En las últimas décadas, la desigualdad social se ha incrementado a nivel mundial, regional y nacional. Paradójicamente, vivimos en sociedades más desarrollada económica y tecnológicamente, pero también más desiguales en relación a la redistribución del ingreso de los grupos sociales.

Según los datos disponibles, la desigualdad social en Europa, medida a través del coeficiente de Gini (donde 0 es igualdad perfecta y 100 es desigualdad máxima), presenta un panorama complejo y diferenciado por países. Europa no es, necesariamente, la región más desarrollada pero si la más igualitaria. Sin embargo, en la última década la desigualdad ha experimentado un aumento significativo y el coeficiente de Gini se ha incrementado entre 30 y 31 puntos.

Según datos recientes de la CEPAL y el Banco Mundial, América Latina se mantiene como la región más desigual del mundo. En la región existe una enorme concentración de la riqueza donde el 10% más rico de la población recibe el 34.2% del ingreso total, mientras el 10% más pobre recibe apena el 1.7%. Estas instituciones estimaron, para los años 2024-2025, que el coeficiente de Gini en América Latina se situaba en un rango de 37 a 53 puntos, con un promedio de 45.

Según las declaraciones del Banco Mundial y la CEPAL, la República dominicana a pesar de su sostenible desarrollo económico por encima del promedio regional, ha mantenido un coeficiente de Gini de 38.4, entre la media latinoamericana. En ese sentido, nuestro objetivo es llamar la atención, poner en contexto como la persistente desigualdad –económica, estructural- que experimenta la sociedad dominicana está configurando una nueva estructura de clases, una mayor polarización cultural con graves consecuencias para la democracia dominicana.

Sin embargo, debemos aclarar que no se trata de un concepto de clase social al estilo de un marxismo tradicional de una relación simple entre base y superestructura, entre el ingreso económico, las preferencias culturales y políticas de los individuos. Sino que nos interesa, más bien, una noción de clases –como diría Pierre Bourdieu- que considere la relación de influencia recíproca entre la estructura social (campo) medida por los ingresos. El habitus o disposiciones culturales y las preferencias políticas de los actores sociales e individuales.

Entendemos que, cualquier intento por explicar e interpretar las clases sociales debe ir más allá de lo estructural-económico y considerar los conflictos culturales y las experiencias subjetivas -como los deseos, emociones, indignación, miedos- que interpelan a los individuos. Una sociología de las clases sociales, al igual que de las mujeres, los jóvenes, las generaciones, no se puede reducir a lo económico, sino que debe considerar la cultura de los grupos sociales, la trayectoria y experiencia de los individuos en un contexto determinado.

Sin lugar a dudas, durante el período de modernización neoliberal en el que vivimos, la sociedad dominicana ha experimentado un notable desarrollo económico y tecnológico, la transición de una economía de sustitución de importaciones a una economía de servicio. El nuevo modelo económico se ha producido en un contexto externo de expansión del mercado global y la revolución tecnológica, facilitando la transición de un capitalismo agroindustrial a un capitalismo posindustrial o informacional basado en el conocimiento.

En ese sentido, transitamos del predominio de los trabajadores industriales al crecimiento de una clase media profesional dedicada a las áreas de servicios. Según los resultados de la Encuesta Nacional Continua de la Fuerza de Trabajo (ENCFT), los trabajos formales que crecen son aquellos del área de la construcción, la administración pública, la enseñanza, hoteles, bares y restaurantes, con altos componentes de formación. Mientras tanto, decrecen los sectores de la industria, la agricultura y la ganadería de la clase obrera tradicional.

Apoyándonos en los datos del Banco central, durante las últimas décadas se ha estructurado una nueva estratificación en los trabajadores formales dominicanos: una clase media alta que gana por encima de los 100 mil pesos mensuales y corresponde al 10% de la población. Una clase media baja con ingresos promedio familiar entre 50 a 100 mil pesos mensuales que representan el 15% de la población. Y un sector de obreros tradicionales y trabajadores informales precariados que ganan por debajo de 30 mil pesos mensuales y forman alrededor del 70 y 65% de los trabajadores dominicanos.

De manera que, se ha estructurado una nueva estructura de clases caracterizada por: Primero, el desarrollo de una élite empresarial debido a la expansión de la globalización económica, el libre mercado y el apoyo de los incentivos fiscales del Estado. Segundo, una clase media profesional vinculada a la expansión del capitalismo informacional basado en conocimiento y el auge de la educación superior y, tercero, se ha configurado una clase de precariados formada por obreros formales y trabajadores informales que no han tenido acceso a la educación superior y un trabajo bien remunerado.

Esta nueva estratificación social, está impactando y polarizando las preferencias culturales de las clases sociales. Por un lado, las élites se han individualizado por sus grandes capitales económicos y culturales. Son más cosmopolitas y multiculturales. Políticamente, no tienen fidelidad partidaria y apuestan por partidos y líderes que garanticen estabilidad, crecimiento económico, incentivos fiscales y seguridad jurídica. Aunque representan una minoría de la población, controlan el mercado laboral del sector privado, el financiamiento (privado) de los partidos, los grandes medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil y, son decisivos en la construcción de la opinión pública nacional que afecta e influye en la preferencia política de los ciudadanos.

Por otro lado tenemos, una clase media con alto nivel educativo, con estilo de vida urbano y consumo suntuoso: carros de lujos, torres de apartamentos en las grandes ciudades. Incorporando los valores del individualismo, el libertarismo, de la meritocracia, de la competencia, la búsqueda del bienestar personal y el reconocimiento de su estatus social. En general, tienen preferencias políticas liberales, progresista, tecnocráticas, pero se oponen a las políticas sociales y fiscales redistributivas que afecten sus ingresos. Se ha consolidado, una clase media baja, que se mueve entre la clase media alta y el precariado, pero que, a diferencia de los grupos de altos ingresos, se benefician de los servicios públicos del Estado.

Finalmente, la clase de los precariados formada por la clase obrera tradicional en declive y los trabajadores informales: chiriperos, desempleados con ingreso económico y nivel educativo muy bajo. Estos grupos sociales se concentran en los barrios populares de las periferias de las grandes ciudades. Culturalmente se refugian en formas de vida neo-comunitarista: religiosa, nacionalista y neo-populista con liderazgo autoritario que promete mayor seguridad social, existencial y el fin de la injusticia social. En general, son muy dependiente de los servicios públicos en educación, salud, vivienda, transporte y las prácticas políticas clientelistas y asistencialistas del Estado.

En conclusión, la desigualdad social y la polarización cultural de las clases sociales está configurado un escenario político que está poniendo en riesgo la democracia. Incrementando la desafección política, la infidelidad partidaria, la ideología tecnocrática y los riesgos del neocomunitarismo y el neopopulismo en la cultura política dominicana.

Wilson Castillo

Sociólogo, profesor.

Wilson Castillo es un sociólogo dominicano, investigador y docente universitario, reconocido por sus aportes al estudio de la sociedad dominicana, particularmente en las áreas de teoría social, sociología política, cultural y, su impacto en la juventud dominicana. Es egresado de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), institución en la que también ha desarrollado una destacada trayectoria como profesor e investigador.

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