Tan cerca y tan lejos

Entre Romeo y Julieta, de William Shakespeare, y A pedir su mano, de Juan Luis Guerra, hay cuatro siglos y dos continentes. Una es una tragedia isabelina; la otra, una bachata rosa dominicana. Una ocurre en Verona; la otra destila azúcar dominicana del terruño dominicano. Y, sin embargo, responden a la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando el amor individual tiene que negociar con la comunidad que lo precede?

Shakespeare responde con la tragedia. Juan Luis, con la celebración. No es solo una diferencia de género o de época, sino de imaginación cultural.

En Verona, el amor tropieza con una herencia convertida en destino. Romeo y Julieta quieren ser libres para amarse, pero pertenecen a dos linajes que los han condenado a ser enemigos antes de conocerse. En el imaginario dominicano, el amor no necesita romper con la comunidad para afirmarse; busca ser reconocido por ella.

Verona se vuelve, en Shakespeare, metáfora del conflicto entre la libertad y la herencia. Las trochas polvorientas del San Pedro de Macorís de Juan Luis se vuelven metáfora de la posibilidad de transformar la pertenencia en acogida.

Verona: cuando la herencia se vuelve destino

Cuando Romeo conoce a Julieta, ambos ya pertenecen a una historia que no han elegido. Él es Montesco. Ella es Capuleto. Antes de ser amantes, son herederos. Llegan tarde a sus propias identidades; el apellido los precede.

El odio se ha convertido en tradición. Y una tradición es una de las formas más eficaces del poder, porque no necesita justificarse. Se hereda, se repite y parece natural.

Romeo y Julieta introducen una anomalía: se aman. El amor no es solo sentimiento, es transgresión. Un Montesco puede amar a una Capuleto. El otro, definido como enemigo, aparece como persona.

Por eso la obra conserva su fuerza. Descubren que existe una humanidad anterior al apellido, pero en un mundo que no está preparado para aceptarlo. No pueden vivir su amor públicamente. Necesitan el secreto, la noche y la complicidad de fray Lorenzo. Su amor tiene que esconderse porque la comunidad se ha encerrado sobre sí misma. La familia, que debería proteger la vida, se convierte en frontera. Solo cuando mueren, Montescos y Capuletos comprenden el absurdo y se reconcilian.

La reconciliación que el amor no consiguió en vida llega cuando ya no puede servirles.

La grandeza de Shakespeare está en que no presenta la tradición como algo negativo. El problema aparece cuando deja de ser herencia para convertirse en destino. Las sociedades no transmiten solo bienes y nombres; también transmiten conflictos y enemigos. Cada generación puede recibir no solo una memoria, sino una deuda. Verona deja de ser Verona y se vuelve cualquier sociedad donde una identidad heredada impide reconocer al otro como semejante.

Fue entonces cuando apareció el atisbo dominicano

No hay aquí noche de Verona ni balcón. Hay música, comunidad y un hombre que no quiere escapar con la mujer que ama. Quiere pedir su mano.

El gesto parece convencional. Por eso es culturalmente revelador.

A pedir su mano contiene desde su título otra concepción del amor. No basta con amar: hay que presentarse y asumir. Hay que encontrarle un lugar a ese amor dentro de la comunidad.

La diferencia cabe en una imagen: Romeo mira hacia el balcón. El enamorado de Juan Luis se dirige hacia la puerta.

El balcón es extraordinario para el amor clandestino. Está en la casa, pero no es la casa. Es proximidad y distancia a la vez: el lugar del amor que se escapa. La puerta es diferente. Separa, pero comunica. Puede cerrarse, pero también abrirse. Ante una puerta se llama, y quien llama reconoce que hay alguien al otro lado.

A pedir su mano comienza allí donde Romeo y Julieta no pudieron llegar: amar a alguien es también acercarse al mundo del otro. En Shakespeare, el amor dice: nos amamos, aunque el mundo esté en contra. En Juan Luis: nos amamos y queremos construir un lugar para este amor dentro del mundo.

Del enfrentamiento a la integración

El amor shakespeariano es emancipador. Necesita desprenderse de una identidad impuesta. Contiene un descubrimiento moderno: el individuo no tiene por qué quedar determinado por su origen. Pero esa libertad tiene un precio cuando la comunidad es cerrada.

Juan Luis aporta otra posibilidad.

La familia no aparece como cárcel, sino como instancia de reconocimiento. La tradición no tiene que desaparecer para que haya libertad: puede transformarse en puente. El amor criollo no es contra la comunidad, sino dentro de ella.

También cambia la figura del enamorado. Romeo pertenece a un universo donde el honor es espada y duelo. En Juan Luis, el hombre no necesita enfrentarse con el padre; basta con presentarse ante él. No conquista: solicita. La espada deja paso a la palabra; el duelo, al ritual; la fuga, a la solicitud. Pedir la mano es declaración de intención: el amor aspira a hacerse responsable del futuro.

Por eso imaginan dos tiempos distintos. Romeo y Julieta viven deprisa, comprimidos por la fatalidad. La intensidad sustituye a la duración. Pedir la mano introduce el amor en el tiempo. No se quiere solo el instante, sino el después.

Shakespeare termina donde Juan Luis comienza

Al final de Romeo y Julieta las familias se reconcilian. Lo que el amor intentó conseguir con la unión se produce después de su muerte. Llega tarde.

En la lógica de Juan Luis, el reconocimiento pertenece al comienzo. Lo que Shakespeare presenta como desenlace, Juan Luis lo presenta como condición. En Verona: primero el amor, después la reconciliación. En el imaginario criollo: primero el reconocimiento, para que el amor pueda ser proyecto.

Romeo y Julieta y A pedir su mano no son solo dos maneras de contar el amor, son dos maneras de pensar la relación entre libertad y pertenencia. En Verona, el amor tiene que vencer al apellido. En suelo antillano, busca que el apellido lo reciba. En Verona, el amante se acerca a la casa sin poder entrar. Aquí, el enamorado se presenta ante la puerta porque quiere entrar.

Shakespeare nos enseña lo que ocurre cuando la tradición se convierte en destino. Juan Luis celebra lo que puede ocurrir cuando se convierte en acogida.

Por eso el contrapunto cabe en dos imágenes: un balcón y una puerta. El balcón es el amor que mira desde fuera aquello a lo que no puede pertenecer. La puerta es el amor que se atreve a llamar porque quiere entrar.

Entre ambos hay cuatro siglos, dos continentes y una misma pregunta humana: ¿amar contra el mundo o abrirle un lugar al amor dentro de él?

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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