“La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. (Salvador Allende)

Érase una vez una diminuta isla del Caribe que se atrevió a levantar su voz contra el imperio más poderoso y mortífero conocido en toda la historia humana. Un imperio dispuesto a devorar a los suyos si se atrevían a hacerle frente, junto a todos los demás pueblos del mundo. El nombre de este imperio era los Estados Unidos de Norteamérica y se erigió sobre el genocidio, la matanza y la esclavización de millones y millones de almas vulneradas y oprimidas, a pesar de los ideales libertarios de algunos de sus revolucionarios más radicales.

A modo de Frankenstein, el aparato de dominación mundial de este imperio evolucionó hasta tragarse a uno de sus más brillantes hijos, quien, horrorizado por la bestia que había desatado, intentó echar marcha atrás y fue castigado por los dioses. Este brillante hijo se llamaba John F. Kennedy (1917-1963). Arrepentido de lo que había hecho contra la diminuta isla caribeña y sus aliados, Kennedy quiso revertir los daños causados y terminó siendo él el dañado.

La diminuta isla del Caribe se llamaba Cuba. Se trataba de una isla que luchó por su libertad desde el inicio, y fue, tal vez, junto con Haití, la más castigada de todas por el imperialismo estadounidense. La culminación de siglos de lucha fue la flameante Revolución Cubana, triunfante en 1959. Entre sus dirigentes se contaban las y los más valientes y entregados revolucionarios y revolucionarias que quizás se hayan conocido jamás. Pero, una vez ganada la guerra contra el imperialismo y sus lacayos locales, el imperio estadounidense recrudeció su ofensiva contra la isla, forzando a su revolución a tomar medidas extraordinarias que ni siquiera sus líderes realmente deseaban tomar.

Tras sesentaiséis largos y durísimos años de resistencia, el pueblo cubano se encuentra ante una terrible encrucijada histórica: un imperio decadente —dirigido ahora por un sociópata demencial que no escucha la razón de nadie— y un Estado postrevolucionario que ha cometido muchos errores a lo largo del camino y no ha tenido la oportunidad de enmendarlos. Pues, la historia es una entidad cruel que no perdona ni olvida, especialmente en momentos de máxima tensión como el que atraviesa Cuba ahora.

El imperio estadounidense pretende imponer un castigo colectivo —característico de los regímenes fascistas— contra todo un pueblo, solo por haberse negado siempre a dejarse doblegar. Independientemente de lo que se pueda pensar o considerar acerca del Estado postrevolucionario cubano y su sistema sociopolítico, debería quedar claro ante los ojos del mundo que la pretensión del sociópata Donald Trump (n. 1946) no es en lo absoluto la liberación de su pueblo, ya que ha demostrado en el caso de la República Bolivariana de Venezuela que su único interés es “liberar” a los países para efectivamente someterlos económicamente.

Lo correcto y lo auténticamente humanista sería levantar el bloqueo asesino, genocida y criminal que ha pesado sobre la valiente nación caribeña de una vez por todas y dejar que el pueblo finalmente sea el que decida su destino. Pero los fascistas y psicópatas en el poder temen lo que pudiera suceder, pues, a pesar de lo que pretenden indicar en su propaganda manipulativa, el pueblo cubano tiene una memoria larga y una preparación intelectual suficiente para discernir sus auténticos amigos de sus históricos enemigos.

Gabriel Andrés Baquero

Filósofo

Gabriel Andrés Baquero (n. 1992, Santo Domingo, República Dominicana) es filósofo y escritor. Licenciado en Humanidades y Filosofía por el Instituto Superior Pedro Francisco Bonó (2018) y Magíster en Estudios Caribeños por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (2022), se dedica a la investigación y reflexión sobre temas culturales, históricos y políticos.

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