Vine a Dordoña porque me dijeron que acá vivía mi…. En realidad nunca he venido, sino que me traen a la fuerza, me confiesa una amiga, con melodrama rulfiano incluido. Dicha región, para los despistados como yo, está en el suroeste de Francia, entre Burdeos y Toulouse, a unos 500 kilómetros de París. Es famosa por sus bosques, donde crece la trufa y es un lugar tranquilo, rural, bonito, y al parecer, aburrido.
Estoy harta de que todos me digan que es es una región preciosa, continúa. Siempre les respondo que vengan conmigo a pasar la Navidad donde mis suegros. Es un lugar oscuro y frío. En ese momento no sabía si se refería a la casa donde creció Jérôme, su esposo o a su ánimo, pero luego alude a la calefacción, que marcha con la velocidad del caracol y por eso se la pasa con suéter doble. Salvo comer, el 24 y el 25, no hay mucho más que hacer, insiste. Preparar los platos para los diversos gustos de la familia, esconder los regalos debajo del arbolito, ver el tiempo congelado y ella, que rehuye al contacto social y se queda en el cuarto, actitud que por supuesto, le reprochan: «Esos mexicanos son unos raros».
Además, el papá y el otro hermano son vegetarianos y la madre padece de hipertensión, por lo que tiene prohibida la sal, ya te imaginarás el sabor de la comida. La mejor es la sopa de verduras, que nunca falta. Una crema verdosa, espesa, que huele rico, a tomate, ajo, albahaca, pero que sabe a tedio. El salero circula de mano en mano cada dos cucharadas, lo sacuden como maraca. Cuando veo que acercan el platón a la mesa me gana la risa y le echo una mirada cómplice al Jerry,…
Y por qué no ayudas en la limpieza, a hacer la compra, pregunto. Ni Jérôme entiende cómo funciona la cocina, se defiende, si quiero lavar los platos hay una máquina para eso, si los meto, llega la suegra y los vuelve a acomodar sonriendo y explicándome cómo hacerlo correctamente. Si trato de tirar la basura hay otro ritual: lo orgánico se separa del resto, en el bac à composte; luego, todo lo reciclable y el vidrio aparte y el cartón, ufff…
¿Y no aprovechas para visitar los sitios emblemáticos?, ¿Ya fuiste a Bergerac, probaste sus vinos, qué no era de allá el tal Cyrano?, intento hablar. Cyrano era un poeta enamorado de su prima, pero acomplejado por el tamaño de su nariz. Se burlaban llamándolo «ladrón de oxígeno», de tan grande que era, por eso no se animaba a declararle su amor a Roxane. A ella le encantaba un apuesto soldado simplón. Entonces, Monsieur Narices ayuda al galán a seducir a la chica y le escribe versos «inspirados». En un momento dado ella, emocionada, dice que primero le gustaba por su físico pero al descubrir su alma, no le hubiera importado que fuera feo. Cyrano sufre en silencio, no como yo, que siempre le echo bronca a ya-sabes-quién. ¿Y después?, pregunto. Lee la obra o si te da flojera, ve la película.
En verdad que es una región linda, hay ríos, pueblos medievales, paisajes verdes, iglesias dedicadas a santos olvidados, como Rocamadour, ¿te acuerdas de La Maga de Cortázar?, así se llamaba el hijo de la protagonista de Rayuela, pues resulta que es un santo, que, como su nombre lo indica, está incrustado en la roca. Me llevaron hace mucho, hay un acantilado, casitas pegadas a las faldas de la montaña y hasta parece que el sitio está en la lista del patrimonio de la UNESCO. No han querido volver, Jerry se siente mal por no vivir cerca de sus padres, pero ellos son estoicos, sonrientes (como buenos franceses, practican la queja con frecuencia) independientes. Navegan por los 80 años con la calma de quien se prepara un baño caliente. Se bastan a si mismos, no molestan a nadie, dudo que cuando tengamos su edad estemos así de bien, le digo para animarlo, aunque cada vez que vamos, mi odio crece, dice guiñándome el ojo…
Llévame contigo pues, me atrevo a interrumpirla, parece que las grutas de Lascaux no están lejos. Mejor ven en mi lugar, revira, ese sitio es rete famoso, ahora lo tienen más protegido que los tesoros del Vaticano. La cueva original se deterioró por exceso de visitantes, entonces construyeron un par de copias al lado. Por eso no se me antoja y lo peor es que el sábado vamos a Dordoña, concluye mientras da un sorbo a su té, como si saboreara el paraíso.
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