La sociedad atraviesa un estado líquido preocupante. Como plantea Zygmunt Bauman, las formas esenciales de los valores, las relaciones y los principios que sostienen al ser humano cambian con una rapidez nunca antes vista. Hoy parece más importante tener que construir; aparentar que servir. En un entorno de riqueza, incertidumbre y volatilidad como el actual, la formación de líderes auténticos es cada vez más escasa. Y, como afirma Byung-Chul Han, la sociedad de la disciplina ha sido sustituida por la sociedad del rendimiento. Intento expresar aquí, con humildad, la urgencia de recuperar el verdadero sentido del liderazgo.
Lo más parecido al proceso de formación de un líder es un árbol. Primero desarrolla raíces profundas; luego un tronco firme y, finalmente, ramas que dan sombra y frutos. La calidad del liderazgo dependerá de la fortaleza de cada una de esas etapas. Sus decisiones, su voluntad y su capacidad para aprender seguirán alimentando su fortaleza, su sabiduría y la confianza que inspire en los demás.
Los valores y el carácter son sus raíces
Todo comienza con la formación en el hogar y en el entorno durante los primeros años de vida. Allí se adquieren principios como la honestidad, la responsabilidad, la disciplina, el respeto, la solidaridad y el sentido de justicia. Precisamente ahí encontramos hoy uno de nuestros mayores desafíos: la creciente fragilidad de muchos hogares y la pérdida de referentes morales.
Las habilidades pueden aprenderse con el tiempo, pero el carácter constituye el verdadero cimiento del liderazgo. Un líder sin valores puede alcanzar el poder, pero difícilmente conquistará el respeto y la confianza de quienes debe conducir. Tener muchos títulos académicos sin carácter representa un fracaso social. Mahatma Gandhi advertía que la riqueza sin trabajo, el conocimiento sin carácter y la política sin principios eran algunos de los pecados que terminan destruyendo a las sociedades.
El liderazgo exige una formación permanente. Leer, estudiar, escuchar y observar permiten comprender mejor la realidad y tomar decisiones más acertadas. Los grandes líderes son, antes que nada, grandes aprendices. La curiosidad intelectual les permite anticipar problemas y encontrar soluciones. Pero también deben saber escuchar hacia abajo y hacia arriba, tanto a quienes dirigen como a quienes piensan diferente. Esa capacidad de escuchar a todos los niveles sociales va conformando el sentido y el rumbo de sus decisiones.
El líder con propósito
Tener una imagen clara de su propósito y de sus responsabilidades, acompañada de humildad y empatía, le permitirá ganar el respeto de quienes le rodean.
El verdadero liderazgo nace de una causa superior al interés personal. Quien solo busca prestigio, dinero o poder difícilmente inspirará a otros. En cambio, quien trabaja para mejorar su comunidad, su empresa o su país genera compromiso, confianza y sentido de pertenencia. Como suelo decir, el propósito no es vender aguacates; el propósito es alimentar a las familias. El producto es solo el medio; el propósito es el verdadero motor.
Henry Kissinger explicó magistralmente cómo seis grandes estadistas de la segunda mitad del siglo XX construyeron liderazgos distintos porque cada uno tenía un propósito claramente definido.
Konrad Adenauer condujo a Alemania con humildad y firmeza hacia su reintegración en la comunidad internacional después de la Segunda Guerra Mundial.
Charles de Gaulle, con una voluntad inquebrantable y un profundo sentido del simbolismo nacional, devolvió a Francia su orgullo y su influencia internacional.
Richard Nixon comprendió la necesidad del equilibrio estratégico entre las grandes potencias y abrió el camino hacia una nueva etapa de estabilidad mundial mediante la diplomacia con China y la Unión Soviética.
Anwar Sadat asumió enormes riesgos personales para buscar la paz en Oriente Medio porque entendía que ese era el destino que debía ofrecer a Egipto.
Lee Kuan Yew transformó a Singapur, una pequeña ciudad-Estado sin recursos naturales, en una de las economías más admiradas del mundo gracias a un propósito sustentado en la transparencia, la disciplina, la meritocracia y una lucha implacable contra la corrupción.
Margaret Thatcher se propuso recuperar la fortaleza económica y moral del Reino Unido mediante un liderazgo firme, convencida de que el carácter también es una herramienta de gobierno.
Todos ellos demostraron que el liderazgo no comienza con el poder, sino con un propósito.
Un líder debe interpretar correctamente el pasado y aprender de sus experiencias; comprender los valores y las necesidades del presente, y proyectar una visión clara del futuro. Liderar es equilibrar la experiencia con la intuición para construir un camino que dignifique a las personas y fortalezca las instituciones.
Liderar no consiste en mandar, sino en influir. Esa influencia se construye con el ejemplo, la coherencia y la credibilidad. Las personas siguen con mayor facilidad a quien hace lo que dice que a quien solo pronuncia discursos. Hoy observamos con preocupación a muchos dirigentes que únicamente buscan escucharse a sí mismos, alimentar el populismo o conquistar las emociones del momento, sin movilizar a la sociedad hacia la construcción de nada verdaderamente positivo.
"Si Gandhi nos enseñó que el liderazgo nace del carácter y de la autoridad moral, Henry Kissinger demostró que ese carácter solo adquiere dimensión histórica cuando se pone al servicio de un propósito nacional. Uno explica las raíces del líder; el otro, el destino de su liderazgo."
Ante todo, un líder sirve a los demás
Los líderes que dejan huellas entienden que su función principal consiste en servir. Escuchan, desarrollan talentos, crean oportunidades y ayudan a otros a crecer. Cuando una organización depende exclusivamente de una persona, no existe verdadero liderazgo; existe dependencia.
La prueba definitiva de un líder no es cuánto poder acumuló, sino qué dejó cuando ya no está. Un gran líder forma nuevos líderes, fortalece las instituciones y deja una cultura de trabajo, integridad y servicio que perdura más allá de su presencia.
La evolución de un líder puede resumirse así:
- Raíces: valores, familia y carácter.
- Tronco: disciplina, conocimiento y experiencia.
- Ramas: capacidad de influir y servir.
- Frutos: resultados, confianza y formación de nuevos líderes.
- Semillas: el legado que inspira a las futuras generaciones.
En definitiva, el liderazgo es una construcción moral antes que una posición de autoridad. Los cargos pueden obtenerse mediante una elección o un nombramiento; el liderazgo auténtico, en cambio, se conquista cada día con el ejemplo, la competencia, la coherencia y el servicio. Quien fortalece sus raíces, cultiva su carácter y pone sus capacidades al servicio de los demás termina ejerciendo una influencia positiva que trasciende el tiempo, las circunstancias y su propia vida.
Quizá el mayor problema de nuestro tiempo no sea la escasez de personas con talento, sino la escasez de personas con propósito. Tenemos profesionales mejor preparados que nunca, abundan los especialistas, los expertos y los comunicadores, pero cada vez encontramos menos hombres y mujeres capaces de poner ese conocimiento al servicio de una causa superior. Hemos confundido el éxito con el reconocimiento, la popularidad con el liderazgo y el poder con el servicio.
La República Dominicana necesita volver a formar líderes desde sus raíces. Necesita hogares y maestros que eduquen en valores, escuelas que formen ciudadanos antes que profesionales, partidos políticos que preparen dirigentes antes que candidatos, empresas que desarrollen personas además de generar utilidades y un Estado que premie el mérito, la honestidad y el compromiso con el bien común. Ninguna reforma económica, política o institucional será suficiente si no va acompañada de una profunda reforma moral del liderazgo.
Al final, la historia no recuerda a quienes ocuparon los cargos más importantes, sino a quienes transformaron la vida de las personas y fortalecieron las instituciones. Los cargos son pasajeros; el carácter permanece. El poder termina; el propósito trasciende. Por eso, el verdadero desafío de nuestra generación no es simplemente elegir mejores gobernantes o administradores, sino construir mejores líderes. Porque cuando un pueblo forma líderes con valores, propósito y vocación de servicio, no solo cambia un gobierno: cambia el destino de una nación.
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