En 1928 las milicias cristeras se hallaban en su mejor momento y no eran pocos los que confiaban en la posibilidad de una victoria. Sin embargo, una milicia triunfante de campesinos y gente pobre y poco instruida no inspiraba confianza ni siquiera entre los mismos altos miembros de la iglesia que los habían incentivados a levantarse, y al final serían traicionados.

La mayoría de los jerarcas eclesiásticos se habían distanciado formalmente del movimiento, pero aprovechaban la coyuntura para negociar con el gobierno un acuerdo que les permitiera recuperar, en la medida de lo posible, los privilegios que les habían sido arrebatados.

En ese mismo año de 1928 terminaba el gobierno de Plutarco Elias Calles. Lo sucedió en el cargo, por unos pocos días, el conflictivo Álvaro Obregón, que se hizo elegir por segunda vez. Obregón era el presidente cuando se produjo el atentado contra la Virgen de Guadalupe y las malas lenguas se lo atribuían, o por lo menos a su gobierno. Obregón era un tipo bragado, un general que había ganado todas sus batallas, había perdido un brazo en un enfrentamiento contra las tropas de Pancho Villa y había sobrevivido a varios atentados, pero no sobreviviría a su segunda presidencia, o quizás más bien al atentado contra la Virgen de Guadalupe.

El día 1 de diciembre, apenas dos semanas después de haber sido elegido, mientras comía y libaba plácidamente en el restaurante La Bombilla de Ciudad México, fue acribillado por la espalda por un fanático religioso llamado José de León Toral. El crimen parecía sin duda de inspiración religiosa. La llamada madre Conchita, una monja capuchina, fue acusada de ser la autora intelectual. José de León Toral fue torturado y fusilado sin juicio, y la madre Conchita condenada a veinte años en la tenebrosa prisión de Islas Marías, donde contrajo matrimonio con un recluso.

Muchas cosas, sin embargo, en relación a la muerte de Obregón, no quedaron claras. Años después se revelarían en la autopsia flagrantes irregularidades. Balas de diferente calibre probaban la participación de otros tiradores, daban pie a una conspiración. Obregón pudo ser víctima de los cristeros o de facciones antirreeleccionistas y hasta de partidarios de Plutarco Elías Calle. La madre Conchita y el fanático religioso pueden haber sido chivos expiatorios… En fin, uno de esos enrevesados enigmas de la historia.

Como sucesor de Álvaro Obregón fue nombrado presidente interino Emilio Portes Gil, un hábil conciliador de origen dominicano que contó con el apoyo del expresidente Calles y dio inicio a unos llamados arreglos de paz, unas negociaciones en las que no estaban representados los cristeros. Había representantes del gobierno, del Vaticano, de la iglesia católica mexicana y de la de Estados Unidos. El gran mediador, el árbitro, era Dwight W. Morrow, flamante embajador estadounidense. Uno que consideraba los cristeros como puros bandidos y también les temía. El presidente calles tuvo siempre su apoyo. De hecho, soldados estadunidenses atacaron alguna vez un tren lleno de soldados cristeros. En las negociaciones, pues, se dieron prisa porque les temían.

Tras los acuerdo de paz, una paz impuesta, una traición a los cristeros, se produjo una desmovilización forzosa, el desarme de los combatientes, que serían abandonados a su suerte, abandonados por la jerarquía eclesiástica.

El gobierno, sin embargo, no cedió ante la iglesia. Los acuerdos permitieron la reanudación del culto, la reapertura de templos, pero no derogaron las leyes anticlericales, la actividad eclesiástica quedaría sujeta al mandato de la constitución.

La traición se había consumado, la verdadera traición, los llamados «Arreglos» de junio de 1929. El conciliábulo de la jerarquía eclesiástica y el Vaticano, los Estados Unidos y el gobierno de Emilio Portes Gil a espaldas de los cristeros.

Se sacrificó así nomás a los combatientes, al movimiento armado, se ignoraron sus justas demandas, se los abandonó a su propia miserable suerte, se los abandonó a la muerte, desarmados, desamparados y desprotegidos frente a la represión gubernamental.

Así la cuenta Rulfo esta traición, igual que como se la contó a un amigo en un café:

Juan Rulfo habla de la cristiada

En junio de 1929, los cristeros tenían la impresión de que estaban a punto de ganar, así que cuando llegó la noticia de los arreglos, a fines de junio o principios de julio, se sintieron defraudados. A un país arruinado por tres años de terrible guerra, a la dificultad de encontrar trabajo y a una readaptación a todas luces difícil —volver a la vida normal— se añadió, para muchos, el peligro real de ser asesinados. Unos pocos formaron unas gavillas de bandoleros, al estilo Pedro Zamora, por rencor, por la inercia de la costumbre adquirida y por la falta de trabajo; otros, más numerosos, volvieron a levantarse en armas.

A la hora de los arreglos los cristeros tuvieron la oportunidad de presentarse a las autoridades militares para recibir un salvoconducto; a cambio tenían que entregar el caballo y el rifle, instrumentos de guerra, contra diez pesos que se les ofrecían para regresar a casa, en un estado mucho peor que en 1926, con una mano adelante y otra atrás. Las cosas se pusieron color de hormiga para ellos, porque los arreglos fueron a medias y a ellos los hicieron a un lado, abandonados completamente a su propia suerte.

Algunos generales federales se portaron bien, muy bien, como Charis, Cedillo y Figueroa. Charis en Colima y en el sur de Jalisco; Andrés Figueroa tan bien que le mandó al jefe cristero de San Gabriel [el pueblo de Juan Rulfo] una larga carta por conducto de la señora Amalia Díaz, ofreciéndole todo su apoyo, facilidades y garantías, para él y sus hombres.

En julio, el general Charis recibió con honores, en Comala, a las importantes fuerzas cristeras del general Salazar, con todo y escenas de fraternización. El general cristero Manuel Michel, persona honorablemente conocida por mi familia, excelente y honesto administrador de hacienda antes de la Cristiada, se puso de acuerdo con la Federación para presentar su tropa y hacer entrega de sus armas, en San Gabriel. Pidió que fuese en viernes, porque quería rendir sus armas al Señor de Amula en su día. Pero la mayoría de sus soldados no quisieron amnistiarse, “amistar” decían ellos, y no querían ninguna amistad con el Gobierno; mucho menos rendir armas y caballos contra un pedazo de papel y unos pesos que no les servirían de nada. Se reservaban así la posibilidad de empuñar las armas de nuevo.

Como si supieran lo que iba a pasar. Parece que Charis le dijo a Salazar: “Váyase muy lejos… aquí lo matarían pronto. No nosotros los federales; de nosotros no tienen nada que temer, pero estos politiquillos locales no los perdonarán.” Y el odio entre cristeros y agraristas era muy grande y los agraristas buscaron venganza. Y así redobló el odio entre agraristas y los que no habían recibido, o más bien que no habían querido recibir, la tierra del Gobierno. El odio contra el agrarista, “el agrio”, “el agarrista”, “el gorrión”, amigo y protegido, y por lo tanto, sirviente del Gobierno. Con el reparto agrario los pueblos se quedaron sin carpinteros, ni albañiles, ni panaderos: el pan se volvió muy malo. Curioso fenómeno aquel de la destrucción de los oficios, de las artesanías por el agrarismo. Dieron la tierra a los artesanos porque muchos campesinos no la querían recibir de esa manera. Esos beneficiados eran pésimos agricultores —no era su culpa, no era su oficio— y muchos se fueron de braceros al norte o a Guadalajara y rentaron su parcela. Antes de la Cristiada en cada pueblo había un peluquero, uno o dos herreros, un zapatero, un panadero, un carpintero, varios albañiles, tejedores de sarapes, curtidores. Hoy cada quien se las arregla en familia. Es un fenómeno de todo el Occidente de México, no sólo de mi sur de Jalisco; se dio y se sigue dando un fenómeno de concentración urbana selectiva. Los primeros en salir de los pueblos fueron los obrajeros. Las pieles se venden hoy “en crudío”, ya que no hay quien las trabaje. La novedad, a consecuencia de lo mismo, fueron las cantinas y los billares; antes, uno compraba el alcohol en las tiendas, no había ni cerveza, ni refrescos.

(Juan Rulfo habla de la cristiada | Letras Libres
Por Jean Meyer Fuente: Letras Libres, https://share.google/dEOWlUHibO1rYYGJe)

Pedro Conde Sturla

Escritor y maestro

Profesor meritísimo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), publicista a regañadientes, crítico literario y escritor satírico, autor, entre cosas, de ‘Los Cocodrilos’ y ‘Los cuentos negros’, y de la novela histórica ‘Uno de esos días de abril.

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