Quizás Cabo Verde nos parezca un nombre lejano. Pero San Felipe, David, Georges y María no lo son. Todos ocupan un lugar en la historia del Caribe y en la memoria de generaciones que aprendieron a reconocerlos por los daños que dejaron. También tienen algo en común: fueron huracanes caboverdianos.

La denominación no significa que nacieran sobre aquellas islas. Así se conoce a los ciclones que surgen de ondas tropicales procedentes de África y comienzan a organizarse cerca o al oeste del archipiélago. Desde allí encuentran miles de kilómetros de aguas cálidas donde pueden fortalecerse antes de llegar al Caribe o desviarse hacia otras zonas del Atlántico.

San Felipe cruzó Puerto Rico en 1928. David devastó República Dominicana en 1979. Georges atravesó Puerto Rico de este a oeste en septiembre de 1998 y golpeó territorio dominicano al día siguiente. María convirtió en 2017 un fenómeno atmosférico en una fecha que todavía divide la memoria puertorriqueña entre lo que existía antes y lo que quedó después.

Hace apenas unas semanas, el Mundial nos hizo localizar nuevamente a Cabo Verde en el mapa, aunque por una razón muy distinta. Su selección, debutante en el torneo, desafió a Argentina y la obligó a disputar tiempo extra antes de caer 3-2. Para muchos espectadores, aquel partido fue el primer encuentro consciente con un país cuyo nombre llevábamos años escuchando durante cada temporada de huracanes.

Ahora el mapa meteorológico vuelve a colocar el archipiélago ante nosotros. Una onda tropical avanza por el Atlántico central en dirección al Caribe, mientras otra comienza a ser observada más cerca de la costa africana. Tal vez sea una buena ocasión para conocer algo más de ese país que aparece por momentos en nuestras conversaciones y luego vuelve a perderse en la inmensidad del océano.

Cabo Verde está formado por diez islas volcánicas situadas frente a la costa occidental de África, a unos 600 kilómetros de Senegal. Fue colonia portuguesa hasta 1975 y tiene poco más de medio millón de habitantes, aunque su diáspora se extiende por Europa, África y las Américas. De la mezcla de raíces africanas y portuguesas surgieron una lengua criolla, una identidad propia y expresiones culturales como la morna, que Cesária Évora llevó por el mundo.

Antes de los mapas meteorológicos y de los campeonatos de fútbol, Cabo Verde y el Caribe ya compartían un mismo océano.

Durante los primeros siglos de la expansión europea por el Atlántico, la isla de Santiago y su puerto de Ribeira Grande, hoy Cidade Velha, se convirtieron en un importante centro portugués para el embarque de africanos esclavizados hacia las Américas. Muchos procedían de la costa occidental africana y eran trasladados al archipiélago antes de continuar hacia destinos como La Española y otros territorios del Caribe español.

Cidade Velha conserva las huellas de ese pasado. Reconocida por la UNESCO como uno de los primeros espacios donde surgió una sociedad criolla, mantiene todavía el antiguo pelourinho, la columna junto a la cual se castigaba y exhibía a seres humanos convertidos en mercancía.

Antes de que las ondas tropicales atravesaran nuestros mapas, otras rutas habían unido Cabo Verde con el Caribe. Por aquellas aguas circularon barcos, mercancías, imperios y personas arrancadas de África. El océano que parece separarnos también guarda una historia compartida.

Cesária Évora cantaba a la sodade, una palabra criolla emparentada con la portuguesa saudade que intenta nombrar la nostalgia y la ausencia. En su canción más conocida preguntaba quién había mostrado aquel camino distante. La frase resume el sentimiento de un país marcado por las partidas, la emigración y la mirada permanente hacia el mar.

Las ondas tropicales tampoco tienen un destino garantizado. Algunas se desorganizan sobre el Atlántico. Otras encuentran condiciones favorables, reciben un nombre y terminan incorporándose a la memoria de países situados a miles de kilómetros.

Después de pensar por unos minutos en Cabo Verde y en sus antiguos vínculos con el Caribe, volveremos inevitablemente al informe meteorológico más reciente. Querremos saber si aumentaron las probabilidades de desarrollo y, sobre todo, si alguna de aquellas ondas pasará por nuestras tierras.

La respuesta, por ahora, se parece al título del viejo bolero de Osvaldo Farrés: quizás, quizás, quizás.

Pedro Tocuyo

Pedro José Tocuyo es periodista, publicista y estratega en comunicación. Colabora con organizaciones de la industria turística en proyectos de comunicación y mercadeo, experiencia que enriquece su mirada como columnista de política, economía, sociedad y tecnología en medios internacionales.

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