“El trabajo dignifica al hombre”, suelo repetirlo con convicción. Pero, ¿qué ocurre cuando el trabajo no dignifica, sino que humilla, desgasta y enferma?

He dedicado gran parte de mi vida a estudiar, enseñar y acompañar a organizaciones y personas en sus procesos de desarrollo. Desde joven, Dios me dio la oportunidad —y la responsabilidad— de liderar equipos humanos diversos: grandes y pequeños, en el sector público y privado, en entornos académicos y organizacionales. Quienes me conocen saben que trabajar con personas ha sido siempre una de mis grandes pasiones, y también, una de mis más grandes fuentes de aprendizaje. Desde la gestión, la docencia y la asesoría empresarial, he observado cómo el liderazgo, la cultura organizacional y la calidad del clima laboral afectan no solo los resultados de una empresa, sino también la salud, el ánimo y hasta el futuro de quienes allí trabajan.

Bajando del aula de clases, el pasado lunes en la noche una estudiante se me acercó, para que le ayudara en cómo manejar una situación que estaba pasando fue tanto lo que me impactó que me motivó a escribir estas líneas. Con humildad confieso que he sido afortunado: en la mayoría de los casos me he encontrado con ambientes de trabajo enriquecedores, donde he podido crecer y aportar. Pero también tuve mis excepciones. En mis inicios del mercado laboral formal tuve que lidiar con algunos superiores jerárquicos y con compañeros tóxicos que hicieron de la jornada diaria un peso insoportable. En aquel entonces no tenía el lenguaje para nombrarlo, solo sabía que me dolía, que me agotaba, que me enfermaba. Incluso mi madre, mi querida vieja Juaquina, sufría conmigo esa carga invisible. Superé aquella etapa con esfuerzo y fe, y entendí con el tiempo que no era yo el que estaba mal, sino el entorno que me rodeaba. Esa experiencia me preparó para no dejar que la oscuridad ajena interfiriera con mi felicidad, que es, al final, la esencia de la vida. Hoy sé que, con la conciencia y las herramientas que tengo, no me habría afectado de la misma forma.

Por eso escribo estas líneas: porque sé que muchos atraviesan situaciones similares en silencio, con la sensación de estar solos, sin entender del todo qué les sucede y sin saber qué hacer.

El acoso laboral no siempre se manifiesta con gritos o insultos. A menudo toma formas más sutiles, afables o cortes, pero igual de hirientes: la desvalorización constante, la indiferencia, la manipulación emocional, la exclusión, el sabotaje, el desprecio silencioso. Personas que disfrutan minimizarte y “calentarte”, como decimos en nuestro argot popular. Lo más difícil es que esto puede darse incluso en instituciones modernas, con discursos innovadores y políticas de buenas prácticas. Porque, como reza el refrán, “hay de todo en la viña del Señor”.

No se trata de un problema menor ni aislado. La Organización Mundial de la Salud estima que el 15 % de los adultos en edad productiva padece algún trastorno mental, muchos de ellos originados o agravados por el entorno laboral. La Organización Internacional del Trabajo advierte que dos de cada diez trabajadores en América Latina han sufrido acoso psicológico en sus empleos. Las consecuencias son claras: empresas con climas tóxicos pierden hasta un 30 % de productividad, mientras aumentan el ausentismo, los errores y la rotación de personal. No es una exageración ni una moda pasajera. Es una realidad que hiere a miles de personas todos los días.

¿Qué hacer frente a este flagelo? Lo primero es nombrar el problema. He observado que no se trata de debilidad, ni de inmadurez, tampoco falta de carácter. Es violencia psicológica en el trabajo, lo que algunos llaman mobbing laboral (ya sea entre compañeros de un mismo nivel, o con superiores o subordinados), y tiene consecuencias reales. Reconocer que no estamos solos, también ayuda a otros que lo han vivido y muchos lo han superado, y a veces basta con hablarlo, como lo hizo esa estudiante conmigo, para comenzar a aliviar la carga. En ocasiones es posible actuar: una conversación clara, un reclamo justo o incluso una denuncia formal puede marcar la diferencia. No siempre es viable, pero cuando lo es, vale la pena.

También hay quienes no pueden salir de inmediato de un entorno nocivo, porque necesitan el trabajo, porque tienen responsabilidades, porque aún no aparece otra opción. Para ellos, mi invitación es clara: cuiden su paz espiritual con el mismo celo con que cuidan su empleo. Protejan su salud mental, pongan límites donde puedan, no personalicen lo que no es personal. Recuerden quiénes son fuera del horario laboral y refúgiense en lo que da fuerza: la fe, la familia, la vocación, los sueños. Resistir no significa resignarse, significa mantenerse de pie hasta que las condiciones en ese entorno cambien o llegue la oportunidad de partir. Y esa oportunidad, tarde o temprano, llega. Siempre y cuando continúes superándote profesional y personalmente.

A quienes ocupan posiciones de liderazgo, solo una exhortación: sean parte de la solución. El liderazgo verdadero no se mide solo por los resultados financieros, sino también, por el bienestar que deja en quienes nos acompañan. Una autoridad bien ejercida construye; una maltratadora destruye incluso lo que parece exitoso.

Si eres alguien de los que están atrapado en un ambiente laboral que lastima, me gustaría que escuches este mensaje: no es tu culpa. No te cargues con los problemas internos que traen en sí mismo quien te acosa. No estás solo. He aprendido que no todos los trabajos son así. Existen ambientes donde el respeto y la dignidad son parte esencial de la jornada. Tu valor no se reduce a un cargo ni a un salario. Mereces paz, mereces un espacio que te permita crecer, no uno que te disminuya o te lastime.

Y sí, reconozco que minimizar el maltrato es una responsabilidad primaria de las organizaciones y de sus líderes. Pero si ellos fallan, nos corresponde a nosotros protegernos, sin dejar de mirarnos hacia adentro y reconocer también nuestras propias áreas de mejora. Resiste mientras sea necesario, pero nunca te resignes. No apagues tu luz para caber en la sombra de otros. Mantente en formación, cuida tu salud, permanece alerta. Y cuando llegue el momento —porque la experiencia me ha enseñado que llegará— elige un lugar donde puedas ser tú mismo, sin miedo.

Si puedes, ayuda también a otros en el camino. Convierte tu dolor en sabiduría compartida, porque esa es una de las misiones más altas del liderazgo humano. Donde quiera que estés, recuerda lo que una vez leí y nunca olvidé: nadie puede hacerte infeliz sin tu consentimiento. Y como enseña aquella canción que escuchamos muchos en nuestras adolescencias, pero que hoy repito a diario en mi entorno familiar y de relacionados, titulada “Desiderata”: En cualquier circunstancia, *esfuérzate por ser feliz*.

Alexi Martínez Olivo

aleximartinezo@gmail.com

*Alexi Martínez Olivo* es docente universitario de grado y postgrado en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Es licenciado en Administración de Empresas. Con maestría en Administración de Empresas en la UASD, una maestría en Gestión Universitaria en la Universidad Alcalá de Henares, España. Especialidad en Desarrollo Organizacional, y especialista en Gestión Humana, y finanzas entre otras. Es conferencista, articulista y ha sido Decano, Vicedecano y director de la escuela de Administración en la UASD, asesor empresarial y directivo en diferentes instituciones públicas. aleximartinezo@gmail.com

Alexi Martínez Olivo

Catedrático universitario. Administrador

Alexi Martínez Olivo* es docente universitario de grado y postgrado en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Es licenciado en Administración de Empresas. Con maestría en Administración de Empresas en la UASD, una maestría en Gestión Universitaria en la Universidad Alcalá de Henares, España. Especialidad en Desarrollo Organizacional, y especialista en Gestión Humana, y finanzas entre otras. Es conferencista, articulista y ha sido Decano, Vicedecano y director de la escuela de Administración en la UASD, asesor empresarial y directivo en diferentes instituciones públicas. aleximartinezo@gmail.com

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