiones agresivas o violentas tienden a incrementar nuestros estados psicológicos de irritabilidad, no contribuyendo a nuestro bienestar.
Callar o ignorar nuestras emociones importantes tiende a desconectarnos de ellas, provocándonos una sensación de un vacío interior o falta de sentido existencial.
Lo que decimos posiblemente funcione como una especie de búmeran y termine volviendo a nosotros. Esto se nos ha explicado desde infinidad de fuentes: religión, filosofía, psicología, espiritualidad y sabiduría popular, pero, usualmente no lo creemos.
Cuando vivimos permanentemente distraídos, rodeados de ruido, conversaciones superficiales y estímulos constantes, dejamos de escuchar nuestra propia conciencia. Sin ese espacio de silencio resulta difícil reconocer quiénes somos realmente y expresar con autenticidad nuestro mundo interior.
No permitir que tu mundo interior se exteriorice tiene un alto costo.
No siempre expresamos lo que queremos. Muchas veces mostramos únicamente lo que nuestras heridas, nuestros temores o nuestros aprendizajes nos permiten exteriorizar. Sin embargo, cada palabra que pronunciamos, cada silencio que mantenemos y cada emoción que repetimos no solo comunica quiénes somos; también contribuye a construir nuestro nuevo yo.
La verdadera libertad no consiste únicamente en poder hablar, sino en llegar a ser la persona capaz de expresar, con serenidad y autenticidad, aquello que realmente vive en su interior.
Referencias:
Beck, J. S. (2021). Terapia cognitiva: Conceptos básicos y profundización (3.ª ed.). Gedisa.
Doidge, N. (2015). El cerebro se cambia a sí mismo (2.ª ed.). Aguilar.
Rogers, C. R. (2012). El proceso de convertirse en persona (17.ª ed.). Paidós.
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