Todos podemos concurrir en que la pérdida de fuerza política y de vidas es un momento de dolor inicial tan intenso que puede resultar paralizante. Con respecto al 11 de septiembre de 2001, cuyo vigésimo quinto aniversario se celebra hoy, siempre recuerdo las frases que escribió por correo electrónico una prima que vivía allá: “Esto parece Santo Domingo después de un ciclón: todo el mundo queriendo ayudar, pero sin saber cómo”.
Cómo contamos la tragedia después de que esta haya ocurrido puede constituirse en un elemento de rescate de fuerzas. Después de la sensación de vulnerabilidad y miedo que embargó a muchos ciudadanos, no solo estadounidenses, vinieron el cambio de la legislación internacional, la ampliación de las medidas de seguridad al viajar, la construcción de un gran monumento y la exaltación de los servicios de respuesta ante los desastres. A partir de un gran momento de dolor, se logró cosechar héroes y ganancias.
Los chilenos no han logrado hacer lo mismo, tal vez porque el evento marcante de su 11 de septiembre fue la confrontación entre dos bandos. Durante unos años trataron brevemente de conmemorarlo como “Día de la Unidad Nacional”, pero se trataba de la fecha en que un gobierno democráticamente elegido, aunque no contaba con la adhesión de muchos, cayó por las armas. Todavía hoy sigue siendo motivo de disputa cuál énfasis destacar para recordar esta fecha.
Pero tienen tiempo para crear un discurso de orgullo y de alegría, a pesar de tener un hecho trágico en la base. Muchos catalanes han elegido una derrota como el momento más definitorio de su identidad, aun cuando cuentan con una historia que incluye la fundación de la ciudad por los romanos, la separación de Al-Ándalus, la creación de una nueva corona o, si se quiere, momentos más recientes, como la decisión de ampliar la ciudad o la celebración de exhibiciones que le confirieron proyección más allá de los propios lares. La primera conmemoración del 11 de septiembre como Diada se remonta a 1886, pero fue en el siglo XX cuando alcanzó su estatus actual.
Todavía antes de estas tres tragedias que se comemoran hoy, fue el relato de los días de cautiverio de Santa Perpetua, en el año 203 —una de las primeras crónicas femeninas sobre encierro político—, lo que llevó a la jerarquía católica a considerar que el ejemplo de esa mujer era digno de emular, al punto de canonizarla. Ganó por lo menos tres batallas con ese hecho: desde su punto de vista, su alma; desde la opinión de la Iglesia, se convirtió en un ejemplo; y desde la perspectiva de la diversidad, a pesar de que era madre y se mostró compasiva con la otra mártir con la que compartió destino, fue su espíritu combativo lo que más se resalta en su historia.
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