La escena se repite cada cierto tiempo. Amanece en Santo Domingo. La greca termina de colar el café, una guagua anuncia su paso en la calle y alguien sube el volumen de la radio para escuchar los resultados. No hay tanques en las avenidas ni puertas derribadas. Todo ha ocurrido conforme a las reglas. Sin embargo, mientras se anuncian los números, una pregunta entra en la casa y se queda allí: ¿cómo pudo tanta gente elegir aquello que, visto con calma, parecía indefendible?

Tal vez ese sea uno de los riesgos menos cómodos de la democracia: un día el país amanece y descubre que la estupidez ganó.

La frase es dura. Conviene no usarla para despreciar al pueblo ni para llamar estúpido a quien votó distinto. Esa sería otra forma de renunciar al pensamiento. La estupidez de la que hablamos no depende de la escolaridad, de la clase social ni de una preferencia política. Aparece cuando una persona deja de examinar lo que escucha, cuando prefiere una falsedad útil a una verdad incómoda o cuando entrega su juicio a quien promete pensar por ella.

Circula bajo el nombre de Facundo Cabral una frase provocadora sobre el peligro de que una mayoría que renuncia al criterio termine decidiendo quién ejercerá la Presidencia. No existe, en la referencia consultada, una fuente primaria que permita asegurar su autoría; por eso importa más la advertencia que el nombre al que se le atribuye. El número otorga poder, pero no produce sabiduría. Ser mayoría permite decidir; no garantiza haber comprendido lo que se decide.

No escribo estas líneas para juzgar a un gobierno determinado ni para convertir una diferencia política en señal de inferioridad intelectual. Miro hacia lo que puede ocurrir. Ante las elecciones de 2028, el cansancio ciudadano, la desconfianza en las instituciones y el atractivo de figuras ajenas a la política tradicional podrían abrir paso a una renovación necesaria. También podrían favorecer propuestas sostenidas únicamente por el espectáculo, la indignación o la promesa fácil. Ser outsider no constituye por sí mismo una virtud ni un defecto. Importa saber si quien aspira a gobernar posee criterio, capacidad, integridad y disposición para someter sus decisiones a la evidencia y al escrutinio público.

Cada ciudadano tiene un voto, y esa igualdad sigue siendo una de las conquistas más dignas de la vida pública. El peligro comienza antes de llegar a las urnas, en el lugar silencioso donde se forma el criterio. Allí actúan la palabra repetida, el miedo administrado, la noticia incompleta, el video que indigna antes de explicar y la consigna que ofrece descanso a quien ya no quiere hacerse preguntas.

Una mentira política rara vez se presenta como mentira. Suele entrar con la modestia de una frase fácil: alguien la deja caer en una conversación, otro la reenvía a un grupo de mensajería y, poco después, se pronuncia con la seguridad de un hecho comprobado. Ya nadie recuerda quién la dijo primero. La repetición ha hecho el resto: le prestó apariencia de verdad.

La palabra no se limita a describir la realidad; también ayuda a construirla. Una expresión repetida puede convertir al adversario en amenaza, presentar la crueldad como firmeza o hacer que la incompetencia parezca cercanía. Cuando esto ocurre desde una posición de liderazgo, la consecuencia es mayor. La autoridad amplifica la voz y, con ella, el alcance de lo que esa voz instala en la conciencia colectiva.

Como he sostenido en La palabra que sostiene, la palabra pronunciada desde una posición de autoridad nunca es inocente. Puede formar criterio, despertar responsabilidad y sostener la dignidad, pero también puede manipular el miedo, sustituir la conciencia y convertir la repetición en apariencia de verdad. En una democracia, y también dentro de cualquier organización, esa capacidad adquiere una dimensión decisiva: el discurso que una comunidad acepta termina influyendo en las decisiones que considera posibles y en las personas a quienes entrega poder.

Por eso, la pregunta democrática no debería limitarse a quién ganó. También habría que preguntar qué palabras hicieron posible esa victoria, qué temores fueron movilizados y qué silencios permitieron que una falsedad creciera sin encontrar resistencia. Hay silencios prudentes, pero también hay silencios que abandonan. Cuando quienes poseen información, formación o autoridad deciden no aclarar para evitarse problemas, no permanecen al margen. Su ausencia deja espacio para que otros nombren la realidad a su conveniencia.

El problema se agrava cuando quienes han renunciado al criterio encuentran a alguien capaz de organizar su frustración, halagarla y transformarla en obediencia. Entonces la estupidez deja de ser una limitación individual: adquiere estrategia, financiamiento, símbolos y una causa sobre la cual descargar todo malestar.

No tiene domicilio exclusivo en la izquierda ni en la derecha. A veces habla en nombre de la revolución; otras, se refugia en la tradición. Puede envolverse en la bandera, citar a Dios o invocar al pueblo. Incluso llega a presentarse como la única voz razonable. Hay una señal que casi siempre la delata: su intolerancia frente a las preguntas. Ofrece respuestas completas para problemas que apenas ha entendido y fabrica enemigos sencillos para no admitir que ciertas realidades exigen responsabilidad compartida.

También sería injusto reducirlo todo a la credulidad del votante. A veces una persona no elige porque haya sido convencida, sino porque está cansada. Vota desde la promesa incumplida, el servicio que nunca llegó, el empleo perdido o la sensación de que nadie la escucha. Cuando la política seria se acostumbra a explicar sin resolver, prepara el camino para quien ofrece soluciones imposibles con una voz segura.

Pero la estupidez no pertenece exclusivamente a la política ni aparece solamente frente a una boleta. También gana en una junta directiva, en un despacho público, en un centro de salud o en un tribunal cada vez que la evidencia es desplazada por la soberbia, el miedo, la conveniencia o la obediencia. No se trata de llamar estúpida a una persona. Se trata de reconocer el momento en que una decisión renuncia a examinar los hechos, silencia a quien advierte el peligro y termina imponiendo como razonable aquello que no resiste una pregunta seria.

Los pensadores clásicos permiten precisar el problema. En la Apología de Sócrates, Platón muestra cómo la competencia en un oficio puede producir una falsa sensación de sabiduría: alguien domina su tarea y, por eso, supone que también entiende aquello que nunca ha examinado. En La República, el gobierno de la ciudad es comparado con la conducción de una nave para advertir que el mando, separado del conocimiento, puede poner en riesgo a todos los pasajeros. La autoridad formal concede la facultad de decidir; no concede automáticamente el criterio para hacerlo bien.

Aristóteles llamó prudencia a la capacidad de deliberar bien sobre lo que favorece una vida buena. No basta, por tanto, con ser inteligente en términos técnicos: hay que ponderar las circunstancias, los medios y las consecuencias humanas de la acción. Siglos después, Kant describió la minoría de edad como la renuncia a utilizar el propio entendimiento sin la dirección de otro. Hannah Arendt llevó la advertencia al terreno institucional: la incapacidad de pensar desde la perspectiva ajena puede convertir el daño en rutina administrativa. Ahí comienza el verdadero peligro. Quienes podrían detener el daño suspenden el juicio y dejan que la rutina decida por ellos.

Las elecciones de 2028 no exigirán únicamente escoger entre partidos, trayectorias o figuras nuevas. Exigirán distinguir entre la voz que propone una renovación responsable y aquella que convierte el cansancio colectivo en obediencia. Mario Vargas Llosa advirtió en La civilización del espectáculo sobre una cultura en la que el entretenimiento termina ocupando espacios antes reservados al pensamiento, al debate y al examen crítico. Cuando esa lógica invade la política, el candidato corre el riesgo de ser valorado por su capacidad para atraer miradas, provocar emociones o dominar las pantallas, y no por la consistencia de sus ideas ni por su competencia para gobernar. La democracia no puede impedir que la estupidez dispute el poder, pero sí puede formar ciudadanos capaces de reconocer cuándo la promesa fácil y el espectáculo sustituyen a la evidencia, y cuándo la seguridad del discurso intenta ocultar la pobreza del pensamiento.

La estupidez vence, entonces, no solo cuando alguien ignora, sino cuando quienes podrían pensar dejan de hacerlo.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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