“En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario”. George Orwell
El Humanities Studio (Estudio de las Humanidades) es uno de mis lugares favoritos en Pomona College, la universidad en la que trabajo durante el año académico en California (el resto del año hago investigación en RD). Me encanta porque nos permite aprender y reflexionar sobre los grandes temas del mundo actual junto con especialistas que el personal del Humanities Studio trae a nuestro campus. Como indica su nombre, el Humanities Studio busca ayudarnos a analizar lo que ocurre a nuestro alrededor desde la perspectiva de las humanidades. O sea, enfatizando la cultura y las expresiones creativas del ser humano como se hace en disciplinas como la historia, la literatura y las artes. Pero el personal del Estudio utiliza una metodología interdisciplinaria por lo que tanto docentes como estudiantes no solo de las humanidades sino también de las ciencias sociales y las ciencias naturales conversamos con las y los expertos que les menciono en múltiples eventos cada semestre.
Cada año académico el Humanities Studio escoge un tema que sirve de sombrilla a las actividades que organizan el director Kevin Dettmar y la subdirectora Gretchen Rognlien después de consultar con colegas en diferentes áreas de la universidad. El tema sombrilla cuando empecé a ir al Humanities Studio en el 2019 era el de la “Post/Truth” o “Post/Verdad”, un juego de palabras para referirse a la expansión de la llamada “posverdad” en los Estados Unidos y en el mundo. La Real Academia Española de la Lengua define la posverdad como la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.
Es decir, el concepto de la posverdad es una forma elegante de referirse al uso premeditado de la mentira y las medias verdades en el debate público. La definición del Diccionario de Inglés de Oxford también recoge esta intención cuando explica la posverdad como lo “relacionado con o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos tienen menos influencia dando forma al debate político o la opinión pública que el apelar a las emociones o las creencias personales”. Incluso, tal y como explica la página web del Humanities Studio, “posverdad” fue seleccionada como la palabra del año del Diccionario de Oxford en el 2016. Ya en esa época era evidente el incremento significativo en el uso de esta táctica con fines políticos, particularmente en la campaña de Donald Trump. Por un lado porque Trump es brillante creando y utilizando mentiras de este tipo y, por el otro, porque también popularizó el término “fake news” o “noticias falsas” en su primera campaña presidencial para descalificar cualquier tipo de cobertura desfavorable para sus fines.
Obviamente mentir o decir medias verdades no es nada nuevo. Por ejemplo, mucha gente asume de manera errada que es lo que hacen todas las personas dedicadas a la política. Incluso la entrada de Wikipedia en inglés sobre las “fake news”, uno de los elementos clave de la posverdad, incluye una caricatura del 1894 refiriéndose al predominio de las noticias sensacionalistas en los periódicos de la época en EEUU. El mundo ha cambiado mucho desde entonces y los periódicos más establecidos pasan décadas cuidando su credibilidad y diferenciándose de los llamados tabloides o periódicos sensacionalistas.
Sin embargo, el mundo de la posverdad es un contexto totalmente nuevo. Un contexto que, como vi en las sesiones con las personas expertas en el tema que fueron a Pomona, mucha gente habíamos subestimado. Todas las actividades de esta serie fueron super interesantes pero la que más me sorprendió fue la conferencia del periodista y profesor de periodismo Jeff Sharlet. Sharlet es conocido por haber escrito el libro en el que se basa la miniserie documental “The Family” (La familia) sobre una poderosa organización cristiana de derecha y la forma indirecta en que interviene en la política estadounidense. (El documental está en Netflix y uno de los eventos con Sharlet ese fin de semana fue la presentación del documental seguida por una sesión de preguntas del público).
Lo que más me impresionó fue el análisis de Sharlet sobre lo que denominó “la era de Trump”. Planteó que el triunfo electoral de Trump no fue un hecho excepcional después del cual volveríamos a la normalidad como muchas personas queríamos pensar en ese momento. A juicio de Sharlet, ese primer triunfo marcó una nueva era y una nueva forma de hacer política en la que el uso de la posverdad es visto como una estrategia legítima. Nos contó, por ejemplo, de cuando asistía a los eventos de la campaña de Trump sin identificarse como periodista para poder tener contacto con las y los asistentes. (Decidió hacer eso porque la campaña de Trump colocaba a la prensa en un lugar aislado y lo más lejos posible del escenario para dificultar su trabajo).
Entrevistando a las y los seguidores de Trump directamente en vez de llevarse de los prejuicios que con frecuencia tenemos las personas liberales, Sharlet comprobó que es cierto que la gran mayoría no confía en la prensa tradicional (solo en la hiper conservadora red Fox News) y cree las teorías de la conspiración diseminadas por Trump y sus aliados. Pero Sharlet también fue uno de los primeros en entender que el vínculo entre Trump y quienes le siguen es más que nada emocional y no debe ser subestimado. Por eso cuando ven sucesos que ponen sus teorías de conspiración en entredicho, buscan otras formas de justificarlas. Sharlet puso el ejemplo del fanático de estas teorías que entró disparando a la pizzería en Washington en cuyo sótano supuestamente Hilary Clinton dirigía una red de tráfico de menores para “investigar por su cuenta” y resulta que la pizzería ni siquiera tiene sótano.
Este nuevo contexto de la posverdad es una de las razones que han llevado a la mayor polarización política tanto en EEUU, como en RD y otros países. Esta polarización es muy peligrosa para el sistema democrático porque cuando la gente que sigue diferentes partidos e ideologías se informa con fuentes totalmente distintas, es mucho más difícil (si no imposible) que lleguemos a algún tipo de acuerdo. Peor todavía, muchas de esas fuentes son “influencers” de las redes sociales que no tienen la obligación de verificar los hechos de los que hablan como sí ocurre con los periódicos y periodistas serios. Hace unos días vimos las peligrosas consecuencias que pueden tener este tipo de “informaciones” en nuestro país con la nueva ola de acusaciones a un grupo de periodistas ahora por supuestamente aceptar financiamiento de la USAID. Uno de estos influencers, el también periodista Johnny Arrendel, se retractó al darse cuenta de que sus acusaciones no eran ciertas pero el daño ya está hecho.
Como planteó el periodista y columnista en este mismo medio Tony Pérez, el deterioro en el debate público en nuestro país no es nuevo ni se remite solo a las redes sociales. Pero, como hija que soy de un periodista y amiga de varias y varios más, me parece importante reconocer las diferencias entre ambos tipos de medios. Como destacaba mi colega socióloga y también columnista de Acento Rosario Espinal: “El problema es que en las redes la información es altamente manipulada porque el interés fundamental no es informar, sino generar controversias y confrontaciones y, sobre todo, seguidores”.
De hecho, como también destacó Espinal, las consecuencias para los medios de prensa tradicionales como organizaciones también son distintas. Esto lo conversábamos en otro encuentro del Humanities Studio hace unos días con Christine Emba, una joven periodista que trabajó en el Washington Post y que ahora está en la revista especializada The Atlantic. Las publicaciones tradicionales como estas no solo tienen que ser más cuidadosas por el riesgo de enfrentar demandas legales sino que también tienen que invertir más recursos para confirmar la veracidad de lo que publican. Como planteaba Emba, las redes sociales han ayudado a democratizar la información y con eso aportan a la democracia. Pero las redes también son usadas para multiplicar la desinformación de manera exponencial y deliberada. Y los pocos mecanismos de auto regulación que habían empezado a desarrollar los gigantes tecnológicos que las controlan también se están perdiendo especialmente desde que Elon Musk comprara Twitter y más recientemente con el triunfo electoral de Trump. Al parecer, necesitamos aprender del momento histórico del que hablaba Orwell pero también necesitamos entender los cambios tecnológicos, económicos y sociales que nos han traído a esta época nueva de la posverdad.
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