En medio de las tensiones actuales en el sistema internacional, Oriente Medio y el Cuerno de África se han convertido en espacios clave donde confluyen rivalidades regionales, ambiciones estratégicas y el declive de los esquemas tradicionales de seguridad. Lejos de tratarse de conflictos aislados, lo que hoy observamos es una lucha por definir quién establece las reglas del juego en regiones vitales para el comercio global y la seguridad marítima.
Las declaraciones recientes de Hakan Fidan, ministro de Asuntos Exteriores de Turquía, sintetizan bien esta nueva narrativa regional. Al afirmar que Ankara aspira a un Medio Oriente “sin dominación turca, árabe ni persa”, Fidan introduce una idea disruptiva: la búsqueda de una autonomía estratégica regional, inspirada en experiencias de integración observadas en África y el Sudeste Asiático. El mensaje es claro: la estabilidad no vendrá de hegemonías externas ni de imposiciones unilaterales, sino de acuerdos regionales construidos desde dentro.
Esta visión cobra especial relevancia en el Cuerno de África, una región atravesada por fragilidades estatales, conflictos internos y una creciente militarización extranjera. Somalia se ha convertido en un punto neurálgico donde confluyen intereses de Arabia Saudita, Egipto, Turquía e Israel, todos atentos al control de rutas estratégicas como el Bab el-Mandeb y el acceso al Mar Rojo. En este tablero, la seguridad marítima, los puertos y las bases militares pesan tanto como la diplomacia. En este contexto, Somalia vuelve a ocupar un lugar central en una región que rara vez conoce la estabilidad prolongada.
La controversia generada por el reconocimiento de Somalilandia por parte de Israel ha añadido una nueva capa de tensión. Para muchos actores regionales, este movimiento no sólo desafía la integridad territorial somalí, sino que abre un precedente peligroso en una región ya marcada por fragmentaciones políticas. La reacción de países como Turquía y Egipto refleja el temor a que estas decisiones profundicen la inestabilidad y faciliten una mayor injerencia externa.
En este contexto, el factor Irán no puede ser ignorado. Las recientes advertencias de altos mandos iraníes frente a Estados Unidos refuerzan la percepción de que Oriente Medio se mueve en un equilibrio extremadamente delicado, donde cualquier escalada puede tener efectos en cadena. Sin embargo, más que anunciar una guerra inminente, estas declaraciones deben leerse como parte de una estrategia de disuasión y de posicionamiento frente a Europa y Occidente, a quienes Teherán acusa de contribuir a la militarización del conflicto.
Europa, por su parte, aparece crecientemente marginada de los procesos decisorios regionales. Mientras actores de Oriente Medio y África intentan (con mayor o menor éxito) construir mecanismos propios de seguridad, la Unión Europea parece atrapada entre alineamientos automáticos y una retórica de firmeza que no siempre se traduce en capacidad de influencia real.
El trasfondo de esta dinámica es una pregunta de fondo: ¿estamos ante el surgimiento de un orden regional multipolar, o simplemente frente a una redistribución de dependencias? La apuesta de Turquía por una integración sin hegemonías, el activismo saudí y egipcio en el Mar Rojo, y la estrategia israelí en el Cuerno de África sugieren que el antiguo esquema de tutelas externas está siendo cuestionado, aunque aún no reemplazado.
En definitiva, el Cuerno de África y Oriente Medio ya no son solo escenarios de crisis, sino laboratorios del nuevo orden internacional. Lo que allí se decida tendrá implicaciones directas sobre el comercio global, la seguridad energética y el equilibrio de poder entre regiones. Ignorar esta realidad sería, para muchos actores externos, el mayor error estratégico.
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