Con la llegada de Donald Trump al poder de los Estados Unidos y su proyecto MAGA (Make America Great Again, hacer a Estados Unidos grande de nuevo), el equilibrio mundial que se había establecido hace un tiempo entre las grandes potencias se ha roto. Puede pensarse que tal vez con la guerra de Rusia contra Ucrania o la guerra comercial con China ya este se había quebrado, pero el asunto es que Trump lo hace ver a través del despliegue de la fuerza militar norteamericana a lo largo del mundo. Vimos cómo actúa en Latinoamérica, sembrando zozobra en las aguas del Atlántico, atacando barcazas que son tildadas de transportadoras de droga, sin ton ni son; con el apresamiento del presidente Nicolás Maduro y su esposa en la misma Venezuela, entra allí como perro por su casa, sin pedir permiso a nadie, violando la soberanía de un país, y sale sin decir nada. Luego va a Nigeria, en África, y hace una serie de bombardeos contra unas milicias anticristianas sin preguntar a nadie y, me parece, sin pedir permiso. Y últimamente ataca a Irán y mata a su dirigente supremo y a parte de su familia, y el asunto se mantiene como si nada hubiese pasado.
El mundo del equilibrio de fuerzas que se instauró tras terminada la Segunda Guerra Mundial ha quedado atrás. De nuevo se cierne sobre el mundo la amenaza de una guerra nuclear, de la cual no se esperan ganadores, pues todos saldríamos perdiendo. Los gobiernos de derecha y ultraderecha se citan en el mundo y hacen coro alrededor de Trump, junto a sectores ideológicos contrarios a las reivindicaciones de grupos de izquierda y excluidos, al igual que ciertas corrientes religiosas dislocadas y absurdas que distan bastante del Dios de Jesucristo.
En esta situación, el miedo se vuelve a adueñar de la humanidad y comenzaremos a no vivir como Dios quiere, pues como hemos dicho en otros escritos: "el que vive con miedo no vive". Pero el mismo presidente estadounidense y otros correligionarios suyos de esto es que viven, y es lo que les ayuda a mantener su fuerza. Si bien es cierto que la primavera de izquierda democrática que el mundo vivió no hace mucho no cumplió con los objetivos previstos, pues en algún momento se corrompió y fue muy tímida a nivel de cambios estructurales, solo se dedicó a elementos que llamaríamos cosméticos de índole grupal. No se dirigió a una auténtica reforma de la vida del ser humano y estructural en todas sus vertientes, y se olvidó de una serie de dimensiones vitales del ser humano como la religión, perdiendo tiempo al entrar en contradicciones con ella.
El hecho es que el escenario está ahí. Pensábamos que con lo del 11 de septiembre de 2001, cuando los bárbaros, por así decirlo (grupos terroristas), logran penetrar el centro del imperio y causar desastres, el mundo había cambiado, pero no. Es ahora cuando se da el cambio, pues la incidencia imperial es hacia cualquier lugar y a través de su brazo poderoso: el poderío militar. En América Latina pensábamos que la doctrina Monroe era asunto del pasado, pero no. Hoy hemos vuelto a ser el patio trasero de Estados Unidos, donde esta nación y su presidente piensan que pueden hacer lo que quieran y cuando quieran, sin pedirle permiso a nadie, y así lo prolongan para todo el mundo.
El mundo en que vivimos, ante esta situación, no es el mismo y no sabemos todavía las demás consecuencias que de esto puedan desprenderse. Por lo pronto, sentimos los primeros efectos y nos adentramos en un tiempo de incertidumbre, donde nos acogemos a la providencia divina y que ella nos acompañe.
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