La concepción de la génesis de la humanidad ha pasado por muchos abordajes de grandes filósofos y especialistas. Y en este orden, han asumido explicar diversas teorías alrededor del tema y con ello, grandes enfoques del fin de la humanidad como centro de la naturaleza. Pero también, en búsqueda de respuestas, se contrasta con la interrogante de cómo surgió la especie humana y, en efecto, buscando esas respuestas, tampoco han faltado postulaciones místicas, gnósticas y, en especial, las de carácter científico.

No obstante, podemos asegurar que todavía, sobre este tema, con el tiempo se ha tejido una especie de nebulosa para precisar con criterio definitivo cuál es la teoría más aceptable, en razón de que la propia existencia de la humanidad ha sido rodeada de corrientes de pensamientos que orientan unas a la creación del mundo como obra de Dios, pero que, sin embargo, también ha habido otros lineamientos evolucionistas, lo que ha permitido codificar y situar la verdad científica en unas trampas conceptuales que, de fondo real, se reflejan como especies de enigmas. Y aun con todas estas teorizaciones se puede afirmar que existen dudas o código de creencias —tabúes— que cada día se complican más, precisamente por sus tipologías sociales y religiosas, y que se sostienen vivas en el llamado cuerpo social, de una forma o de otra, haciendo que se mantenga una diversidad de creencias enmarcadas entre estas variantes de ópticas y enfoques.

En primer lugar, partiendo desde la sustentación cristiana, el mundo se ha de acabar, y esto lo refuerzo cuando me detengo a leer el evangelio de Mateo, 24.32-35, que plantea: "Se oscurecerá el sol y no brillará más la luna; las estrellas caerán del cielo y los cuerpos celestes serán sacudidos". Por tanto, y partiendo de esta predicción y siguiendo el hilo de estos planteamientos, se me obliga a reflexionar sobre la existencia de ese tejido doctrinal del fin del mundo. Y en conexión con el tema, reflexiono y me pregunto: ¿y de dónde sacó Mateo esa precisión, que, siendo una simple sentencia subjetiva y poco científica desde la óptica de la investigación que se sustenta en elementos focales, tales como, entre otros, la comprobación, la certeza, la objetividad, la razón, lo sistemático y la demostración (…), que realmente el mundo se ha de acabar…? Y aunque no precisa en qué momento, ha mantenido en vilo a una gran parte de la humanidad con los dedos cruzados bajo el lema: ¡el fin del mundo se aproxima!

El fin de la especie humana: desde la óptica cristiana, científica y la mía propia

Imagen de Mateo (Fuente externa)

Bajo una estela de cuestionamiento, todo lo visto desde el inicio de este artículo nos exige, a seguidas, destacar la aproximación de esta admonición —advertencia— que se sintetiza en que esta premonición tiene fecha de haberse planteado por el propio Mateo —si hacemos el cálculo—, en el sentido de que, desde la óptica cristiana y, máxime, partiendo de las partes en que se sustenta la misma, tiene su marco literario y orienta a que "las partes más antiguas de la Biblia pueden datar de alrededor del año 1200 a. C. —Viejo Testamento—, mientras que el Nuevo Testamento se había formado en su mayor parte en el siglo IV d. C.", lo que implica que si Mateo fue uno de los discípulos de Jesús, en este último testamento canónico tendríamos que situar la prédica del fin del mundo —que no es más que el fin de las especies— desde la concepción de Mateo, y que tiene 1.700 años que fue predicha esa profecía…, todo lo cual no es más que una especie de fundamentación en la realidad de un apocalipsis, o sea, el último libro de la Biblia, en donde se describen visiones del fin del mundo que tuvo su autor, precisamente otros discípulos de Cristo, tales como Juan y también Pedro, partiendo de la misma advertencia del fin del mundo bajo esta manifestación como ira de Dios. En consecuencia, esas visiones hablan sobre una destrucción total del mundo tal y como lo conocemos; también las revelaciones, como último libro de este recorrido de la historia cristiana. Todo lo que el libro dice nos revela lo que sucederá en el final de los tiempos: sería pensar en una especie de holocausto de destrucción a gran escala. (Libro apocalipsis, de Juan UgoVanni-1982-diariodeavivamiento.worpress) y (14.1, y 3)

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Imagen a la horda del Apocalipsis (Tomada de fuente externa)

Después de este introito, debemos seguir hilvanando el tema abordado. Y a propósito, debemos empalmar la concepción cristiana sobre la desaparición de las especies y, lógico, la humana. Al respecto, el abordaje franco y objetivo nos reclama referir que, si de alguna manera empezaron las especies a formar parte de un cosmos, según mi criterio, habría que esperar que también de alguna manera terminen. Por ejemplo, al margen de Charles Darwin, con su teoría de la evolución, que pudo demostrar que la capacidad de adaptación de los individuos, motivada por la realidad del entorno al observar unos pájaros que absorbían el néctar de una planta de largas y estrechas flores a través de su largo y estrecho pico, podrían sobrevivir más y traspasar sus características físicas a las generaciones venideras, y esto lo explica en que los pájaros venían evolucionando; aunque esta teoría, a mi juicio, solo nos sirva para precisar que la propia dinámica evolutiva sugiere algún final que habría de estar conectado con Heráclito sobre las llamadas mutaciones, quien dijo: "Si no esperas lo inesperado, no lo reconocerás cuando llegue", lo cual se ha considerado como una invitación a ser flexible ante otra cosa. Trató de identificar la causa primera de la creación del mundo. Rechazó las teorías anteriores, como la del aire y el agua, y afirmó que el fuego era la causa primera, ya que creaba y destruía. (Joshua L. Mark, Heráclito de Efeso, (c 500 a.C), 22 de mayo del 2021). El documento citado expone: "Su afirmación central se resume en la frase Panta Rhei (’todo fluye en la vida'), que reconoce que la esencia subyacente de la vida es el cambio. Nada en la vida es permanente, ni puede serlo, porque la propia naturaleza de la existencia es el cambio. Para Heráclito, el cambio no es solo una parte de la vida, sino que es la vida misma. Según él, todas las cosas entran y salen de la existencia a través de un choque de opuestos que crean y destruyen".

Ahora bien, asumiendo mi propia teoría, sustento que la línea concluyente podría ser realizar, hermenéuticamente, una posición de alineamiento a la preeminencia de la razón y de la conciencia histórica que necesariamente conduce a la interpretación de que las propias manifestaciones de la esencia de las cosas nos remiten a observar —como parte de la concepción— que "todo lo existente parte del axioma de que las cosas nacen, se desarrollan, se multiplican y mueren". Por lo tanto, en esta parte —para comprender la diversidad de posturas académicas que se han tejido sobre el tema— se podría pensar en el Big Bang, que de acuerdo con este modelo, el universo se expandió a partir de un estado extremadamente denso y caliente y aún continúa expandiéndose. Esta teoría es el modelo cosmológico predominante para los períodos conocidos más antiguos del universo y su posterior evolución a gran escala.

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Caracterización de la evolución de la especie humana (Fuente externa)

Por otro lado, es menester poner en contexto que se ha establecido, según varias doctrinas al respecto, que a lo largo de la humanidad se calculan 50.000 millones de número de especies; pero además, y aquí entramos en materia, cada especie se ha calculado que tiene una esperanza de vida que ronda los 100.000 años. Lo cual, haciendo una operación simple de resta, decimos: si han pasado ya 2.026 años —hoy día— de lo que realmente marca el tiempo de término de una especie, entonces la expectativa de vida, diríamos que a esta humanidad le estarían quedando para llegar a su fin 97.974 años, según esta sustentación numérica de más arriba. Todo lo cual, a juzgar por estos parámetros compartidos en este sucinto análisis —a juzgar por la ciencia—, el fin del mundo, como señala el evangelio de Mateo, 24.32-35, si se trata de la llegada de Dios como juzgó esta profecía, y el exterminio de la humanidad que compartimos, al menos que no se suscite un fenómeno producto del impacto al propio medio ambiente que erosione el ecosistema más allá de la tolerancia prudente, habría que concluir que la vida útil de nuestra especie humana —y diríamos animal, por ser más amplio— le queda un tiempo amplísimo para que se manifieste un hecho como el que refiere el apóstol Mateo y el propio Apocalipsis. Ahora, cabe concluir que estas precisiones resultan ser solamente unos razonamientos respecto a querer precisar de forma un tanto científica que, aunque Mateo y el propio Juan no tuvieron alcance de comprobación para sus llamadas profecías, sí tuvieron una proyección de lo que podría ocurrirle lógicamente a la especie humana en el tiempo; y por el lado concluyente, lo único que podríamos afirmar es que nosotros quisimos ponerle fecha, según la ciencia, al tiempo que pudiera faltar para que ocurriera —en condiciones normales— un hecho de esa naturaleza.

José Lino Martínez Reyes

Abogado

Politólogo, abogado, docente en asuntos políticos y electoral. Y Magister en Estudios Políticos y Electoral.

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