Una relación comprometida con la naturaleza del producto, el valor y la distribución humana, nos mueve a una reflexión desde el territorio abstracto y concreto de las diversas formas de la productividad social. La relación hombre—naturaleza, hombre—trabajo, hombre—sociedad es un tema ya tratado por el pensamiento económico clásico y por la posterior crítica de sus fundamentos. (Vid. Karl Marx, Dos Kapital, Vols. 2 y 3, Kritik…).
Los economistas ingleses clásicos y toda la escuela del dinero y la moneda, que enjuicia el valor de la riqueza, opinan sobre la base de una reflexión sostenida aún desde los complejos orígenes del capitalismo. En opinión de Henrri Pirenne (Historia Económica y Social de la Edad Media, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1939) la fuerza del valor no está en el valor mismo, sino en la relación objeto—producto—circulación—precio.
Estos conceptos, no totalmente aclarados en el pensamiento económico clásico se mantienen en pie desde los orígenes mismo del capitalismo moderno, estremeciendo el complejo campo de los signos y síntomas de las formas económicas. Y es que toda economía se comporta como una variedad sintética y analítica de relaciones nivelares cuyo objeto de estudio no es solamente la producción, sino, la productividad socializada, así como la oposición objeto—valor de uso—valor de cambio.
Interviene el lenguaje para promover una posición, una involución de formas y una relevancia histórico—crítica, cuya base es el trabajo humano retribuido. Entre el trabajo y la distribución de bienes materiales existe el modo de producción de bienes materiales y el modo de producción de bienes espirituales, ambos conceptos entendidos en la línea de una crítica del lenguaje económico y sus efectos disposicionales sobre la base de una subversión.
Tanto el argumento como el análisis económico atienden a una función del lenguaje crítico de la economía para así promover tipos y niveles de circulación de las mercancías, usos privados y públicos y, por último, la empresa que hace posible la concreción del objeto y la subjetividad del valor crítico.
La estructura del lenguaje económico adecúa una idealidad o categorización del signo económico, que se extiende en el proceso mismo de constitución del valor de uso y del valor de cambio. Pues si existe en el proceso de las formaciones económicas generales y regionales un lenguaje que advierte y a la vez subvierte, el mismo se encarga, principalmente en los momentos de crisis, de subvertir la conceptualidad y el orden material.
Las categorías y conceptos teóricos de la economía, evolucionan a partir de la conjunción crítica y de la desconstrucción del signo económico. Todo proyecto que implique operaciones contables y monetarias, está sujeto a la manipulación, al acuerdo y el pacto, a través de la mediación, que es la decisiva en el proceso discriminatorio del proyecto. Si dicho proyecto exhibe algún defecto en su lógica interna y principalmente en sus enunciados de principio, las formas particulares, se verán necesariamente afectadas por esa crisis.
Las formaciones conceptuales del pensamiento económico solicitan una lectura que será necesariamente crítica, pues a fuerza de la ganancia, la distribución y la finalidad de los acuerdos estarán cada vez más comprometidos con el lenguaje de la acción económica y sus efectos principales.
Hasta que se produjo la crisis conceptual del pensamiento económico iniciada por la subversión del lenguaje de la economía capitalista a finales del siglo XIX, los economistas empíricos dudaron sobre si los problemas económicos solicitaban necesariamente una revisión de su lenguaje. La subversión semiológica de la crítica de Marx produce una escisión en la reflexión económica de occidente, cuyas consecuencias dividió el pensamiento sobre la producción, el trabajo, el objeto, el valor, el precio y la moneda.
Los grandes emporios capitalistas hasta el día de hoy reciben el asesoramiento de publicistas, politólogos y básicamente economistas especialistas en inteligencia artificial, cálculo, recursos humanos y vocabulario económico, para de esta suerte decidir cualquier ajuste, promesa o aumento—descuento en el pago de imposiciones y demandas.
Pero si la crisis del lenguaje económico se ha operado en el vocabulario de la economía política neocapitalista, también se ha operado y se opera en el lenguaje de la llamada economía socialista.
Las transformaciones de la estructura económica de la sociedad se producen como un fenómeno gradual agudizado por el crecimiento científico de la ciencia y la tecnología. Pero este concepto de transformación que forma parte de la actividad científica y del dominio político y semántico de la significación, está unido a un concepto crítico, pero que actúa en base a una concepción de la crisis: la alienación humana.
El concepto de alienación humana levanta desde Hegel un dato sobre el trabajo material e intelectual que no siempre se ajusta a la condición productiva del agente o intérprete social. Ocurre que los agentes y antiagentes sociales se mueven por compromisos económicos establecidos por la estructura de poder dominante y las fuerzas productivas de la sociedad. El distanciamiento ideológico es la prolongación de una objetividad impuesta por el orden jurídico dominante y sus mecanismos de imposición, tales como la ley, la necesidad, el contrato, el horario, el cumplimiento y la redistribución, entre otros aspectos.
Los agentes activos y pasivos de la sociedad, están ligados a la producción social de bienes materiales y de consumo y como tales ejecutan el cambio de una realidad que se mueve en base a las actitudes y el hacer de dichos agentes. Los medios objetivos de información científica y técnica ejercen influencia sobre el destino de la productividad integrada al sistema de circulación y construcción objetual-formal.
Así las cosas, convertida en una ciencia de modelos sobre la realidad, la economía extendida como dominio general y aplicado de conocimiento, no logra subsistir sin un lenguaje de control, sin el auxilio de las estadísticas, la información teórica y el cálculo de posibilidades, conocidos por la instancia de asimilación y desasimilación de los signos y enunciados en el contexto de su formación teórica-práctica.
Mario Bunge ha demostrado (en su libro Economía y Filosofía, Ed. Tecnos, Madrid, 1985), que las extensiones modélicas del pensamiento económico, se pueden comprender en el proceso de flujos y reflujos de una sociedad de bienes de consumo y de acciones corporativas. Las condiciones de un proceso circular de la producción, invitan a profundizar aún más sobre el proceso de construcción de categorías y conceptos económicos, en el marco de una semiótica económica, teórica y aplicada.
Los modelos matemáticos y cibernéticos utilizados en economía explican el proyecto de la modernidad, según el cual, las ciencias sociales y las fácticas deben operar en base a la materialización y formalización, para así construir un nuevo lenguaje que autorice las soluciones particulares de un proceso productivo determinado. La justificación del uso lingüístico, especializado en las ciencias de la información, proviene de un desarrollo constante del saber, pero además, de una búsqueda en el dominio de la racionalidad económica.
Puede observarse que, actualmente, las economías avanzadas ponen en circulación terminologías cuyo valor es indicativo de una formalidad subsidiaria o de un complemento vincular. El vocabulario económico funciona en los límites de la norma y de la desviación de la norma. Esto último se explica por la intensionalidad referencial del lenguaje económico y por la utilización de metáforas productivas en los límites del significado multivalorizado de la expresión lingüística.
La idea de un vocabulario especial de las ciencias de la producción de bienes materiales, comienza según M. Foucault, con el pensamiento de los fisiócratas (véase Las palabras y las cosas, Siglo XXI, México, 1968). El significado de la mercancía se expresa en el valor de uso o de cambio; sin embargo, estos conceptos no conservan un significado original, sino que, su entrada o salida en el vocabulario de las ciencias positivas estaba justificado por las estrategias de uso del significado económico.
Las actuales circunstancias de la economía mundial aseguran una subversión del pensamiento económico creada por la tensión escasez—abundancia de los productos en el mercado mundial. La crisis originada en el Golfo Pérsico y en todo el medio oriente, a partir del petróleo, el combustible y la energía eléctrica, muestra la existencia de un desacuerdo, así como un desajuste en el discurso de las relaciones internacionales. Tanto el desacuerdo en las relaciones, como el desajuste discursivo de las políticas de integración y cooperación, actúan como movimiento de un estado de cosas y de un sistema de relaciones cuya crisis avanza de manera ramificada y vertiginosa.
La política del signo económico es, indudablemente, una política de la presencia del significado. Si las partes negociadoras promueven sus intereses de manera unidimensional, el desajuste discursivo se produce por descalificación de los argumentos y análisis en contrario.
La estructura redaccional de los textos económicos impone hoy los modelos estilísticos ya famosos y creados para situar la opinión a favor o en contra de la doxa científica. El conflicto económico será entonces un conflicto de interpretaciones textuales y discursivas, cuyo proceso activa una dinámica compartida por los agentes y antiagentes del conflicto, así como por toda la jerarquía de los poderes involucrados.
Es sabido que, el estilo de redacción económica implica no solamente un conocimiento de la problemática en cuestión, sino, un dominio, también, de la jerarquía conceptual y científica. Tal como lo atestigua Gilbraith (en su libro Economía y Subversión, Ed. Plaza y Janés, S.A., Barcelona, 1974:) el proceso de pérdida o ganancia desarrolla aún más las contradicciones, haciendo posible que las naciones dominantes manipulen a las naciones dominadas.
Ciertamente las naciones dominantes activan su poder, a través de las riquezas adquiridas en los límites del mercado, la renta y la banca, para así crear una estimación del poder en base a una economía dirigida y aparentemente natural. Si la inflación es un proceso de la crisis, los niveles de la obtención y la fuga de capital, aceleran la descomposición y la bancarrota del discurso económico y de la llamada “razón dominante”.
La llamada lógica del proceso económico impide, muchas veces, que los acuerdos intergubernamentales encuentren las soluciones pertinentes, pues frente a la crisis internacional, existen la crisis de las regiones económicas nacionales violentadas aún más por un lenguaje de especialidad y una técnica de proyectos amparada en el lenguaje de la burocracia y la administración pública o privada.
Nuestra hipótesis sobre la lógica dialéctica del lenguaje económico parte de la hechura o construcción de los modelos teóricos que se explican por la ramificación de dichos modelos en las instancias burocráticas establecidas hoy en la subversión. La subversión del lenguaje económico que se opera en una sistemática específica de la visión económica, así como en los límites del crecimiento acelerado.
La productividad económica y social puede ser entendida y asumida como una semiosis de la producción de bienes materiales, es decir, como un movimiento cualitativo de la producción que engendra desde su misma dinámica la subversión discursiva a través del lenguaje de la ciencia.
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