Las renuncias recientes en la Fuerza del Pueblo han abierto una discusión que no debería quedarse en la aritmética de quién se fue, cuántos quedan o hacia dónde podrían moverse los inconformes. En política hay cálculo, ofertas, resentimientos y mudanzas que obedecen a conveniencias muy concretas; sería ingenuo negar esa parte de la vida pública dominicana. Pero también sería pobre, y hasta peligroso para cualquier organización con vocación de poder, despachar toda salida con la explicación de siempre: lo compraron, traicionó, no aguantó, se desesperó. A veces, la renuncia de un dirigente no dice tanto sobre quien se marcha como sobre la casa que no supo retenerlo.
Por eso resultó importante la reacción de Omar Fernández ante las salidas que se han producido en su partido. No habló como quien se limita a cerrar filas ni como quien necesita repetir una consigna para tranquilizar a los suyos; pidió mirar hacia dentro, preguntarse qué está ocurriendo y reconocer que no todas las decisiones de esa naturaleza pueden atribuirse a una operación externa. En una cultura política acostumbrada a negar sus grietas, esa forma de asumir el tema tiene valor. La Fuerza del Pueblo no es un club electoral de ocasión; es una organización que aspira a gobernar la República Dominicana desde una posición de legítima fuerza opositora y, por esa razón, no puede considerar normal que dirigentes de cierto peso abandonen sus filas sin que ello provoque una revisión seria de sus métodos internos.
El caso tiene nombres, fecha y escenario. Rafael Pérez, diputado por Pedernales, anunció su renuncia en plena sesión de la Cámara de Diputados; luego se conoció la salida de Ivania Rivera, dirigente vinculada a la Dirección Política de la Fuerza del Pueblo, junto a otras dimisiones que han dado al episodio una dimensión mayor. Pero el hecho, por sí solo, no basta. En la política dominicana siempre ha habido migraciones partidarias, algunas vergonzosas, otras explicables, muchas oportunistas, no pocas ocultas bajo el velo de una supuesta sociedad civil apolítica, y unas cuantas nacidas del cansancio. Lo que ahora merece observarse es la pregunta que sobrevuela a todos los partidos: qué futuro real se le ofrece a una generación que quiere participar en la vida nacional sin quedar sometida eternamente al dedo de un liderazgo.
Nadie joven se queda en un partido sin futuro. Puede respetar una trayectoria, admirar a un líder, defender una causa, recorrer barrios, levantar equipos, perder fines de semana y poner su nombre donde otros prefieren esconderse; pero si al final descubre que las posiciones no se compiten, sino que se conceden, que las candidaturas no se disputan en buena lid, sino que se señalan desde arriba, tarde o temprano entenderá que su vocación política tiene más posibilidades fuera que dentro. La lealtad no puede exigirse como si fuera una condena. En política, la lealtad también necesita horizonte.
Ese es el punto que muchos partidos dominicanos no han querido comprender. La juventud no se integra con discursos ni comisiones decorativas. Una generación con deseos de aportar al futuro de la nación necesita reglas, competencia, primarias reales, reconocimiento al trabajo y canales internos para disputar espacios sin ser reducida a masa de acompañamiento, objeto de propaganda o tropa obediente sin derecho a pensar. Cuando todo depende de la cercanía con el jefe, de la gracia del momento o del cálculo de una cúpula, el partido deja de ser escuela democrática para convertirse en sala de espera.
La Fuerza del Pueblo carga con una responsabilidad especial porque nació de una ruptura vinculada, precisamente, al derecho a competir, a la resistencia frente a la imposición y al reclamo de respeto a las reglas constitucionales, legales y partidarias. Leonel Fernández no salió del PLD por una diferencia menor; su salida estuvo marcada por la denuncia de un liderazgo que, desde el poder, pretendió administrar el partido y el Estado contrariando los preceptos que habían dado origen a esa organización. Esa historia no puede olvidarse ahora. Si un partido levantado sobre la crítica a la imposición termina reproduciendo mecanismos cerrados de selección, su problema no será perder dirigentes; será perder autoridad para convocar a quienes esperaban una cultura política distinta.
Aquí se conecta este episodio con una vieja enfermedad de nuestra política. Hemos tenido figuras enormes, partidos fuertes, maquinarias electorales eficaces y corrientes históricas de gran arraigo; lo que no hemos tenido, con la misma frecuencia, son relevos legitimados a tiempo. Se forman cuadros, pero se les mantiene en espera indefinida; se habla de nuevas generaciones, pero se les concede espacio solo mientras no amenacen el centro de mando; se celebra el talento joven, siempre que no reclame método, reglas ni derecho a competir. Esa contradicción termina produciendo desencanto, pequeñas rebeliones y, al final, renuncias.
Omar Fernández tiene razón al pedir introspección. Su planteamiento no debilita a la Fuerza del Pueblo; la debilitaría más fingir que nada ocurre. Todo partido que aspira a dirigir el Estado debe empezar por demostrar que sabe gobernarse a sí mismo. La democracia interna no es un lujo de académicos ni una frase bonita para documentos congresuales; es la prueba mínima de que una organización puede administrar poder sin convertirlo en patrimonio cerrado.
Un partido que no permite competir hacia dentro difícilmente puede convencer al país de que gobernará con apertura hacia fuera.
Tampoco se trata de convertir cada renuncia en prueba absoluta de una falla estructural. Hay dirigentes que se van siguiendo sus propias ambiciones; la política dominicana conoce demasiado bien esas mudanzas. Pero una organización inteligente no se consuela con la peor explicación disponible; escucha, compara, revisa, corrige. Cuando varias salidas apuntan hacia una misma sensación de falta de espacio, la respuesta no puede ser únicamente el insulto ni la estadística triunfalista de que otros vendrán.
El futuro no se decreta desde una mesa de dirección. Se construye con reglas que permitan creer en él. Si la Fuerza del Pueblo quiere presentarse como alternativa nacional, tendrá que decidir si será un partido organizado alrededor de una memoria poderosa o una institución capaz de abrir paso a quienes deberán sostenerla cuando esa memoria ya no baste. Una cosa es tener líder; otra, tener relevo. Una cosa es reunir militantes; otra, ofrecerles destino político.
Las renuncias de estos días pasarán, como pasan casi todos los episodios de coyuntura. Lo que no pasará tan fácilmente es la pregunta que dejan sobre la mesa: ¿puede un partido exigir fidelidad a una generación a la que no le garantiza competencia limpia, primarias creíbles y oportunidad real de ascenso? Si la respuesta es negativa, entonces el problema no está solamente en quienes se fueron. Está, sobre todo, en quienes todavía no han comprendido que la vocación política no se sostiene en el aire ni sobre promesas indefinidas; en política, el servicio empieza con reglas claras.
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