“El verdadero escándalo no es que existan monstruos, sino que las sociedades poderosas aprendan a convivir con ellos.”— Hannah Arendt.
Durante años, el nombre de Jeffrey Epstein fue presentado como una anomalía perturbadora. Casi se nos convenció de que se trataba del expediente oscuro de un individuo enfermo que logró engañar al sistema y convivir con él. Sin embargo, en estas últimas semanas comienza a emerger algo más inquietante que un historial criminal sobresaliente. Se perfila un paisaje moral execrable, profundamente degradado, que estuvo oculto a plena vista y que hoy deja al descubierto una complicidad más amplia y estructural.
La reciente divulgación de millones de documentos, correos y registros oficiales revela descarnadamente mucho más que abusos sexuales y redes de tráfico humano. Estamos ante la convivencia prolongada entre lo que se presenta como “el poder respetable” y lo literalmente abominable. Epstein no fue un intruso en las élites occidentales. Las revelaciones muestran que fue tolerado, protegido y normalizado incluso después de haber sido condenado.
No se trata, por tanto, de la perversión de un hombre aislado —como la de tantos criminales que violan, trafican y asesinan niños, tragedias que lamentablemente también crecen en nuestro país—, sino de algo aún más grave. Lo que verdaderamente interpela es la existencia de una arquitectura silenciosa de encubrimiento sistémico que permitió que lo impensable ocurriera durante años en los más vedados círculos del poder occidental, sin escándalo y sin ruptura.
¿Fue un error reducir este deleznable caso a una biografía delictiva más, o a la patología de un individuo aislado? No. No fue ningún error. Fue una conducta judicial deliberadamente neutra, funcional a las presiones de élites poderosas interesadas en ocultar sus complicidades y sus crueles y grotescas aberraciones sexuales. Esa neutralidad aparente operó como una coartada jurídica que permitió contener el escándalo, diluir responsabilidades y preservar jerarquías.
Así lo confirman las relaciones sociales fluidas, visibles y sostenidas del enfermo sexual y pedófilo con figuras de enorme influencia económica, política, académica y cultural.
No se trata de inferir culpabilidades penales a partir de agendas, vuelos o correos electrónicos, tarea que compete exclusivamente a los tribunales. El problema es otro, y mucho más grave. Un hombre condenado por delitos sexuales fue reintegrado sin fricciones a los circuitos donde se administra el prestigio, se reparte la influencia y trazan líneas de dominio —incluso de proyección geopolítica—, además de blindar las reputaciones.
Esa reintegración no fue un desliz. Fue una decisión estructural que expone la verdadera jerarquía de valores en la cúspide del poder.
La publicación de los archivos incluye advertencias explícitas de las autoridades. Parte del material contiene denuncias no corroboradas y datos que deben ser verificados con el máximo rigor. Esta precisión es indispensable para evitar el sensacionalismo y la manipulación, fenómenos prácticamente inevitables en el ecosistema de las redes sociales contemporáneas. Pero incluso aplicando el filtro crítico más exigente —o el más encubridor—, el cuadro que emerge, especialmente a través de imágenes y videos, resulta devastador.
El sistema no falló en detectar a Epstein y funcionó exactamente como estaba diseñado: absorbiendo hechos delictivos de una gravedad inhumana, silenciándolos, administrándolos y permitiendo que la maquinaria siguiera operando sin sobresaltos.
Los correos electrónicos y registros conocidos arrojan luz sobre los códigos internos del poder occidental. El intercambio de regalos discretos, las notas de agradecimiento, los consejos sobre vestimenta, el culto al llamado “lujo silencioso” y la obsesión por la respetabilidad social no son detalles anecdóticos, sino profundamente reveladores. Operan como rituales de pertenencia, marcas de reconocimiento mutuo entre quienes saben que la verdadera protección no emana de la ley, sino del entramado social que la antecede, la condiciona y, llegado el caso, la neutraliza.
Epstein entendió esos códigos con una precisión inquietante y con una notable capacidad de adaptación y supervivencia en la continuidad del crimen.
Supo agradar, cuándo ofrecer favores, qué obsequios enviar y qué gestos consolidaban relaciones claramente cómplices. Rara vez recurrió a la ostentación o a la estridencia. La discreción fue su moneda y saber ocultarse, moverse con cálculo y confundirse en su propio ecosistema degradado fue algo más que astucia. Fue una forma de inteligencia criminal socialmente aceptada.
Lo verdaderamente perturbador es que ese mundo que toleró, aprobó y en muchos casos participó de sus fechorías dejó registros acusadores. Registros que confirman vínculos que trascienden lo anecdótico y se inscriben en una red de lealtades tácitas, sostenidas en el silencio, el interés y la impunidad compartida.
Resulta imposible no sentirse consternado ante la cantidad de documentos que contienen denuncias extremas, prácticas aberrantes y violencia sexual llevada al límite de lo indecible, incluso con referencias a posibles enterramientos clandestinos. Si bien tales señalamientos exigen máxima prudencia informativa, ésta no puede convertirse en una nueva forma de encubrimiento elegante. En casos de abuso sistemático, el silencio no es neutral; es una omisión grave que prolonga el daño y protege a los responsables.
A ello se suma un elemento profundamente simbólico. Errores reconocidos en el proceso de divulgación expusieron información sensible de víctimas, obligando a retirar temporalmente miles de documentos. Más allá de la corrección técnica, el mensaje es ruinoso.
Las víctimas no solo fueron desprotegidas durante años, sino que continúan siéndolo incluso en los procesos destinados a esclarecer la verdad. El sistema vuelve a fallar allí donde más importa, donde la sociedad espera responsabilidad, transparencia y estricto apego a la legalidad.
El caso Epstein obliga a las democracias occidentales a mirarse sin maquillajes ni coartadas. ¿Con qué autoridad moral se proclaman valores universales cuando, en la cúspide del sistema, se toleran redes de abuso infantil, silencios comprados y privilegios blindados? El problema ya no es externo, no es una amenaza extranjera ni una campaña de propaganda. Es una crisis interna profunda de coherencia moral.
Las élites rara vez caen por falta de inteligencia, más bien se derrumban por ausencia de límites. Cuando el poder se acostumbra a convivir con el crimen mientras conserva el lenguaje de la legalidad, la democracia deja de proteger y comienza a encubrir. La ley se vuelve selectiva, aplicada con rigor a los débiles y con indulgencia a los poderosos.
Lo que está saliendo a la luz no admite relativismos ni consuelos retóricos. Estamos ante una de las derrotas morales más profundas de las democracias contemporáneas, no por la existencia del crimen, que siempre acompaña al poder, sino por su integración funcional en la cúspide del sistema.
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