Escribir una opinión crítica hoy —sobre todo cuando toca figuras queridas del imaginario cultural— se ha convertido en un ejercicio riesgoso. No por la fragilidad de los argumentos, sino por la fragilidad del espacio público en el que circulan. Tras publicar “Mis razones por las que la música de Vicente García ya no está en mi playlist”, me encontré con una avalancha de reacciones que poco tenían que ver con el debate y mucho con la descalificación emocional. Y fue ahí donde empecé a preguntarme si el tan defendido “derecho a opinión” no se ha convertido, en la práctica, en un ideal ilusorio.

Aclaro algo desde el inicio: mi texto no fue un ataque, ni una cruzada personal, ni un intento de invalidar la carrera de nadie. Fue —y sigue siendo— una experiencia personal argumentada. Una reflexión sobre cómo ciertos procesos artísticos dejan de dialogar con uno, cambian de lugar, pierden resonancia. Eso ocurre todo el tiempo con libros, películas, exposiciones… y sí, también con música. El problema parece surgir cuando esa experiencia se expresa en voz alta y rompe con la devoción colectiva.

Vivimos un momento extraño: celebramos la libertad creativa del artista, pero desconfiamos profundamente de la libertad interpretativa del espectador. Aplaudimos la subjetividad cuando viene del escenario, pero la castigamos cuando emerge desde la butaca. Como si el público tuviera la obligación moral de sentir lo correcto, de emocionarse en la dirección adecuada, de mantenerse fiel incluso cuando algo deja de interpelarlo.

Desde la crítica cultural —y escribo desde ahí— la opinión nunca ha sido una verdad absoluta. Es una posición situada, atravesada por el contexto, el gusto, la formación y la experiencia vital. No pretende representar a nadie más que a quien la enuncia. Sin embargo, buena parte de las reacciones que recibí parecían leer mi texto como una afirmación totalizante, casi como una amenaza a un consenso tácito: “esto no se cuestiona”. Ahí es donde el desacuerdo se vuelve pecado. La crítica se confunde con odio. El matiz con arrogancia. El argumento con ofensa. Y el debate, en lugar de abrirse, se clausura con insultos, burlas o ataques personales. No hay diálogo posible cuando la respuesta no es una idea, sino una reacción visceral. El hate no discute: expulsa.

Resulta irónico —y preocupante— que este tipo de respuestas surjan, muchas veces, desde espacios que se asumen progresistas, abiertos o defensores de la cultura. Se habla de diversidad, pero solo mientras no incomode. Se invoca la pluralidad, siempre que no contradiga el gusto dominante. En ese escenario, la opinión no se prohíbe, pero se penaliza socialmente. No se censura, pero se intimida. Es una censura blanda, emocional, eficaz.

Defender el derecho a opinar hoy implica recordar algo básico: una opinión no es una orden, ni una consigna, ni un ataque personal. No necesita pedir permiso para existir. Exigir que toda postura venga acompañada de disculpas preventivas —“es solo mi opinión”, “sin ánimo de ofender”, “con todo respeto”— no es cortesía: es una forma de control del discurso. La opinión se acepta, siempre que no incomode demasiado.

Pero el arte —como la cultura viva— existe precisamente para generar fricción. Si todos sintiéramos lo mismo frente a una obra, no estaríamos ante una comunidad crítica, sino ante un eco. La identidad cultural no se fortalece anulando la diferencia, sino sosteniéndola.

Este episodio no me ha revelado nada nuevo sobre la música, pero sí mucho sobre el estado de la conversación cultural. Opinar se ha vuelto un gesto incómodo no porque falten ideas, sino porque sobra susceptibilidad. La crítica ya no se discute: se toma como afrenta. Y en ese desplazamiento, perdemos todos. Pierde el arte, que deja de ser interrogado. Pierde el público, que renuncia a pensarse. Y pierde el lenguaje, reducido a trincheras emocionales.

No se trata de convencer a nadie ni de imponer una lectura. Se trata, simplemente, de sostener la posibilidad de decir “esto ya no me mueve” sin ser expulsado del espacio común. Cuando disentir se castiga, la cultura se vuelve un lugar frágil, decorativo, incapaz de mirarse a sí misma con honestidad. Tal vez el derecho a opinión no haya desaparecido, pero sí se ha vuelto condicional: válido solo cuando coincide, tolerado solo cuando no incomoda. Y eso debería preocuparnos más que cualquier playlist ajena. Porque una cultura que no soporta la crítica no se defiende a sí misma: se encierra. Y, tarde o temprano, se empobrece.

Gustavo A. Ricart

Cineasta y gestor cultural

Soy cineasta, gestor cultural y crítico en formación. Desarrolló mi carrera entre la creación audiovisual y el pensamiento crítico, combinando la práctica artística con estudios universitarios en Historia y Crítica del Arte. Actualmente cursa una maestría en Gestión Cultural, con el firme propósito de contribuir a la vida pública desde la reflexión estética y el análisis sociocultural. En paralelo, colabora activamente en proyectos que buscan descentralizar el acceso a la cultura y revalorizar nuestro patrimonio.

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