Posiblemente quien, en definitiva, termina educando al hombre es el tiempo en que se vive y el miedo que ese tiempo genera por los abusos que se ejercitan sobre el otro. Así de simple se plantea, pero no de simple se comprende.
Pienso que quien verdaderamente nos educa es el tiempo, no quienes pretenden hacerlo con todas las buenas intenciones del mundo. Educarse para este tiempo es para que duela menos con lo que podría siquitrillarnos. Un ejemplo es el tiempo de orden en el caos o viceversa de la sociedad actual y los desmanes a los que las someten los que no tienen necesidad de enrostrar su capacidad de abuso, sin embargo, lo hacen de todas las maneras inimaginables.
El abusador no guarda la forma. ¿Para qué? El que no guarda la forma sabe muy bien porqué lo hace. ¿Cómo llegamos a este nivel de dañar al otro sin respetar edad, pueblos, tradiciones, robos, abusos? ¿Es algo intrínseco a la naturaleza del hombre? Cada pueblo y cada individualidad lo sabe y de acuerdo a cómo piense de lo que hace como pueblo lo apoya o lo niega en su práctica de vida. ¿Por esa forma de proceder estamos condenados a desaparecer de la faz de la tierra? El primero en reconocer que exagera y especula a lo loco es el que garabateas estas cuartillas., ¿Hasta cuándo? En el fondo a nadie le importa. El hombre que representa este tiempo en que le toca vivir tiene como consuelo sus meditaciones trascendentales y su dios personal para las noches en que no pueda conciliar el sueño y apele a un somnífero de esos que tumban hasta la esperanza. Como todo lo que atribula llega por olas acompañadas de un sunami, que a la vez se acepta, esperando pacientemente, porque no hay de otra, de ahí la venganza de la vida. Para llegar a la conclusión inicial: no hay escapatoria
El goce por el sufrimiento a los demás tiene la magia del agua hirviendo, que por bien que se manipule puede derramarse y tocarle a uno. El goce por sufrimiento de los otros es un abono al momento que más satisfecho nos sintamos tras haber alcanzado nuestros objetivos, que empieza con el mal ocasionado por placer a la sangre y al abuso, ¡Oh, Karma! ¡Ven a mí con el rostro que quieras, siempre serás bienvenido!
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