Cuando una persona padece de neumonía, lo lógico es que busque a un neumólogo. No porque el médico general no tenga valor, sino porque entiende que hay problemas que requieren experiencia, conocimiento y años de estudio.

Imaginemos este escenario: aparece alguien que no tiene experiencia comprobada en pulmones, habla con ciertos códigos verbales de moda, posee miles de seguidores en redes sociales y asegura poder resolver el pecho apretao’ que nadie ha podido eliminar. Entonces surge la pregunta: ¿a quién acudimos? ¿Al especialista que lleva años estudiando el problema o al que promete una solución rápida con una cámara, un micrófono y un ejército de seguidores?

Bajo un relato similar nace el “outsider”.

La balanza del especialista comienza a ser más pesada, cargando con una mayor responsabilidad: explicar procesos, pedir paciencia, analizar pruebas, descartar posibilidades y reconocer que la ciencia, como la vida misma, no siempre tiene respuestas inmediatas. El paciente espera, se desespera, cambia de médico, busca una segunda opinión y, en ocasiones, termina saltando de una solución a otra. Algunas veces mejora un poco; otras, empeora.

Y es precisamente en ese cansancio colectivo donde aparece el mago.

Con una capa brillante, humo por doquier y una sonrisa de espectáculo, abre la caja y dice: “Si quiere eliminar para siempre el pecho apretao’, venga donde mí”. No necesita explicar mucho el proceso; necesita simplemente convencer. No vende necesariamente conocimiento, vende certeza.

El fenómeno del outsider nace muchas veces de una mezcla peligrosa: el agotamiento de la gente con los procesos lentos, la frustración ante instituciones que no siempre comunican bien y una época donde la visibilidad parece competir con la preparación. El algoritmo premia la seguridad con la que alguien afirma algo, aunque la realidad sea mucho más compleja.

En este tema confluye también el choque generacional. Pasamos de una cultura que confiaba en los procesos, en la experiencia acumulada y en la construcción paciente de soluciones, a una época dominada por la inmediatez y lo práctico: aquello que promete resultados rápidos, aunque para lograrlo tenga que saltarse algunos pasos.

Otro elemento en esta historia que pocas veces se observa: el monstruo que viene de afuera e incentiva el fuego.

Un monstruo que no necesita entrar destruyendo puertas; le basta con encontrar ventanas abiertas. Observa las frustraciones, identifica las grietas, entiende los cansancios acumulados y aprende dónde tocar para que una sociedad comience a desconfiar de aquello que antes consideraba una referencia.

No siempre crea el problema, muchas veces simplemente alimenta narrativas, fortalece figuras, amplifica mensajes y convierte el desencanto en una oportunidad. Su interés no necesariamente está en construir un mejor sistema, sino en garantizar que el tablero permanezca acomodado de una manera conveniente para sus propios intereses.

Así nos va en el mundo de la geopolítica, donde los vacíos de poder rara vez quedan abandonados. Cuando una sociedad pierde confianza en sus instituciones o en sus especialistas, alguien más observa la oportunidad. Y como en cualquier partida de ajedrez, cada jugador mueve sus piezas buscando ventaja: unos defienden sus ideales; otros protegen sus intereses.

Sin embargo, los magos también enfrentan un problema que rara vez aparece durante el espectáculo: gobernar no es lo mismo que prometer.

Mientras dura la función, los aplausos suelen ocultar las limitaciones. Pero cuando las soluciones simples chocan con los problemas complejos, la realidad comienza a pasar factura. Entonces aparecen las contradicciones, las improvisaciones y, en algunos casos, las incapacidades que antes quedaban escondidas detrás del carisma.

Es ahí cuando una parte importante de la sociedad empieza a expresar su inconformidad. Las protestas, las desaprobaciones y el desencanto dejan de ser episodios aislados para convertirse en señales de que el truco ya no está produciendo el mismo asombro. Sin embargo, para muchos seguidores, admitir que el mago no tenía los poderes prometidos resulta más difícil que seguir creyendo en el espectáculo.

El problema no es que aparezcan nuevos actores. La historia está llena de personas que desafiaron lo establecido y lograron transformar el mundo. Tampoco es un pecado cuestionar a los especialistas cuando estos dejan de ofrecer respuestas convincentes o parecen haberse desconectado de la realidad que dicen comprender.

El verdadero riesgo aparece cuando confundimos rebeldía con preparación, popularidad con autoridad y velocidad con dirección. Cuando el cansancio nos lleva a valorar más la promesa que la evidencia, el espectáculo que el conocimiento o la certeza que la prudencia.

Porque los outsiders no solo gobiernan; también inspiran imitadores. Cuando uno de ellos logra alcanzar el escenario principal, se convierte en un espejismo para otros. Desde lejos parece haber encontrado una fórmula mágica para vencer a los especialistas, romper las reglas del juego y conquistar el poder mediante el pragmatismo puro.

Entonces aparecen nuevos aspirantes que compran la misma capa, ensayan los mismos gestos y repiten el mismo libreto. Aspiran a reproducir el éxito visible sin comprender necesariamente las circunstancias que lo hicieron posible.

Ven el aplauso, pero no el costo; observan la llegada, pero no el destino.

José Rafael Vargas C. (hijo)

Tecnología

Formado enel Instituto Tecnológico Las Américas (ITLA), Culminó la carrera de Publicidad en la Universidad APEC. Post Grado en Comunicación Corporativa la Universidad de Barcelona. Desde el 2004 trabaja en el Banco Central.

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