La marcha en reversa puede tener justificación muy válida. Pero hacerlo a alta velocidad, aunque se justifique, no es aconsejable.
La reflexión parte del reaprendizaje que incluyó el apoyo a mi hija más pequeña para una asignación del centro donde estudia. Conversando con ella salió a relucir que el Renacimiento, movimiento iniciado en la ciudad de Florencia, en la península itálica, en el siglo XV, fue una época de extraordinario florecimiento cultural, artístico y científico.
Analizándolo al nivel de mi hija, ambos reparamos en que el término “Renacimiento” proviene del francés “renaissance”, que significa “renacer”. A eso agregamos que este movimiento cultural se expandió por toda Europa, inspirado en la recuperación de los valores y conocimientos de la Antigüedad clásica.
Fue destacable que los humanistas renacentistas promovieron el estudio de disciplinas como la literatura, la filosofía, el arte y las ciencias, buscando una comprensión más profunda del mundo y del lugar del ser humano en él. Así es como, en tanto fue transición entre la Edad Media y la modernidad, en esta etapa se promovió una visión del mundo centrada en el ser humano y su capacidad para comprender y transformar su entorno.
¿Estaremos en reversa?
La pregunta está generada por lo que parece contraste entre el Renacimiento y la sociedad contemporánea. Como es evidente, a pesar de los avances tecnológicos y el acceso sin precedentes a vías de información, la tendencia es relegar la búsqueda de la verdad y priorizar lo superficial o irrelevante.
Como se ha de recordar, artistas como Leonardo da Vinci y Miguel Ángel personificaron la fusión entre arte y ciencia. Leonardo, por ejemplo, no solo creó obras maestras pictóricas, sino que también realizó estudios detallados de anatomía, ingeniería y óptica, reflejando una curiosidad insaciable y un compromiso con la búsqueda del conocimiento.
En tanto, en la actualidad tenemos sobreabundancia de información –infoxicación, como preferimos decir muchos – y la omnipresencia de la tecnología digital. Incluso, la inmensa mayoría ya ni se empeña en entender y mejorar lo que hace. Sencillamente, el común de la gente asume que “la tecnología resuelve”.
Si bien estos avances han democratizado el acceso a información que se puede convertir en conocimiento, también han dado lugar a fenómenos como la desinformación, la difusión de noticias falsas y la priorización de contenidos triviales sobre cuestiones de fondo. La inmediatez y la búsqueda de gratificación instantánea han desplazado, en la inmensa mayoría de los casos, a la reflexión profunda y el análisis crítico.
Autores contemporáneos han señalado cómo la constante búsqueda de estímulos y la intolerancia al aburrimiento están erosionando nuestra capacidad de introspección y creatividad. La hiperconectividad y el consumo pasivo de contenidos han generado una sociedad que, paradójicamente, está “más informada” pero menos reflexiva y, en consecuencia, menos capaz.
Triste paradoja
La paradoja entre el Renacimiento y la era actual radica en la diferente valoración del conocimiento y la verdad. Mientras que el Renacimiento se centró en la exploración profunda y el entendimiento integral del mundo, en nuestra época sobra quien hasta se ufana sobre la superficialidad y la fragmentación del saber. La búsqueda de la verdad ha sido, en la generalidad de casos, sustituida por la aceptación acrítica de mensajes y la prevalencia de lo efímero y del entretenimiento.
Esta tendencia tiene implicaciones significativas. La falta de pensamiento crítico y la priorización de lo irrelevante pueden conducir a una sociedad menos informada y más entretenida, y eso la vuelve más susceptible a la manipulación. Además, la desconexión con valores profundos y la ausencia de una búsqueda genuina de conocimiento pueden generar una sensación de vacío y falta de propósito.
Todavía estamos a tiempo para que el Renacimiento nos enseñe el valor de la curiosidad intelectual, la integración del conocimiento y la importancia de la búsqueda de la verdad. Las peñas y el intercambio intergeneracional pueden servir como valioso punto de partida.
El intento puede seguir con actividades orientadas a lograr soluciones colectivas y a reconocer la interdependencia social. Todavía podemos aprender a entender para ser y hacer, lo que también debe implicar aprender a convivir. Por supuesto, eso es a menos que realmente tengamos como preferencia seguir en reversa y a millón.
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