Cada cierto tiempo vuelve a surgir la conversación sobre ¿qué está pasando con nuestros jóvenes? Las noticias sobre violencia y delincuencia, la búsqueda de dinero ilícito y la exposición constante en las redes sociales de estilos de vida asociados al lujo y el éxito sin esfuerzo han contribuido a instalar una visión cada vez más pesimista sobre las nuevas generaciones. Sin embargo, mirar únicamente hacia esos espacios sería aceptar una fotografía incompleta de las nuevas generaciones.
Existen coincidencias que, casi sin proponérselo, terminan retratando un país. Mientras en las redes sociales crecían el morbo, la curiosidad y el espectáculo alrededor de la muerte de un joven vinculado por las autoridades a la delincuencia, otros cinco jóvenes dominicanos llevaban días haciendo historia leyendo. Ambos relatos pertenecen al mismo país y a una misma generación, y por eso el contraste merece más que nos detengamos a preguntarnos qué estamos mirando.
Me detengo en esto, pues existe una responsabilidad colectiva en la manera en que construimos el relato sobre nuestra juventud. Aquello que ocupa titulares, genera comentarios o se vuelve tendencia termina adquiriendo una dimensión que muchas veces trasciende el propio hecho. De la misma manera, las historias de jóvenes que estudian, emprenden o trabajan silenciosamente pueden pasar casi inadvertidas. Por eso, antes de afirmar que estamos perdiendo a una generación, quizá convenga preguntarnos qué parte de esa generación estamos observando y, sobre todo, cuáles conductas estamos ayudando a amplificar.
Los medios de comunicación han estado mirando de cerca durante los últimos días, a cinco jóvenes dominicanos de apenas 18 años han hecho que la República Dominicana vuelva a ser referente de lectura. Abril Sharmin del Rosario Jiménez, Ismael Alejandro Durán de la Rosa, Maikol Yafrani Arias Sánchez, Mayury Ariaany Vélez Sánchez y Franchesca Alí Minier Suárez se propusieron recuperar para nuestro país el Récord Mundial Guinness de lectura en voz alta por equipos. El pasado viernes 18 de septiembre superaron las 432 horas de lectura continua, dejando atrás la marca de 431 horas, 31 minutos y 25 segundos establecida por Nigeria. Los jóvenes continúan en la cabina hasta alcanzar las 500 horas previstas para el lunes 21 de septiembre, llevando hasta el final un ejercicio que requiere disciplina, resistencia, concentración y una voluntad extraordinaria.
Estos cinco jóvenes provenientes de La Romana, San Cristóbal, Monseñor Nouel, María Trinidad Sánchez y La Vega, han conseguido colocar nuevamente el nombre de nuestro país frente al mundo con un libro en las manos.
Esta hazaña nos llena de orgullo en virtud de lo que ha implicado. “Juventud en Voz Alta” se diseño como un maratón de veinte días de lectura ininterrumpida, con un repertorio de 51 obras y cerca de 14,000 páginas. Treinta y tres de esos títulos corresponden a grandes autores dominicanose incluye a referentes como Pedro Mir, Juan Bosch, Salomé Ureña, Julia Álvarez y otros autores de nuestra literatura. Los participantes han tenido que alternarse durante semanas, convivir bajo condiciones especiales y mantener el esfuerzo físico y mental que supone leer en voz alta durante jornadas sucesivas, mientras el proceso es transmitido en vivo durante las 24 horas del día. El proyecto recupera además una historia que ya había tenido como protagonista a la República Dominicana, pues en 2011 otro grupo de jóvenes dominicanos alcanzó una marca de más de 365 horas continuas.
Sin embargo, otra realidad de nuestra sociedad se ha hecho eco en las redes sociales sobre la muerte Michael Junior Rodríguez Peguero, un joven de 18 años conocido como “Maicol Peluche”, falleció el pasado 16 de septiembre durante una intervención de agentes de la DICRIM en Santo Domingo Norte. Según la versión de la Policía Nacional, era requerido mediante varias órdenes de arresto relacionadas con robos, atracos y otros hechos delictivos, y se le vinculaba además con el ataque ocurrido días antes en Boca Chica, donde murieron dos personas y otras cinco resultaron heridas. La Policía informó también que en el lugar fueron ocupadas dos pistolas y un fusil. Distintos medios también los identificaron como presuntos integrantes de la estructura conocida como la “Banda 1600”.
Hasta ahí podía tratarse de una noticia policial lamentable, una más de esas historias que deberían llevarnos a discutir las causas de la violencia y la forma de prevenirla. Sin embargo, la noticia quedo pequeña ante el revuelo y seguimiento que tuvo en redes sociales. Pues, a pocas horas de conocerse la muerte de Michael, comenzaron a circular fotografías, videos y mensajes de jóvenes despidiéndolos. La atención mediática se desplazó progresivamente desde las investigaciones policiales hacia los detalles de su excéntrica vida personal. Su velatorio generó aglomeraciones, presencia de cuerpos castrenses y escenas que fueron grabadas, publicadas y compartidas ampliamente. Una tragedia vinculada originalmente a hechos de violencia terminó convertida en cuestión de horas un espectáculo digital.
El fenómeno llegó incluso a una de las plataformas de comunicación digital de mayor alcance del país. Alofoke Radio Show dedicó una entrevista a dos mujeres vinculadas sentimentalmente con el joven fallecido. El contenido alcanzó una enorme circulación en muy poco tiempo y colocó nuevamente en el centro de la conversación aspectos relacionados con sus parejas, su entorno y la vida que llevaba.
Con esto no quiero cuestionar a un programa, a las jóvenes entrevistadas o a las personas que compartieron el contenido. Sino que invito a observar con cierta preocupación la facilidad con la que una trayectoria rodeada de violencia puede transformarse en entretenimiento, generar seguidores y conceder fama efímera a todo aquel que logra acercarse al relato. En las redes sociales, la frontera entre informar, observar y convertir algo en espectáculo puede desaparecer con una velocidad asombrosa.
Es aquí donde aparece una forma de pobredumbre que también debemos atrevernos a discutir. La pobreza económica constituye uno de nuestros grandes problemas sociales y limita las posibilidades de miles de jóvenes, pero sería injusto atribuir automáticamente a la pobreza el origen de la delincuencia, porque muchos dominicanos han crecido con carencias sin convertir el delito en su forma de vida. Por otro lado, también existe la pobreza vinculada a la falta de infraestructura como oportunidades, acompañamiento y, en determinados ambientes, una peligrosa normalización de la violencia como mecanismo para conseguir respeto y dinero. Se produce una degradación social cuando portar un arma puede representar poder y respeto y cuando la fama obtenida alrededor de una vida violenta termina pareciendo una recompensa. Esa podredumbre se hace todavía más preocupante cuando la sociedad, promovida por el morbo, replica de manera masiva esas historias y permite darle visibilidad.
A su vez, debemos recordar que detrás de la noticia existe una familia que lamenta la muerte de uno de los suyos, aun reconociendo el camino equivocado que tomó. Una de las declaraciones más dolorosas de estos días fue precisamente la de la abuela del joven Michael, quien durante el velorio habló de esa realidad mientras despedía a su nieto. No conocemos todas las circunstancias que marcaron su vida ni sería responsable inventarlas. Por tanto, más que convertir ese final en espectáculo, debería llevarnos a preguntarnos cuántos jóvenes están comenzando hoy a recorrer caminos similares y qué podemos hacer antes de que sea demasiado tarde.
Ahí está una de las responsabilidades más difíciles que tenemos como sociedad. Podemos exigir consecuencias para quien comete un delito y, al mismo tiempo, preocuparnos por las condiciones que hacen que algunos jóvenes terminen viendo la delincuencia como espacios capaces de ofrecerles identidad y reconocimiento. Podemos hablar de responsabilidad personal sin abandonar la discusión sobre la familia, la escuela, las comunidades, las oportunidades de empleo, la formación, la cultura y la presencia efectiva del Estado en sectores de mayor vulnerabilidad.
Precisamente por eso el contraste con Abril, Ismael, Maikol, Mayury y Franchesca resulta tan poderoso. Ellos también tienen 18 años y también pertenecen a esta misma República Dominicana. Así como ellos, existen miles de jóvenes estudiando, trabajando, emprendiendo, siendo grandes en los deportes, investigando, creando arte y sosteniendo a sus familias, aunque rara vez sus historias produzcan el mismo volumen de publicaciones. El ruido de las redes puede llevarnos a pensar que lo más escandaloso representa a toda una generación, cuando muchas veces estamos observando simplemente aquello que el algoritmo ha descubierto que consigue mantenernos mirando la pantalla.
Por eso también conviene revisar nuestra propia responsabilidad como consumidores de información. Las plataformas amplifican aquello a lo que prestamos atención, lo cual se ha convertido en un negocio que busca mantenernos enfocados en determinados temas. La psicología lleva décadas estudiando lo que se conoce como sesgo de negatividad, nuestra tendencia a prestar más atención a aquello que representa peligro, conflicto o amenaza. En el entorno digital ese sesgo adquiere una dimensión distinta. Una investigación publicada en Nature Human Behaviour en 2023, encontró que la presencia de lenguaje negativo aumentaba la probabilidad de que una persona hiciera clic en un titular. Otro estudio, publicado en Scientific Reports en 2024, encontró que las noticias negativas tenían una probabilidad considerablemente mayor de ser compartidas en redes sociales.
No necesariamente el algoritmo está programado para enseñarnos lo negativo, sino que los sistemas se entrenan por nuestras interacciones. Conociendo esa realidad, como consumidores somos responsables de entrenar nuestro algoritmo y ser conscientes ante los temas virales. Es un ejercicio el aprender informarnos sobre la delincuencia sin convertir a quienes participan en ella en personajes aspiracionales.
Este fin de semana nos ha dejado, entonces, dos imágenes muy distintas de la juventud dominicana. Quizá por eso la pregunta no sea si estamos perdiendo a nuestra juventud, sino qué estamos colocando delante de ella como símbolo de éxito, reconocimiento y pertenencia. La historia de estos días demuestra que en una misma generación pueden convivir realidades profundamente distintas. Ambas historias forman parte de nuestra realidad y ambas merecen atención, aunque por razones muy diferentes.
Tanto la historia de Michael como de otros jóvenes que recorren caminos similares debemos estudiarlos para comprender qué factores sociales, familiares, educativos e individuales permiten que esas trayectorias se formen y cómo podemos intervenir antes de que terminen de manera trágica.
En cambio, la historia de los cinco jóvenes del récord, tenemos la oportunidad de hacerlos visibles aún cuando se apaguen las cámaras. Ellos representan una parte de nuestra juventud que en ocasiones trabaja lejos de los escándalos o tragedias que alimentan el morbo de las redes sociales. En nuestras manos está decidir qué hacemos con las historias que recibimos y cuáles ayudamos a multiplicar. Quizás la pregunta después de estos días deje de ser si todo está perdido y pase a ser una mucho más incómoda: ¿a qué le estamos dando visibilidad y qué dice esa elección sobre nosotros?
La juventud dominicana no puede medirse únicamente por aquello que las redes convierten en tendencia, también debe observarse a quienes siguen apostando por la educación, la disciplina y la construcción de un futuro distinto.
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