Belkis Batista perdió a su padre días antes de su boda. Se casó de todas formas. Y esta sociedad tomó exactamente eso, esa continuidad, esa valentía, ese acto de vivir a pesar de la pérdida, y lo convirtió en la causa de la muerte de su padre.

De la boda hicieron prueba. Del luto hicieron sentencia. Y de una familia en duelo hicieron el escenario de un juicio que nadie había convocado, que nadie tenía derecho a presidir y que, sin embargo, ocurrió.

Cualquier persona que haya perdido a alguien justo antes de un momento que no se puede posponer sabe lo que eso pesa: la alegría que llega marcada, la celebración que carga también el duelo, la vida que sigue, aunque duela seguir.

Hay una trampa en el lenguaje que conviene desactivar. Se llama «opinión». Es una palabra que hemos vaciado tanto de contenido que ya le cabe adentro casi cualquier cosa: el insulto, el desprecio, la condena pública de una persona en el momento más vulnerable de su vida. Le decimos «opinión» y ya. Como si el nombre cambiara la naturaleza del acto.

La opinión analiza. El discurso de odio destruye.

Lo que le hicieron a Belkis no fue cuestionarla. Fue despojarla de su humanidad en el instante más humano que existe.

Hay que nombrar lo que esto le hace al cuerpo y a la mente de quien lo recibe. El acoso público sostenido no es una incomodidad pasajera. Genera ansiedad, depresión, aislamiento. Fractura la identidad, obliga a vivir en alerta permanente. Y, en este caso, había algo más que no puede ignorarse: esta familia no estaba en condiciones ordinarias. Estaba de duelo. Un duelo que, cuando se ensucia con la humillación pública, no cierra. Se queda abierto. Y eso tiene consecuencias que la psicología llama duelo complicado.

Lo que ocurrió no fue solo un ataque. Fue un ataque en el peor momento posible. Y llamarlo «opinión» no lo hace menos real.

¿Desde cuándo el dolor de los otros requiere pasar por nuestro filtro moral para merecer compasión?

No sé en qué momento nos pareció aceptable entrar al duelo de una familia como si fuera una sección de comentarios. Pero pasó. Y eso debería darnos vergüenza.

Hay algo que ocurre en las sociedades que se acostumbran al desprecio: dejan de verlo. La crueldad se vuelve lo normal. Se instala poco a poco, en dosis que nadie siente hasta que ya es demasiado tarde. Un día ya no sabemos en qué momento cruzamos la línea. Solo sabemos que estamos al otro lado.

Eso es lo más peligroso. No la crueldad en sí, sino el día en que dejamos de llamarla por su nombre.

Lo que le han hecho a esta familia no ocurre en un vacío. Ocurrió en un país donde atacar a las personas LGBTQIA+ tiene una larga historia de impunidad. Y esa impunidad no es neutral. Tiene efectos concretos: gente que se calla, familias que se esconden, personas que aprenden a vivir con miedo. Cada vez que dejamos pasar un ataque sin nombrarlo por lo que es, estamos eligiendo quién cuenta y quién no en este país.

La ley también tiene algo que decir. La Constitución protege, en su artículo 44, la vida privada y familiar de toda injerencia. El artículo 367 del Código Penal define la difamación como la imputación de un hecho que ataca el honor de una persona. Y la Ley 53-07 establece que la difamación por medios electrónicos se sanciona con prisión y multa.

Que el Estado no reconozca esta unión no crea un vacío ético en el que todo vale. No le da a nadie el derecho de humillar, de señalar, de entrar a la fuerza en el duelo de una familia. La ausencia de derechos formales no es una invitación al linchamiento moral. Debería ser razón para más cuidado, no para menos.

Un ser humano se casó con otro ser humano. Eso fue todo. Se casaron con el peso de un duelo encima, con la valentía que eso requiere, con la vida siguiendo como la vida insiste en hacer. Y nosotros convertimos ese acto en el centro de un juicio que nadie pidió y nadie tenía derecho a dictar.

El luto no se juzga. La valentía de seguir viviendo no se procesa ante ningún tribunal moral. Y, si como sociedad no somos capaces de reconocer eso, el problema no es la boda. El problema somos nosotros.

Alida E. Zapata

Arteterapeuta e ilustradora

Alida E. Zapata. Arteterapeuta e ilustradora. @le.aliade

Ver más