Para encontrar un paralelo en el mundo desarrollado al espectáculo que el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, ha decidido montar con la ejecución de Nidal Hasan —autor de una masacre en una base militar en 2009—, hay que retroceder a finales del siglo XIX, momento en el que la guillotina o la horca eran verdaderos espectáculos de diversión popular que atraían a grandes muchedumbres y que luego pasaban a ser fuentes de inspiración para obras teatrales en recintos especializados en representar el horror.

En París, el más famoso de estos teatros fue el Grand-Guignol, situado al final del callejón sin salida Chaptal, en el distrito 9, que operó de 1897 a 1962. Allí se hacía la reproducción hiperrealista de diversos hechos sangrientos y aterradores que alimentaban el morbo de los espectadores. Con el tiempo, el nombre de Grand-Guignol se convirtió en el adjetivo general grand-guignolesque, que sirve para designar una «estética» del horror visual.

Hegseth, antiguo comentarista político de la ultraderechista cadena Fox News, ferviente evangelista de tendencia fundamentalista y pieza clave del trumpismo, ha decidido hacer retroceder a Estados Unidos a aquellos lejanos días en que la tortura se erigía en espectáculo.

«Nidal Hasan será ejecutado por un pelotón de fusilamiento, como debe ser, y nos aseguraremos de que la gente pueda presenciarlo, que sea público», ha sentenciado Hegseth, pese a que hace ya casi un siglo que existe en ese país una prohibición legal para las ejecuciones públicas. La última fue la de Rainey Bethea, en Kentucky, en 1939.

Al triste galardón de ser el único país del Occidente democrático donde existe todavía la pena de muerte («signe spécial et éternel de la barbarie», como dijo el célebre Victor Hugo), Hegseth le suma ahora a Estados Unidos el retorno de la ejecución pública.

En reacción a esta decisión, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas recuerda a las autoridades estadounidenses que las ejecuciones públicas constituyen una pena cruel, inhumana y degradante.

Es una inmoralidad convertir semejante escena de horror en un espectáculo.

¿Con qué moral cuestionar las ejecuciones públicas en Irán y Afganistán? ¿Con qué derecho invadirlos o agredirlos en nombre de una supuesta defensa de los derechos humanos? Cuando los pasos no siguen a las palabras, es mejor tragárselas.

Carlos Segura

Sociólogo

Master en sociología, Université du Québec à Montréal, estudios doctorales, Université de Montréal. Ha publicado decenas de artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras, sobre inmigración, identidad y relaciones interétnicas. Es coautor de tres obras sociológicas, La nueva inmigración haitiana, 2001, Una isla para dos, 2002 y Hacia una nueva visión de la frontera y de las relaciones fronterizas, 2002. También es autor de tres obras literarias, Una vida en tiempos revueltos (autobiografía) 2018, Cuentos pueblerinos, 2020 y El retorno generacional (novela), 2023.

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