Pero las grandes obras públicas adquieren verdadero significado cuando dejan de ser cifras y comienzan a transformar la vida cotidiana. Detrás de cada pasajero hay un trabajador que necesita llegar temprano a su empleo, una estudiante que procura ahorrar tiempo, una madre que lleva a sus hijos, un pequeño comerciante y miles de personas que durante años han tenido que enfrentar largas horas de desplazamiento y elevados costos para movilizarse.
El mejor indicador de que la integración funciona está en los propios usuarios. Desde la entrada en operación de la Línea 2C, el Teleférico de Los Alcarrizos pasó de transportar alrededor de 4,000 pasajeros diarios a unos 13,000. La proyección oficial apunta incluso a superar los 20,000 usuarios cada día. Esto demuestra que cuando los distintos medios de transporte se conectan adecuadamente, no compiten entre sí: se complementan y multiplican su utilidad.
La discusión, por tanto, no debería limitarse a cuánto cuesta construir un Metro, un Teleférico o cualquier otro sistema de transporte masivo. También debemos preguntarnos cuánto le cuesta a una familia vivir en una ciudad donde trasladarse consume horas, dinero, combustible y energía. Cada minuto que un ciudadano recupera para trabajar, estudiar, descansar o compartir con su familia también tiene un valor económico y, sobre todo, humano.
República Dominicana ha comenzado a entender que el crecimiento urbano exige una nueva visión de movilidad. La expansión del Metro y los teleféricos, junto con el Monorriel de Santiago y otros proyectos, proyecta llevar la red integrada de transporte masivo hasta unos 73 kilómetros antes de finalizar 2028. El desafío será garantizar que esa expansión esté acompañada de eficiencia, mantenimiento, seguridad, accesibilidad y una verdadera integración entre las diferentes modalidades.
No se trata de afirmar que el Metro resolverá por sí solo el problema del transporte dominicano. Sería una conclusión simplista. El país necesita seguir mejorando sus calles, reorganizando rutas, fortaleciendo el transporte colectivo y promoviendo una cultura ciudadana que haga posible convivir con sistemas modernos de movilidad. Pero tampoco podemos desconocer lo que significa para miles de dominicanos tener una alternativa rápida, segura y predecible para desplazarse.
La Línea 2C deja una lección que merece ser asumida como política de Estado: una ciudad que crece necesita mover a su gente con dignidad y eficiencia. República Dominicana debe continuar apostando a la masificación del transporte público, no solamente porque descongestiona las calles, sino porque reduce desigualdades y devuelve tiempo a quienes más lo necesitan. Al final, una obra de transporte no se mide únicamente por sus kilómetros, estaciones o millones invertidos, sino por la cantidad de vidas que consigue hacer un poco más fáciles.
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