Evocar es remontarse hasta donde se entiende, pero al hablarse de entender por simple que parezca cualquier cosa, ya es complicado. Y si pudiéramos ponernos a dilucidar lo complicado mejor dar por terminado cualquier asunto del que dizque se quiera dar a entender algo.
Del párrafo anterior, la atmósfera que lo cubre, en la secuencia ¿secuencia? En síntesis, lo que se plantea tiene que ver con otra palabra complicadísima llámese: Tiempo. Palabra que gústame aplicar al pasado recién como al futuro recién para que la compuerta del presente se abra y yo busque quedarme aquí, ahora que me atrevería a llamar presente.
Gústame ver la ciudad, sus calles, sus gentes, de la manera anterior. ¿Cuál? La de este bienestar económico como el bacalao a cuesta y la que decida el lector o la memoria afectiva o de rechazo (estoy en la vía de complacer). Cuánto encanto encierra imaginarse el Santo Domingo de los sesenta y setenta, podría llamársele el purgatorio antes del infierno dantesco (con el perdón de Dante Alighieri) en que se ha convertido la ciudad de Santo Domingo, con divisiones territoriales y todo. Lo mismo podría decir de las provincias y no estoy exagerando, pero se vive en el presente, no hay de otra. Se vive inmerso en ese presente agobiante de un pueblo que para alabar a Dios necesita explotar al de al lado (¿prójimo?); para elegir un candidato (cual sea) necesita darle un avance de lo que será cuando gobierne con toda la parafernalia de su militancia y allegados. Ojalá que esa no creencia en los partidos políticos y sus lideres traiga consigo la indiferencia ante la bulla, que el que haga más alarde de ruido, la sola intención de voto termine ahogándose en el Isabela o en el Ozama. ¿Por qué nos hemos vuelto tan ruidosos, tan amantes a la autodestrucción en lo concerniente a llamar la atención con ruido y violencia física? ¿Todo está acompañado de hacer más alarde de lo que sobra (y no sobra nada) tanto a sí mismo como a los demás? Si se vive en un sitio “tranquilo” se tiene miedo de la noche y de la mañana al caminar. Entonces ¿en qué estamos? Deberíase reinventarse los días patrios y religiosos para convertirlos en tranquilidad, sin embargo, es durante esos días cuando más ruidos hacen los patriotas de nuevo cuño y los creyentes. Nuestra alegría consiste en explotar al del lado en lo que sea y como sea. A tenerse pena se ha dicho, pero cuando nos toca y siempre le toca a uno. Las tres horas de relativa calma van de las dos a las cuatro de la madrugada (a las cinco ya están levantados lo que te van a atracar). Es que lo que anda suelto a esa hora solo come carne a la plancha aun esté lloviendo. Que le puede tocar a él, ni por asomo lo piensa.
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