Por momentos, pareciera que cuando hablamos del cuidado de la casa común nos referimos a algo externo a nosotros, es decir, los bosques, los ríos, el aire, los animales. Sin embargo, cada vez estoy más convencido, desde mi experiencia en la medicina y la reflexión filosófica, de que esta forma de entender la ecología se queda corta. No hay verdadera ecología sin una profunda comprensión del ser humano como parte constitutiva del ambiente. Y más aún, el fin último del cuidado de la casa común, en clave ecológica, es el cuidado del propio hombre.

No se trata de una visión antropocéntrica cerrada, que coloque al ser humano como dominador absoluto, sino de reconocer su lugar singular dentro de la creación. El ser humano no está fuera del ecosistema, es ecosistema. Su cuerpo, su salud, sus relaciones, su cultura, todo está entretejido con el entorno natural. Por eso, cuando el ambiente se deteriora, no es solo la "naturaleza" la que sufre, es el hombre mismo quien se enferma, quien pierde calidad de vida, quien ve comprometido su futuro.

Desde la epidemiología, esto es evidente. Las enfermedades respiratorias aumentan con la contaminación del aire; las enfermedades diarreicas se disparan donde no hay acceso a agua potable; los vectores encuentran condiciones ideales en entornos degradados. Pero más allá de estos datos, que son contundentes, hay una dimensión más profunda, el deterioro ambiental refleja, muchas veces, un deterioro del corazón humano. Una forma de relacionarnos con el mundo marcada por el consumo desmedido, la indiferencia y la ruptura de vínculos.

Por eso, cuando hablo de salud, no puedo limitarme a lo biológico. La salud es integral o no es salud. Incluye lo físico, lo mental, lo social y lo espiritual. Y en ese sentido, cuidar la casa común implica también reconstruir al hombre desde dentro, sus valores, su sentido de responsabilidad y su capacidad de cuidado.

He aprendido que no basta con promover políticas ambientales o campañas de prevención si no hay una conversión más profunda en la manera en que nos entendemos a nosotros mismos. El ser humano necesita redescubrirse como parte de un todo, como custodio y no como dueño absoluto. Y esta toma de conciencia tiene consecuencias concretas, en cómo consumimos, en cómo producimos, en cómo nos relacionamos con los demás y con la naturaleza.

En contextos como el nuestro, en el Caribe, esta reflexión se vuelve aún más urgente. Somos especialmente vulnerables a los efectos del cambio climático, a la contaminación, a la pérdida de biodiversidad. Pero también tenemos una riqueza humana, cultural y espiritual que puede ser clave para impulsar un cambio real. No se trata solo de resistir, sino de proponer un nuevo modo de habitar el mundo.

Cuidar la casa común, entonces, es una tarea profundamente humana. Es una forma de cuidar la vida en todas sus dimensiones. Y en última instancia, es una forma de cuidarnos a nosotros mismos. Porque no hay ser humano sano en un mundo enfermo.

Desde mi experiencia, he llegado a una convicción sencilla pero exigente, y es que cada acción en favor del ambiente es también una acción en favor de la salud humana. Y cada descuido, cada indiferencia, termina pasando factura en el cuerpo y en el alma de las personas.

Quizás el gran desafío de nuestro tiempo sea precisamente este: reconciliar al hombre con su propia condición de criatura, ayudarle a redescubrir su lugar en la casa común. Solo así podremos hablar de una verdadera ecología integral, donde el cuidado del mundo y el cuidado del hombre sean, en el fondo, una misma tarea.

Rigoberto Martínez, SJ

Jesuita y doctor en Medicina

Jesuita. Doctor en Medicina. Especialista en Primer Grado en Higiene y Epidemiología. Fue Subdirector Provincial del Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología de la Provincia de Villa Clara, Cuba. Participó en Cursos Internacionales de Dengue. Fue colaborador del Centro de Investigaciones del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK). Asesoró a distancia Estudios de Entomología Médica en Brasil. Experiencia en Control de Vectores.

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