Desde tiempos inmemoriales, los conceptos de vida y muerte han sido profundamente debatidos desde la óptica de la ética, la filosofía, la religión y el derecho. Estas discusiones no solo abordan la existencia física o espiritual del ser humano, también nos llevan a plantearnos preguntas importantes sobre los límites del libre albedrío:

¿Hasta dónde llega el derecho a vivir y dónde comienza el derecho a morir con dignidad? El aborto, por ejemplo, ha sido históricamente condenado por las principales corrientes religiosas, muchas veces satanizando a la mujer negándole el derecho a decidir sobre su propio cuerpo.

Esta cuestión impulsa el debate a terrenos poco antropocéntricos, donde la autonomía individual queda subordinada a dogmas colectivos. Por otro lado, la eutanasia —definida como la acción deliberada de poner fin a la vida de un paciente para aliviar su sufrimiento— continúa generando intensos debates a nivel global.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), este tema no puede desligarse de consideraciones éticas, médicas y legales que deben ser abordadas de manera integral. Para su ejecución, el artículo 3, párrafo 2, de la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos establece que "los intereses y el bienestar de la persona deberían tener prioridad con respecto al interés exclusivo de la ciencia o la sociedad".

Este principio coloca al individuo en el centro del debate, donde la dignidad humana es y debe ser el centro de cualquier decisión. Sin embargo, el artículo 3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aunque consagra el derecho a la vida, la libertad y la seguridad personal, es silente ante la decisión del derecho de acabar con la misma.

Aun existiendo indicios de sufrimiento extremo. Este vacío ha llevado a que algunos países —como Colombia, Suiza, Canadá y España— desarrollen marcos legales que reconocen, bajo ciertas condiciones, el derecho a una muerte digna. Es en este contexto donde casos como el de Noelia Castillo adquieren notoriedad.

Su historia no solo expone un complejo entramado de interpretación colectiva, sino que también obliga a cuestionar la eficacia de los sistemas de salud, las normativas jurídicas y la responsabilidad social frente a quienes sufren. Noelia quedó tetrapléjica. Murió el 26 de marzo.

Su historia pone en evidencia el sufrimiento humano en todas sus variables, así como en muchos otros muchos y que deben llevar a la sociedad a replantearse las complejidades del "sufrimiento insoportable" y quién tiene la autoridad para determinarlo como este puede acabar.

Ya que muchas legislaciones abordan la eutanasia desde criterios subjetivos, pero no existen parámetros que su naturaleza esté adherida a una jurisprudencia universal. Y que genera vacíos jurídicos dispares y, en ocasiones, cuestionamientos que dependen más del contexto que de principios sólidos y consistentes.

En sistemas jurídicos debilitados o desiguales, esta ambigüedad puede inclinar la balanza de forma peligrosa. La muerte de Noelia debe llevar a las naciones a crear marcos jurídicos menos ortodoxos y más humanos que planteen el tema desde una óptica mucho más global, que encierre los conceptos vida y muerte enfatizando

las garantías del derecho a decidir de una persona. Bajo la protección de un sistema con garantías al ser humano: su salud física, mental, emocional y social. Por ende, la eutanasia que se le practicó a Noelia debe servir para el análisis de todos los sectores envueltos dentro de dicha dinámica y los vacíos jurídicos que existen en España y las demás naciones donde dicha práctica está presente para que todo aspecto que incluya a humanos la dignidad de este prevalezca.

Miosotis Ledesma de Jesús

Abogada y comunicadora

Miosotis Ledesma es abogada, comunicadora y trabaja en relaciones publicas,

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