Desde la aparición de las ciencias modernas, se ha producido una organización del conocimiento que ha tendido a establecer diferencias, jerarquías y relaciones entre los distintos saberes, de manera explícita o implícita. Esta organización no solo ha permitido distinguir campos de investigación, métodos y objetos particulares, sino que también ha favorecido la construcción de categorías específicas para situar unos saberes respecto a otros. Entre estas categorías, destaca la distinción entre saberes de primer y segundo orden, o, en otra formulación equivalente, entre saberes de primer y segundo grado. Pero, ¿qué significa exactamente que un saber sea de «primer grado»? ¿Se trata de una relación más inmediata con la realidad, de una relación privilegiada con determinados objetos, de una autonomía metodológica o simplemente de una posición anterior dentro de una organización del conocimiento determinada? La pregunta no es secundaria, ya que de la respuesta depende en gran medida el lugar que se conceda posteriormente a la filosofía.

La cuestión adquiere particular relevancia cuando se introduce la filosofía en esta clasificación. En el marco del materialismo filosófico de Gustavo Bueno, la filosofía se caracteriza expresamente como un saber de segundo grado, ya que presupone otros saberes previos considerados de primer grado. Estos comprenden los saberes técnicos, políticos, matemáticos, biológicos y científicos, entre otros. Por tanto, la filosofía no partiría de un campo categorial cerrado comparable al de las ciencias particulares, sino que surgiría a partir de la confrontación y articulación de conceptos procedentes de diversos ámbitos del saber. En ¿Qué es la filosofía?, Bueno sostiene que el saber filosófico es un saber acerca del presente y desde el presente y que presupone la existencia de otros saberes previos sobre los que se desarrolla.

Esta caracterización es particularmente importante porque establece una relación de anterioridad y posterioridad epistemológica entre los saberes. Los saberes de primer grado serían aquellos que proporcionan los contenidos, conceptos y conocimientos sobre los que puede operar posteriormente la filosofía. Esta última, en consecuencia, no accedería primariamente a una región particular de la realidad, sino que trabajaría sobre materiales conceptuales producidos por otros campos. Bueno lo expresa de manera más contundente cuando afirma que la filosofía se nutre de otros saberes previos y que las ideas filosóficas proceden de la confrontación de conceptos provenientes de ámbitos técnicos, científicos y políticos.

Ahora bien, antes de aceptar o rechazar esta concepción, conviene detenerse precisamente en el concepto que la hace posible: ¿qué significa que un saber sea primero y otro segundo? La expresión parece indicar una relación de dependencia, pero no está claro que toda dependencia epistemológica implique una diferencia de grado. Un saber puede servirse de los resultados obtenidos por otro sin que su relación con la realidad tenga que ser considerada indirecta en un sentido absoluto. La matemática puede proporcionar instrumentos a la física, la física puede ofrecer conceptos a la biología, la biología puede transformar determinadas preguntas de la medicina, la lingüística puede dialogar con la psicología y las ciencias cognitivas. Si aceptáramos que todo saber que utiliza conocimientos producidos por otro campo pasa automáticamente a ocupar una posición de «segundo grado», la clasificación comenzaría a tornarse problemática: ¿dónde se situaría entonces el límite entre el primer y el segundo grado? ¿Existe realmente un saber que no dependa, conceptual o metodológicamente, de otros saberes?

El problema de los grados del saber (I)

Esta pregunta introduce una primera dificultad en la clasificación. La noción de «primer grado» parece designar una condición originaria del conocimiento, pero, al examinarla con mayor detenimiento, se advierte que su significado depende de la relación que mantiene con el «segundo grado». El propio Bueno reconoce esta dimensión relacional cuando afirma que el concepto de primer grado adquiere sentido en relación con el saber filosófico de segundo grado y que los saberes incluidos bajo esa denominación son profundamente heterogéneos. Esto plantea una cuestión fundamental para nuestra investigación: si «primer grado» y «segundo grado» son categorías que adquieren su significado a partir de una relación entre saberes, ¿pueden utilizarse como si describieran una propiedad esencial de cada saber?

El problema se vuelve todavía más interesante cuando se considera que la clasificación reúne bajo el nombre de «primer grado» formas de conocimiento muy diferentes entre sí. No parece existir una homogeneidad evidente entre el saber matemático, el biológico, el técnico, el político y el artístico. Sus objetos, procedimientos, criterios de validación y formas de relación con la realidad son distintos. Sin embargo, todos pueden agruparse bajo una misma categoría frente a la filosofía. Esto lleva a preguntarse si «primer grado» designa realmente una característica común a todos esos saberes o si, más bien, funciona como una categoría construida para establecer una posición determinada de la filosofía frente a ellos.

El problema de los grados del saber (I)

De aquí surge una cuestión decisiva para el desarrollo de este primer artículo: ¿la distinción entre primer y segundo grado describe una diferencia real entre formas de conocimiento o es solo una manera de ordenar los saberes? La diferencia puede parecer pequeña, pero tiene profundas consecuencias. Si se trata de una diferencia real, habría que determinar cuál es la propiedad que convierte a un saber en «primero» y a otro en «segundo». Si, por el contrario, se trata de una clasificación relacional, entonces habría que preguntarse si es legítimo utilizarla para determinar la naturaleza epistemológica de la filosofía.

Por ahora no pretendemos resolver esta cuestión. Nuestro propósito inicial es más modesto y, al mismo tiempo, más radical: examinar las condiciones conceptuales que permiten hablar de grados del saber. Antes de preguntar si la filosofía es realmente un saber de segundo grado, debemos preguntarnos si la propia categoría de «segundo grado» posee la fuerza explicativa que se le atribuye. La cuestión, por tanto, no consiste en invertir la jerarquía y declarar que la filosofía es un saber de primer grado, sino en determinar si tiene sentido hablar de una jerarquía de grados para describir la relación entre los distintos modos de conocimiento. Solo después de esclarecer este punto podremos volver a la filosofía y preguntarnos si su relación con los demás saberes constituye una dependencia, una mediación, una transversalidad o, quizá, una forma distinta de acceso a la realidad.

Conclusión

La distinción entre saberes de primer y segundo grado nos lleva, por tanto, a un problema previo a cualquier valoración particular de la filosofía: determinar el fundamento de la propia clasificación. Si el primer grado se define por su relación directa con determinados objetos y el segundo por su relación con saberes previamente constituidos, todavía queda por explicar qué significa exactamente esa «directidad» y por qué la dependencia conceptual o metodológica respecto a otros saberes tendría que traducirse necesariamente en una diferencia de grado. La cuestión es aún más compleja cuando advertimos que los saberes científicos mantienen entre sí relaciones constantes de dependencia, intercambio y cooperación. Por ello, antes de aceptar que la filosofía ocupa una posición epistemológica secundaria, es necesario examinar si las categorías de primer y segundo grado describen una propiedad esencial de los saberes o si, más bien, constituyen una forma particular de ordenarlos.

Este primer examen no pretende negar la caracterización de la filosofía como saber de segundo grado, sino suspender provisionalmente esa conclusión e interrogar sobre sus condiciones de posibilidad. La pregunta que queda abierta es si un saber que trabaja con conceptos provenientes de otros campos debe ser considerado un saber posterior por ello o si puede existir una forma de conocimiento cuya especificidad consista justamente en atravesar, relacionar y problematizar diferentes ámbitos de la realidad. Esta cuestión se desarrollará en los siguientes trabajos: no se trata simplemente de invertir la jerarquía y declarar a la filosofía un saber de primer grado, sino de determinar si la oposición misma entre «primero» y «segundo» es suficiente para comprender la naturaleza y el alcance del saber filosófico.

Referencias principales:

Bueno, G. (1970). El papel de la filosofía en el conjunto del saber. Ciencia Nueva.

Bueno, G. (1995). ¿Qué es la filosofía? El lugar de la filosofía en la educación. Pentalfa.

Bueno, G. (2008). El papel de la filosofía en el conjunto del saber [Edición digital del original de 1970]. Fundación Gustavo Bueno.

EN ESTA NOTA

Pedro Alexander Cruz

Pedro Alexander Cruz es escritor e investigador en filosofía y teología. Es autor de La utopía filosófica como faro de la justicia, El hombre y su profunda agonía por el saber, La maravillosa significancia inicial del libro de Lucas, Manual práctico de introducción a la lógica formal (Epítome), La filosofía y la construcción del ser, Manual de filosofía para niños, Política y Ciudadanía: Intención de transformación, Contra la filosofía I y Contra la filosofía II. Actualmente cursa la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y realizó estudios en Teología en el Seminario Bíblico de la Gracia. Ha completado diversos programas de formación, entre ellos los diplomados en Investigación Cualitativa, Investigación Cuantitativa, Neuroética e Inteligencia Artificial Aplicada a la Investigación, así como los cursos de Asesoría de Tesis de Postgrado, Python Básico para Investigación, Tutor Virtual, Realidad Virtual, Realidad Aumentada y Metaverso aplicados a la Educación e Investigación, y Redacción Académica y Científica, todos impartidos por la Vicerrectoría de Investigación y Posgrado de la UASD. Además, realizó el curso Metodología e Investigación Aplicada a las Ciencias Sociales en UTESA (Gaspar Hernández), el curso Fundamentos de Inteligencia Artificial para Docentes en el IBEC, el taller Effect: Educación en Ciudadanía Global y Competencias Globales de la AFP, el programa ProÉtica (Programa Nacional para la Promoción de la Ética) y obtuvo el Certificado en Comprensión Lectora impartido por Santillana.

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