En cada aniversario del ajusticiamiento del dictador Trujillo en la República Dominicana no falta quien repita una consigna conocida: “Dictadura sí, pero con progreso”.

A Ulises Heureaux y a Trujillo se les atribuye la construcción de carreteras y edificaciones como supuesta prueba de ese progreso. Sin embargo, ese argumento omite las pérdidas materiales, institucionales y humanas que la nación sufrió bajo ambos regímenes, y pretende colocar un balance favorable allí donde hubo concentración de poder, represión y expolio. La pregunta recurrente —“¿y ahora?, ¿estamos mejor?”— suele presentarse como si bastara para absolver a una tiranía. Conviene preguntarse si esa afirmación nace de la ignorancia histórica o de una distorsión más profunda de lo que entendemos por progreso.

Para muchos de nosotros resulta difícil aceptar que pueda llamarse progreso a un sistema que elimina a sus opositores, los tortura y somete las instituciones a la voluntad de un solo hombre. No hay verdadero progreso allí donde los poderes del Estado dejan de servir al interés público para convertirse en instrumentos de obediencia. Tampoco lo hay cuando se anula la competencia, se subordinan las industrias del país al capricho del tirano y se despoja a la ciudadanía de su libertad. Si el progreso no incluye institucionalidad, derechos y dignidad humana, entonces no es progreso: es apenas una apariencia.

Esa distorsión del juicio recuerda el célebre mito de la caverna, expuesto por Platón en La República. Allí se describe a unos prisioneros que, obligados a mirar sombras proyectadas en una pared, terminan por confundirlas con la realidad. La analogía resulta pertinente: una sociedad también puede acostumbrarse a una ficción política y aceptar como progreso lo que en verdad es dominación, miedo y dependencia. Cuando la costumbre sustituye al pensamiento crítico, las sombras adquieren prestigio de verdad.

Los dominicanos hemos arrastrado, en buena medida, un paradigma mental y emocional propio de un Estado neopatrimonial: un orden en el que lo público se administra como si fuera patrimonio del gobernante y de su círculo. En ese esquema, el Ejecutivo aparece como una figura paternalista y distribuidora de favores, a la que se debe gratitud incluso cuando esa gratitud es inmerecida. Así, los logros dejan de percibirse como conquistas de la ciudadanía y pasan a entenderse como dádivas del jefe de turno. El gobernante se sostiene entonces mediante prebendas, lealtades personales y el debilitamiento deliberado de las instituciones.

En el relato de Platón, salir de la caverna implica desprenderse de hábitos profundamente arraigados y enfrentar la incomodidad de la verdad. En política ocurre algo semejante: abandonar la nostalgia por el autoritarismo exige revisar nuestras creencias, desmontar viejas ficciones y redefinir el progreso desde la libertad, la justicia y la fortaleza institucional. Solo entonces podremos dejar de confundir las obras del poder con el bienestar de una nación.

Osvaldo Fernández Domínguez

Médico y escritor.

El Dr. Osvaldo Fernández Domínguez es médico psiquiatra, además de un reconocido intelectual. Ganó el primer lugar del concurso de cuentos de Funglode.

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