Luis Abinader llegó al poder en circunstancias excepcionales. Fue el candidato que logró reunir varios factores decisivos: el cansancio de una sociedad frente al prolongado predominio del PLD, la necesidad de un partido naciente como el PRM de encontrar una figura electoralmente aceptable para una ciudadanía deseosa de cambio, y el respaldo estratégico del liderazgo histórico de Hipólito Mejía, cuyo peso político continuó siendo determinante dentro de la organización.

La fórmula funcionó. El PRM conquistó el poder en el 2020 y logró consolidarlo posteriormente. Sin embargo, el éxito de una coyuntura no garantiza la estabilidad de una sucesión. Gobernar es una cosa; administrar la herencia política del poder es otra muy distinta.
Hoy el partido oficial enfrenta un escenario radicalmente diferente. Ya no se trata de conquistar el poder, sino de conservarlo. Cuando las organizaciones políticas pasan de la oposición al gobierno, sus mecanismos de selección interna se transforman de manera inevitable: la militancia suele dejar de buscar al dirigente más combativo o al más ideológico, inclinándose pragmáticamente hacia quien parezca tener mayores posibilidades de garantizar la permanencia en el Estado.
Es aquí donde aparece el llamado "efecto vagón", magistralmente descrito por el jurista y analista José Luis Taveras. Este fenómeno no consiste únicamente en que un candidato encabece las encuestas, sino en algo más profundo y complejo: los estudios de opinión terminan convirtiéndose en el único argumento válido para justificar una candidatura. La gran pregunta de la democracia interna deja entonces de ser quién posee las mejores condiciones para gobernar, y pasa a ser, simplemente, quién parece tener mayores posibilidades de ganar.
En ese terreno de las percepciones, David Collado ha sido extraordinariamente exitoso. Durante años, su imagen pública ha sido asociada de manera sistemática al triunfo electoral, a la eficiencia gerencial y al éxito turístico. Su nombre ha figurado de manera permanente en los sondeos, mediciones y estrategias de posicionamiento político, convirtiéndose en el referente natural del pragmatismo partidario.
Pero toda construcción basada en el marketing genera una interrogante inevitable: ¿hasta dónde llega la fuerza de la percepción y dónde comienza la prueba de la realidad?
La historia política latinoamericana demuestra con crudeza que las encuestas pueden fabricar favoritos, pero no necesariamente estadistas. Una candidatura sometida al escrutinio nacional y a la posterior conducción del Estado debe demostrar capacidad para el debate profundo, formulación de una visión estructural de país, interpretación de los conflictos sociales latentes, comprensión de la complejidad económica y respuestas firmes ante los desafíos geopolíticos de su tiempo.
La gran discusión interna dentro del PRM debería centrarse precisamente en ese dilema: ¿Debe el partido escoger al candidato que mejor navega en la superficie de las mediciones cuantitativas, o al que mejor pueda pilotear los desafíos de una República Dominicana cada vez más compleja y desigual?
La cuestión adquiere mayor relevancia porque, detrás de cada proyecto político, existen estructuras de poder económico que buscan influir de forma directa en la dirección del Estado. No se trata de un fenómeno exclusivo del PRM; ha ocurrido históricamente en todos los partidos del sistema dominicano. El problema real surge cuando la influencia corporativa desplaza el debate de las ideas, y la selección de liderazgos deja de depender de las capacidades demostradas para subordinarse a percepciones cuidadosamente construidas en laboratorios de opinión.
La política moderna ha perfeccionado los mecanismos para fabricar inevitabilidades. Repetir una imagen, posicionar un nombre, multiplicar estudios y reforzar narrativas mediáticas puede producir una inercia colectiva: la sensación de que una candidatura es el destino ciego del proceso político.
Ahí es donde el peligro del "efecto vagón" cobra toda su fuerza. Cuando una organización política deja de escoger a quien considera mejor preparado para conducirla y comienza a seguir ciegamente a quien parece ir delante, la militancia abdica de su rol como conciencia crítica del partido para transformarse en simple pasajera de un tren cuyo destino final desconoce. En esa lógica, poco importan la formación, la experiencia o la visión de Estado; lo determinante es no quedarse fuera del vagón ganador. Es la sustitución de la política por la conveniencia y de las ideas por los algoritmos.
Sin embargo, gobernar no es administrar percepciones de manera indefinida. Implica tomar decisiones difíciles, construir consensos en la tormenta, interpretar las demandas profundas de la sociedad y defender el interés nacional frente a las corporaciones de presión.
Es en este punto de inflexión donde emerge una figura singular y contrastante dentro del PRM: Guido Gómez Mazara. A diferencia de otros aspirantes, su trayectoria reciente no ha dependido de la administración de un ministerio ni de la visibilidad que otorga el presupuesto de una función ejecutiva. Su principal capital político ha sido la palabra escrita y hablada, la formación intelectual, la militancia de base, la confrontación frontal de ideas y una presencia constante en el debate de los grandes problemas nacionales.
Su estilo puede gustar o no. Puede ser considerado por los sectores tradicionales como una figura incómoda, disruptiva o excesivamente crítica. Sin embargo, su perfil no es un accidente fortuito, sino el resultado de un arraigado origen histórico; por su origen social y su fisonomía popular, encarna fielmente la identidad del dominicano de las mayorías, ese que históricamente ha estado alejado de los privilegios oligárquicos. De todos los aspirantes actuales, es quien guarda el mayor parecido en su formación intelectual, su oratoria encendida y su vocación de masas con el líder histórico y guía doctrinal del partido, el doctor José Francisco Peña Gómez. Por estas razones, resulta intelectualmente deshonesto negar que representa uno de los liderazgos de mayor densidad política, conceptual y arraigo popular dentro del partido oficial.

La paradoja es evidente. En una época dominada por la inmediatez de las redes sociales y las estrategias de la estética electoral, un dirigente cuya principal fortaleza es el pensamiento crítico y la conexión con el sustrato social e histórico de su partido parece competir en desventaja frente a candidatos construidos sobre indicadores estandarizados de popularidad.
Por lo tanto, la verdadera pregunta no es si un perfil como el de Guido Gómez Mazara puede ganar una convención. La interrogante de fondo es si el PRM está dispuesto a premiar la preparación política, la coherencia conceptual y la capacidad de liderazgo doctrinario, o si terminará inclinándose por la candidatura que el aparato mediático y los poderes fácticos presenten como inevitable.
Si lo que se busca es un candidato capaz de llenar un vagón de dirigentes interesados únicamente en prolongar su permanencia en el presupuesto estatal, probablemente las encuestas ofrezcan una respuesta inmediata. Pero si se trata de escoger un liderazgo que represente auténticamente la historia, los valores de justicia social y la diversidad de las bases del partido, la discusión debe ser obligatoriamente más profunda. Una cosa es representar intereses sectoriales y otra muy distinta encarnar un proyecto de nación.
De cara al próximo torneo electoral, el escenario más enriquecedor para la salud democrática de la República Dominicana no sería el de una campaña vacía de contenidos y saturada de consignas, sino un verdadero choque de visiones de Estado. El país se elevaría políticamente al presenciar en el escenario nacional un debate de alta escuela: por un lado, la experiencia acumulada de un Leonel Fernández, con sus luces y sombras tras doce años de ejercicio presidencial; y por el otro, un Guido Gómez Mazara que, con igual densidad intelectual y dialéctica, encarne esa esperanza históricamente subyugada del pueblo dominicano que aún clama por redención social.
Al final, los vagones siempre buscan a quién seguir por inercia. Pero la verdadera prueba de madurez de un partido consiste en saber distinguir entre quien simplemente ocupa de manera transitoria la locomotora por el empuje del marketing, y quien realmente posee las condiciones, el carácter y la independencia necesarias para conducir el tren hacia el destino histórico de la República.
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