“Todos aquellos que se hicieron de la victoria hasta nuestros días marchan en el cortejo triunfal de los dominadores de hoy, que avanza por encima de aquellos que hoy yacen en el suelo”. (Walter Benjamin, Sobre el concepto de la historia)
La Odisea (2026), aquella controversial película del cineasta británico-estadounidense, Christopher Nolan (n. 1970), recién estrenada en los cines del mundo, nos presenta una versión adaptada a los tiempos contemporáneos del poema épico de Homero. En ésta, podemos apreciar las travesías y peripecias de su protagonista más bien como un viaje psicológico interno, en lugar de una mera aventura heroica y fantasiosa. En su típico estilo inmersivo de narración no lineal, Nolan nos sumerge en la perturbada psique y la trágica realidad del personaje principal, el guerrero griego Odiseo.
La trama principal del filme arranca justo después de la Guerra de Troya, aquel conflicto mitológico de la Antigüedad griega, retratado por el poeta Homero en su obra —previa a La Odisea— La Ilíada. Según el poeta, la Guerra de Troya fue un conflicto bélico que enfrentó a una coalición de ejércitos aqueos contra la ciudad de Troya, ubicada en Asia Menor; supuestamente provocada por la fuga de Helena de Esparta a los brazos del príncipe Paris de Troya.
Odiseo, quien lideró la conquista de Troya por parte de los griegos, emprende el viaje de regreso a Ítaca —su hogar— para reencontrarse con su esposa Penélope y su hijo Telémaco. Sin embargo, en el camino, Odiseo y sus navegantes se enfrentan a una travesía interminable, plagada de toda clase de peligros, amenazas, islas misteriosas y criaturas míticas que ponen a prueba su ingenio y su valentía. No obstante, el enfoque que pone Nolan a esta aventura no se trata de una épica heroica, sino de una profunda tragedia que nos invita a reflexionar sobre la condición humana.
Esto es así porque el Odiseo que retrata la película —brillantemente interpretado por el actor estadounidense Matt Damon (n. 1970)— es un sujeto postraumático, marcado por los años de guerra y signado por el sentimiento de culpabilidad por su fracaso en la protección de sus hombres. Los monstruos y las criaturas mitológicas con que se encuentran Odiseo y sus soldados representan más bien la angustia y las cicatrices psicológicas del protagonista, a medida que intenta regresar a su hogar, donde una serie de pretendientes desean ocupar su lugar en el trono de Ítaca, ganándose la mano de su esposa Penélope, interpretada por la actriz estadounidense Anne Hathaway (n. 1982).
Sin embargo, un momento cumbre del filme es cuando Odiseo y sus navegantes se hallan frente a las míticas sirenas, cuyo canto enloquece a los hombres. Mientras que Odiseo instruye a sus subordinados a que se pongan cera en los oídos para evitar ser seducidos por éstas, él mismo se amarra al mástil de su barco y se decide a sufrir en lugar de sus hombres. Es en este momento cuando el protagonista se ve forzado a reconocer que, en realidad, no desea regresar a Ítaca. Esta revelación encapsula lo que Sigmund Freud (1856-1939), el fundador del psicoanálisis, describió, en su ensayo Duelo y melancolía (1917), como el verdadero significado de la melancolía: en un duelo común y ordinario, el sujeto sabe lo que perdió y se entristece por ello; mientras que, en el caso de la melancolía, se trata de un duelo por un objeto perdido que ni siquiera sabe cuál es.
Más adelante, en el transcurso del siglo XX, el renombrado e iconoclasta filósofo y psicoanalista francés, Jacques Lacan (1901-1981), nombraría a este objeto desconocido objet petit a —es decir, el “pequeño objeto-causa del deseo”— que nos motoriza a perseguirlo, solo para descubrir que no satisface nuestra incompletitud ontológica al conseguirlo. En La Odisea de Nolan, el director y guionista logra simbolizar muy exactamente esta búsqueda incesante del objet petit a, traduciendo al lenguaje cinematográfico estas teorías complejas propias del psicoanálisis lacaniano, de tal manera que el público puede reconocerse en ella.
El carácter simbólico de Ítaca como pequeño objeto del deseo queda confirmado posteriormente hacia el final del filme, cuando Odiseo —tras haberse vengado de los pretendientes que acosaban a Penélope— decide dejar el trono a su hijo Telémaco y emprender otra expedición marítima junto a su esposa, en busca de honrar a sus hombres caídos y poder finalmente disfrutar de una vida en paz. En este sentido, podemos apreciar cómo su regreso a la isla de Ítaca no era más que el objetivo que lo mantenía motivado a seguir adelante durante todas sus travesías y sus infortunios, y que, al llegar a ella, descubre que no satisface su deseo de paz para su alma y debe volver a viajar hacia el Oeste.
Otro momento muy importante de la película es cuando finalmente vemos el origen del trauma que Odiseo, como sujeto postraumático, cargaba durante toda la narrativa. Resulta ser la destrucción misma de la ciudad de Troya, que no hubiese sido posible sin su ingeniosa maniobra de construir el caballo de madera dentro del cual él y sus hombres se escondieron, la que acosa psicológicamente al protagonista de la historia. De esta manera, Nolan logra subvertir completamente la narrativa tradicional del poema épico de Homero, así como sus múltiples adaptaciones e interpretaciones, mostrándonos más bien a un antihéroe que sufre remordimientos y carga en su conciencia las horribles vejaciones que sus propios soldados desataron sobre las y los habitantes de la ciudad que conquistaron.
Este sorpresivo giro en la trama habitual de la epopeya de Odiseo nos deja con un mensaje antibelicista en un momento histórico atravesado por guerras y conflictos en varios lugares del mundo, reflejando en las sombrías divagaciones del protagonista acerca de la pérdida de la inocencia por parte de los griegos y la caída de la famosa “Edad de Bronce” una profunda meditación en torno al costo humano y psicológico de la guerra y la decadencia de nuestro mundo contemporáneo en deterioro.
En las últimas líneas de diálogo del filme, el personaje de Odiseo —zarpando hacia el horizonte con Penélope— expresa su deseo de que la posteridad perdone sus errores y sus crímenes. Este final puede interpretarse como el metamensaje que subyace a toda la película: tal vez, lo que Nolan pretendía hacer realmente con su versión de La Odisea era ejercer una deconstrucción de uno de los principales mitos fundacionales de la civilización occidental —que ofrece una visión heroica de sus orígenes—, evidenciando que ésta, de hecho, se sostiene sobre la barbarie.
Al imaginarse a un Odiseo antihéroe deseoso de redención por sus pecados, Nolan implícitamente está evidenciando que la versión original de Homero es un embellecimiento edulcorado que ha servido como sostén ideológico para la civilización occidental y todas sus posteriores atrocidades históricas. Al mostrarnos las barbaridades cometidas durante la conquista de la ciudad de Troya en el clímax del filme, así como el efecto psicológico que ésta tuvo sobre el atormentado protagonista a lo largo de la historia, Nolan efectúa una profunda crítica de la ideología civilizadora que fundamenta al mundo contemporáneo en que vivimos.
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