“Los poderosos siempre hablan de orden, pero el orden que defienden es el que los mantiene en el poder.”— Noam Chomsky.

Durante décadas, Davos ha sido la repetición ritual de una liturgia cómoda. No es la razón, sino las emociones y los intereses, lo que suele invocar el orden basado en reglas como si se tratara de un clima estable, de un estado de cosas permanente y casi mágico que protege a todos por igual. Esta semana, sin embargo, la liturgia quedó al descubierto, no porque el mundo haya cambiado de golpe, sino porque quienes decían custodiar la ficción decidieron hablar sin tapujos, sin el barniz diplomático que la hacía tolerable. Donald Trump trató a aliados y socios con la misma vara que cualquier acreedor endiabladamente molesto, dejando claro que, cuando el poder rector se impacienta, las reglas se convierten en un accesorio prescindible.

Mark Carney, primer ministro canadiense, respondió como si ya no quedara espacio para la cortesía ni para las poses que durante años encubrieron la asimetría. Al contestar a su aliado tradicional y, en muchos sentidos, antiguo tutor estratégico, afirmó que Canadá no vive gracias a nadie, sino que prospera simplemente porque es canadiense. En esa frase hay mucho más que orgullo nacional. Esconde un diagnóstico sobre el tipo de sistema que se está deshilachando. En realidad, ya no se trata de un orden que se agrieta en silencio, sino ante uno que se fractura a la vista de todos.

Estamos cerca de profesar una sincera admiración por Carney, y lo afirmamos con absoluta franqueza. Reconoció algo que en el Norte Global suele admitirse en privado y negarse en público. El orden basado en reglas, tan elocuentemente proclamado desde sus cimientos, fue siempre parcialmente falso. La promesa de reglas universales convivió con la excepción permanente del poderoso, el comercio asimétrico y la justicia selectiva, incluso dentro del propio sistema que decía encarnarla.

Esa incoherencia fue servilmente aceptada porque el centro de la hegemonía, Estados Unidos, proveía bienes públicos que lubricaban el funcionamiento del sistema, como son, seguridad marítima, estabilidad financiera, paraguas militar y arbitraje de disputas. La contradicción resultaba digerible mientras el hegemón conservara el papel de árbitro, aun cuando ese árbitro nunca dejó de jugar a favor de sus propios intereses.

 Lo nuevo ya no es la hipocresía ni el abandono de discursos altisonantes en contradicción con los hechos. Cuando Trump afirma en Davos que Canadá vive gracias a Estados Unidos, va mucho más allá del insulto y la humillación. Al asumirse como benefactor y padre de una supuesta “patria global”, está declarando una doctrina. Las alianzas pasan a ser contabilidad, los sistemas de cooperación se reducen a facturas y la seguridad se convierte en un servicio que se paga con obediencia irrestricta o con recursos aviesamente reclamados.

A muchos lectores esto podría parecer una exageración, pero hay ecos inquietantes de épocas en las que el poder se concebía como derecho natural y la subordinación ajena como destino, una lógica que millones creyeron enterrada luego de la Segunda Guerra Mundial, la peor tragedia del siglo XX.

El caso de Groenlandia lo muestra con meridiana claridad. La mayor isla del mundo, territorio autónomo de un miembro de la OTAN, es tratada como pieza estratégica y reservorio de minerales. Los acuerdos propuestos se asemejan más a un contrato de extracción que a un pacto político entre iguales. Estamos ante un garante del sistema que dejó de fingir que actúa bajo normas compartidas y admite sin pudor que opera por interés desnudo, en busca del propio beneficio y de un dominio incuestionable.

¿No debería el resto aprender rápido la lección? ¿No logran advertir, desde su proverbial comodidad protegida, que el derecho se convierte en retórica de los débiles y que la regla pasa a ser apenas una sugerencia?

La ruptura no es solo discursiva. Está ocurriendo en las instituciones y en la economía. La retirada de Estados Unidos de la OMS envía un mensaje directo al multilateralismo: los bienes públicos se vuelven opcionales, incluso cuando la próxima crisis sanitaria es inevitable. A esto se suma la erosión de los mecanismos de arbitraje, la normalización del castigo arancelario como herramienta política y la cruda revelación en Davos y mucho antes de la dependencia estructural europea, que ya no puede seguir siendo administrada con frases solemnes sobre valores compartidos.

Los próximos años no apuntan a una vuelta a la normalidad, porque esa normalidad no era más que un equilibrio precario sostenido por un relato falso. Estamos asistiendo a la llegada tempestuosa de un minilateralismo transaccional. Se trata de  acuerdos pequeños, clubes de conveniencia y coaliciones por tema y por urgencia, en cada caso con un peaje cuya cuantía será definida por su importancia estratégica. El lenguaje será el de la resiliencia, pero la práctica será la de la coerción y las intervenciones militares directas. Las cadenas de suministro, la infraestructura financiera, los datos, la energía, los visados y hasta las vacunas funcionarán como palancas de poder en un mundo donde las reglas ya no protegen y la fuerza vuelve a marcar el límite de lo posible.

Julio Santana

Economista

Economista de formación, servidor público durante más de dos décadas, inquieto y polémico analista —no siempre complaciente— de los problemas nacionales e internacionales.

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