Bajo la consigna de que “el turismo es para todos”, dirigentes de organizaciones de taxis turísticos de Puerto Plata han reabierto una herida que amerita mucha atención. La frase, que en principio reivindica la participación de los distintos sectores en los beneficios de la actividad, no puede convertirse en una justificación para imponer intereses particulares a costa de la calidad del destino.

Durante las últimas décadas del siglo pasado, cuando la región se consolidaba como el principal polo turístico del país y uno de los mejores del Caribe, determinadas prácticas de algunos actores contribuyeron a deteriorar la experiencia de los visitantes. Los taxistas, entonces, fueron un factor importante para agravar las dificultades, y lo recordamos ahora cuando el turismo vuelve a abrir oportunidades para la provincia y surgen nuevamente las tensiones de antaño.

En aquella ocasión (¡igual que hoy!) uno de los problemas más sensibles era la arbitrariedad en las tarifas. Sin taxímetros ni mecanismos transparentes de cobro, muchos visitantes se enfrentaban a precios excesivos, especialmente en trayectos cortos, excursiones y servicios nocturnos. La falta de reglas claras alimentaba la desconfianza y dejaba al turista en una posición de vulnerabilidad frente a quien debía facilitarle su desplazamiento.

A esto se sumaban los enfrentamientos entre grupos de taxistas que (¡igual que hoy!) se disputaban zonas, hoteles y puntos de recogida. Esas diferencias solían traducirse en discusiones públicas, bloqueos de vehículos y restricciones para que determinados conductores recogieran pasajeros en áreas controladas por otros.

Cuando un turista presencia una disputa de esa naturaleza, no distingue entre organizaciones, empresas o autoridades. Lo que percibe es desorden… y esa impresión termina asociada al destino completo.

Las comisiones

Otro problema era el sistema de comisiones que (¡igual que hoy!) algunos establecimientos ofrecían a los conductores por llevarles clientes. Tiendas de recuerdos, restaurantes, tabaquerías, joyerías y negocios de artesanías competían por captar turistas mediante pagos que no siempre respondían a la calidad de sus productos o servicios.

El incentivo distorsionaba las recomendaciones del taxista y del guía turístico: en lugar de orientar al visitante hacia el establecimiento que mejor respondiera a sus necesidades, lo llevaban al que le ofreciera una comisión más atractiva. El comercio trasladaba ese costo a los precios y el turista terminaba pagando más mientras recibía una experiencia condicionada por intereses espurios.

El resultado era (¡igual que hoy!) contraproducente. Una práctica concebida para aumentar los ingresos de determinados operadores perjudica la confianza del visitante, reduce su disposición a gastar y afecta la reputación de Puerto Plata.

También hubo resistencia (¡igual que hoy!) a la incorporación de alternativas de transporte, bajo el argumento de que representarían una amenaza para el trabajo de los taxistas establecidos. Defender el sustento de un sector es legítimo, pero pretender que esa defensa impida mejoras en los servicios o limite la competencia… es otra cosa.

El turismo no puede desarrollarse bajo la lógica de que, sin importar el destino, cada grupo asuma el derecho de proteger su parcela.

No es que atribuyamos el retroceso turístico de Puerto Plata exclusivamente a los transportistas. Ellos incidieron, pero el declive respondió a una combinación de factores económicos, fiscales, empresariales y estructurales.

Otras causas

Uno de los episodios relevantes fue la Ley 158-01, de Fomento al Desarrollo Turístico. Los cambios legislativos asociados a la Ley 318-04 alteraron el tratamiento de los incentivos y tuvieron gran impacto negativo sobre Puerto Plata.

La reducción de ventajas fiscales para nuevas inversiones o renovaciones restó competitividad al destino frente a otros polos turísticos (como la región Este) que comenzaron a ofrecer mejores ofertas para desarrollar proyectos. Esto repercutió en el envejecimiento de parte de la planta hotelera local, dificultades para modernizar instalaciones y la pérdida de atractivos para nuevas inversiones.

A ese panorama se agregaron (¡igual que hoy, pero con menos intensidad!) deficiencias en el suministro de agua potable, en el sistema eléctrico, en el tránsito, en el tratamiento de aguas residuales y en la gestión de los residuos sólidos. Estas carencias elevan los costos operativos de los negocios.

Un establecimiento turístico puede invertir en mejoras, pero no puede garantizar por sí solo una experiencia satisfactoria cuando los servicios esenciales del entorno fallan. Tampoco una playa hermosa compensa la desorganización, los vendedores ambulantes, el mal servicio o la percepción de inseguridad.

Una nueva oportunidad

El resurgimiento turístico que hoy vive Puerto Plata representa una oportunidad para corregir las debilidades citadas. El crecimiento de las inversiones, los cruceros y las nuevas posibilidades de negocio deben ir acompañadas de reglas claras, tarifas transparentes, transporte organizado y competencia basada en la calidad.

Las autoridades tienen una responsabilidad ineludible en ese proceso: regular, supervisar y hacer cumplir las normas duélale a quien le duela y pésele a quien le pese, sin privilegios ni exclusiones arbitrarias. Las organizaciones de taxistas deben comprender que su futuro depende también de la reputación del destino. Y los empresarios necesitan competir ofreciendo valor, no mediante mecanismos que distorsionen las decisiones de los consumidores.

Que el turismo sea para todos significa que sus beneficios deben alcanzar a todos los sectores y no que, sin consecuencias, un gremio pueda imponer condiciones, restringir servicios o trasladar sus costos al visitante.

Puerto Plata tiene demasiado en juego para ignorar las lecciones de su pasado. El destino no puede repetir viejas disputas ni buscar culpables: Necesita corregir las prácticas que perjudican su competitividad y construir una relación armoniosa entre quienes trabajan en el turismo y quienes llegan a disfrutarlo.

El turismo no pertenece a los taxistas, ni a los hoteleros, ni a los comerciantes, ni a los inversionistas. Es una actividad colectiva cuya prosperidad depende de que todos contribuyan a ofrecer una experiencia que invite al visitante a regresar. Si Puerto Plata quiere consolidar su recuperación, esa debe ser la regla, no una consigna que cada sector interprete según su conveniencia.

Sergio Cueto

Periodista

Lic. en Comunicación Social. Trabajó en diversos periódicos nacionales y en el área de prensa de canales de televisión. También ha dirigido departamentos de Relaciones Públicas y Comunicaciones de dependencias públicas y empresas privadas. Ha recibido premios y reconocimientos por su trabajo.

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