Desde tiempos inmemoriales, remontándose a la época de Platón (427 a. C.-347 a. C.), muchos filósofos y filósofas han sentido un fuerte nivel de compromiso con sus respectivas sociedades. Sin embargo, el principal discípulo de Platón, Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.), propuso una noción que se mantendría firme a lo largo de toda la tradición occidental de pensamiento: que la metafísica —aquella rama de la filosofía que estudia la estructura, los componentes y los principios fundamentales de la realidad— habría de ser considerada la Filosofía Primera, por tratarse de la cuestión supuestamente más apremiante de todas las que la disciplina filosófica acostumbra a abordar.

Pero, en un mundo signado por lo que el filósofo, sociólogo y político francés Edgar Morin (1921-2026) ha denominado “policrisis” —es decir, la concatenación y simultaneidad de múltiples crisis de la modernidad (crisis civilizatoria, económica, social, política, migratoria, ecológica, etc.)— yo sostengo que deberíamos reconsiderar este planteamiento aristotélico y preguntarnos si acaso no convendría bautizar a la ética como la verdadera Filosofía Primera de nuestros tiempos. Esto es así porque, más allá de todas las demás vertientes de esta policrisis, se oculta la mayor de todas: la crisis moral de nuestra época.

Es decir, lo que propongo es desplazar la prioridad que ha ocupado en la historia del pensamiento la pregunta “¿Qué es la realidad?” por otra más urgente: “¿Qué debo hacer mientras estoy aquí, en la Tierra, junto a otros seres humanos?”. Considero que esta es la verdadera pregunta que ha de orientarnos en estos tiempos peligrosos que estamos viviendo, ya que somos todos y todas irremediablemente humanos y estamos forzados a habérnoslas con los y las demás. Nuestro mundo contemporáneo desbocado ha olvidado esta dimensión esencial de la convivencia humana, que consiste —tal como reza el imperativo categórico kantiano— en tratar a las demás personas, nunca como medios para un fin, sino como fines en sí mismos.

Hace casi cien años, el filósofo marxista y militante comunista italiano Antonio Gramsci (1891-1937) expuso, en sus Cuadernos de la cárcel (1929-1935), su teoría de que todas las personas somos filósofos y filósofas, pues todas tenemos una determinada cosmovisión a través de la cual interpretamos la realidad que nos rodea. Sin embargo, continúa el teórico, en una sociedad dividida en clases sociales, tal como sentenció Karl Marx (1818-1883), la clase propietaria de los medios de producción material es, a la vez, propietaria de los medios de producción ideológica. Con esto, Marx y Gramsci quieren decir que quienes detentan el poder económico en cualquier sociedad son quienes poseen la capacidad de imponer y difundir por todo el entramado social su particular visión del mundo. Con esta hegemonía cultural, diría Gramsci, las clases dominantes de la sociedad aseguran su dominación sobre las clases subalternas sin necesidad de recurrir constantemente a la violencia física directa o a la amenaza de ésta. 

Si tomamos la ética como la Filosofía Primera, estableciendo entonces que la primera responsabilidad de la filosofía, en tanto que pensamiento crítico, ha de ser la relación del individuo con sus congéneres, podemos también entender que este compromiso ético ha de extenderse más allá de la conducta individual y abarcar a toda la comunidad. Aquí entraría en juego, por lo tanto, la dimensión política de la filosofía; entendiendo por política no el sentido estrecho que en la República Dominicana contemporánea solemos asignar a tal palabra —la mera conquista de cargos públicos, la administración de recursos del Estado, la construcción de redes clientelares, el enriquecimiento ilícito o la preservación de cuotas de poder— sino, sobre todo, el servicio al bienestar común de la colectividad humana.

Cuando asumimos la ética no meramente como otra rama más de la filosofía, sino como su principio rector y su fundamento orientador, entonces, naturalmente, se deriva de ahí la responsabilidad colectiva de todos los y las integrantes de una comunidad con la construcción de una sociedad próspera, igualitaria, libre y democrática, en la cual los privilegios de unos pocos sean transformados en derechos para todos y todas. En este sentido, la filosofía no debe preguntarse única y principalmente por la cuestión de comprender el mundo, sino por aquella que involucra las responsabilidades respecto a lo que hacemos con él.

Esta dimensión auténticamente política de la filosofía impone al filósofo y la filósofa profesional la tarea práctica y moral —como individuo entrenado y especializado en el arte del pensamiento crítico— de unificar sus facultades de raciocinio con sus sentimientos de empatía hacia los y las demás, con la finalidad de cuestionar, criticar, deconstruir y desmitificar radicalmente aquellos elementos discursivos e ideológicos que sirven para perpetuar las relaciones de poder y dominación existentes en su sociedad. En otras palabras, los filósofos y las filósofas profesionales no tienen el derecho a refugiarse completamente en la abstracción cuando sus sociedades atraviesan múltiples injusticias concretas.

Con esta práctica de someter los mitos fundacionales de una comunidad al escrutinio crítico, los filósofos y las filósofas profesionales han de aspirar a despertar en sus conciudadanos y conciudadanas esa misma criticidad que ellos y ellas fueron entrenados para ejercitar tan minuciosamente. De tal manera que la ciudadanía podría convertirse ella misma en un sujeto filosófico colectivo, pero ahora consciente de la diferencia entra la cosmovisión de las clases dominantes y aquella que, a ella, como sujeto político, le corresponde construir para sí misma.

La Filosofía Primera como ética implicaría, entonces, la pregunta por qué debo hacer yo frente a los y las demás, y su extensión política preguntaría qué debemos hacer todos y todas juntos y juntas para organizar nuestra vida común. De este modo, la filosofía bajaría de las nubes de la contemplación pasiva de la realidad al suelo firme de la actividad práctica y moral de contribuir a la transformación de ésta en beneficio de toda la comunidad. El esfuerzo filosófico pasaría a ser, por ende, no la reflexión abstracta acerca de los fundamentos ontológicos del ser, sino el cuestionamiento activo de las estructuras ideológicas que perpetúan el estado actual e injusto de cosas en nuestras sociedades.

Gabriel Andrés Baquero

Filósofo

Gabriel Andrés Baquero (n. 1992, Santo Domingo, República Dominicana) es filósofo y escritor. Licenciado en Humanidades y Filosofía por el Instituto Superior Pedro Francisco Bonó (2018) y Magíster en Estudios Caribeños por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (2022), se dedica a la investigación y reflexión sobre temas culturales, históricos y políticos.

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