En marzo se celebra internacionalmente el mes de la francofonía, concepto desarrollado por Onésime Reclus, un geógrafo francés que propuso que las personas están conectadas por su idioma y su cultura más allá que por sus orígenes geográficos o raciales. Aunque hoy día se hace énfasis en el sentimiento de hermandad sobre otras consideraciones, el concepto original ofrecía una mezcla de justificación del imperialismo y de preeminencia del sentimiento de inclusión sobre la diversidad. Algo de razón tenía porque, aunque él acuñó la palabra en 1880, su inclusión en el diccionario de la Academia Francesa se empezó a considerar en las primeras décadas del siglo XX, es decir, en el tiempo en que se estableció el concepto del Commonwealth para el Imperio británico. (La edición oficial que contempla “francofonía” es la novena edición, publicada por tomos entre 1992 y 2024).
El concepto es especialmente interesante para abordar las relaciones de los francoparlantes con la isla de La Hispaniola, que aunque se llame así en todos los mapas internacionales, desde la mayoría de los libros, películas, canciones y bailes producidos en francés, es el sitio donde estuvo la antigua colonia francesa más rica de las Américas y con el que hay un sentimiento de cercanía natural. De hecho, el título de la sección dedicada al continente americano en Radio France Internationale es “Journal d’Haïti et des Amériques”. Es decir, se le da prioridad a ese territorio sobre el resto de los kilómetros cuadrados del continente y hay un gran desconocimiento sobre el hecho de que personas de otra lengua europea hayan vivido y colonizado con anterioridad y permanencia con respecto a las que llegaron por la isla de la Tortuga. Es como pedirle a la mayoría de los no dominicanos que sepan quiénes son los cocolos, una especificidad demasiado precisa como para distinguirla.
Otros elementos culturales contribuyen con esta visión. Desde el siglo XIX, para los francoparlantes hay creaciones culturales de gran valor que tienen un origen no tan lejano con esa nación. Por ejemplo, el padre del gran novelista francés Alexandre Dumas, autor de Los tres mosqueteros y de El conde de Montecristo, nació en Haití. En tiempos más modernos, en el año 2015 entró como miembro de número a la Academia Francesa el haitiano Dany Laferrière, mientras que el «dominicano» que entró como miembro de la misma institución lo hizo ocho años después. Mario Vargas Llosa ya tenía dos nacionalidades más, la peruana de nacimiento y la española de adopción en el año 1993, cuando entró en la Academia Francesa en el 2023. Este ganador del premio Nobel de Literatura había adquirido la ciudadanía dominicana en el 2022 por sus lazos con este país.
También son más conocidos René Depestre (ganador de reconocidos premios literarios, entre otros el Goncourt y el Renaudot), Yanick Lahens o Frankétienne que Juan Bosch, Frank Moya Pons, Andrés L. Mateo, Pedro Mir, Marcio Veloz Maggiolo o Julia Álvarez, todos traducidos al francés, pero con menos visibilidad en ese espacio cultural. La francofonía es un cristal particular con el que mirar la realidad.
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