El abuso no se impone solo por la fuerza. Se instala cuando deja de provocar rechazo. Cuando lo incorrecto se repite sin consecuencias y la conciencia aprende a convivir con ello. En ese punto ya no necesita defenderse: se normaliza. Incluso las formas más graves , el daño a los más vulnerables, a los que no tienen voz, como el abuso sexual que marca cuerpos, memorias y quedan atrapadas en ese mecanismo: se silencian, se relativizan, se posponen, como si el dolor pudiera esperar turno en la agenda del país.
En la República Dominicana el abuso no siempre entra por la puerta del escándalo. Muchas veces entra por la costumbre. Por el “eso siempre ha sido así”. Por el “no te metas en problemas”. Por la resignación aprendida. La costumbre del abuso no nace solo del poder: se alimenta del cansancio social, de la repetición y de la sensación de que protestar ya no cambia nada.
Así, poco a poco, lo incorrecto pierde su capacidad de escandalizar. El abuso deja de ser excepción y empieza a parecer una regla tácita del convivir. Se vuelve paisaje.
No ocurre de golpe. Ocurre por acumulación. Una promesa pública incumplida que se justifica. Un privilegio indebido que se normaliza. Una institución que funciona a medias. Una ley que existe solo en el papel. Y cuando alguien intenta señalarlo, la respuesta no es reflexión ni corrección, sino fastidio: “no exageres”, “eso pasa en todos lados”, “cuida tu paz”.
En ese proceso se desplaza el límite de lo tolerable. Lo que ayer parecía inaceptable hoy se explica, mañana se excusa y pasado mañana se defiende. El problema no es solo que el abuso continúe, sino que deja de llamarse abuso. Se vuelve “procedimiento”, “realismo”, “forma de resolver”.
La costumbre del abuso no necesita grandes villanos. Se sostiene con pequeños silencios. Con la renuncia a preguntar. Con la decisión de no mirar demasiado. Con la comodidad de pensar que otros se encargarán. Pero cuando todos esperan que otros reaccionen, nadie reacciona.
Y todo esto ocurre en un país que heredamos hermoso. Una isla generosa, luminosa, solidaria en su fondo humano, rica en cultura, en trabajo y en dignidad cotidiana. Un país que no fue hecho para el desaliento, sino para la convivencia. Sin embargo, lo estamos perdiendo no solo por los abusos, sino por acostumbrarnos a ellos. No por falta de amor, sino por fatiga moral, por dejar de cuidar lo que antes defendíamos casi sin pensarlo.
La memoria reciente lo confirma. Hemos atravesado crisis, reformas que prometieron orden y dejaron más confusión, instituciones intervenidas que no siempre sanaron, escándalos que ocuparon titulares y luego se disiparon sin consecuencias proporcionales. Vimos fortunas levantarse de la noche a la mañana mientras el salario real se encogía. Vimos jóvenes marchar, indignarse, volver a sus casas con la sensación de haber hablado fuerte y haber sido escuchados poco.
También vimos partir a miles. No por aventura, sino por cansancio. Gente formada que no se fue por falta de amor al país, sino por exceso de decepción. La migración reciente no es solo económica: es emocional y cívica.
Y no ocurre solo en los sectores empobrecidos. También en la clase media y en sectores altos nuestros hijos ya no imaginan su futuro aquí. Emigran. Nos visitan de vez en cuando, o viajamos nosotros a verlos, tratando de cerrar con abrazos una distancia que no es solo geográfica: es moral y social. Es el síntoma de una sociedad donde muchos sienten que cumplir no alcanza y que insistir cansa.
En ese trayecto el abuso cambió de forma. Ya no siempre gritó: se administró. Se volvió trámite, conexión, permiso, favor. Dejó de parecer violencia y empezó a parecer normalidad. Así la memoria colectiva aprendió a no asombrarse, a no preguntar demasiado, a no esperar demasiado.
Con el tiempo se erosiona algo más: la conciencia ciudadana. No desaparece; se adapta. Aprende a convivir con lo que antes rechazaba. Aprende a callar para no complicarse. Aprende a sobrevivir mejor, aunque eso implique aceptar lo que antes dolía. Se cambia dignidad por tranquilidad.
No es una falla moral individual. Es un fenómeno social. Cuando el abuso se repite sin consecuencias, nos educa. Enseña que reclamar tiene costo y que abusar no lo tiene. Enseña que cumplir es ingenuo y que “resolver” es inteligencia. Así se instala una pedagogía inversa donde el ejemplo visible no es el correcto, sino el eficaz.
La costumbre del abuso no necesita grandes villanos. Se sostiene con pequeños silencios. Con la renuncia a preguntar. Con la decisión de no mirar demasiado. Con la comodidad de pensar que otros se encargarán. Pero cuando todos esperan que otros reaccionen, nadie reacciona.
Un país no se degrada solo por grandes escándalos. Se erosiona cuando lo incorrecto deja de doler. Cuando el abuso ya no provoca rabia, sino cansancio. Cuando la frase “así es el país” se convierte en explicación suficiente y en excusa moral.
Romper la costumbre del abuso no es sencillo. Exige energía en tiempos de fatiga social. Memoria cuando el olvido parece más rentable. Incomodidad cuando adaptarse ofrece mejores dividendos. No es un gesto heroico: es una decisión cotidiana.
Porque el mayor triunfo del abuso no es imponerse.
Es lograr que parezca normal.
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