En el Campo de Marte de los años noventa, ciertos lugares poseían la fuerza de un impacto silencioso, una resonancia particular que el tiempo no logra alterar. Solía visitar a la señora Michèle Manuel en la calle Légitime. Fue ella quien rescató del olvido la más singular de las residencias de estilo gingerbread de Puerto Príncipe. Convertida en la Maison Delfy, este museo funcionaba a beneficio de la Asociación Haitiana para la Infancia Discapacitada. Para mí, aquellas visitas tenían algo de lección secreta: era uno de los pocos rincones de la ciudad donde aún se practicaba, con rigor profesional, la resurrección de muebles y objetos de arte antiguos. A mi compañera y a mí siempre nos recibían con una calidez animada por tertulias sobre arte.
Una tarde, al cruzar el umbral de la Maison Delfy, saludamos a la señora Yolanda Wood. La prestigiosa historiadora y crítica de arte cubana mantenía desde hacía décadas un vínculo invisible, pero profundo, con Haití, consolidada como una de las voces fundamentales de las artes visuales del Caribe. Por aquel entonces, asesoraba al ministro de Cultura, Raoul Peck, ante la inminente reapertura de la Escuela Nacional de Artes.
Aquella fue la única ocasión, a mediados de los años noventa, en la que pudimos evocar la alargada sombra de Cuba sobre el porvenir del Campo de Marte. Alrededor de una mesa, recuperamos la memoria del pintor surrealista Wifredo Lam y de su histórica estancia en Puerto Príncipe entre diciembre de 1945 y abril de 1946, acompañado por su esposa, Helena Benítez. Aquel viaje oficial no fue un mero trámite diplomático; supuso una fractura tectónica que transformaría su lenguaje pictórico al entrar en violenta y fecunda simbiosis con la vanguardia haitiana. Yolanda Wood, con la precisión quirúrgica del historiador que lucha contra el olvido, desglosó las fechas exactas para fijar un recuerdo propenso a la erosión del tiempo: entre el 24 de enero y el 3 de febrero de 1946, la exposición individual de Lam en el Centro de Arte reconfiguró de manera irreversible la mirada de los iniciados locales.
El diálogo, fluido y teñido por la melancolía de la época, derivó de pronto hacia la figura de Cirilo Villaverde. El nombre del poeta, periodista y combatiente pareció materializarse, como si su espectro caminara a nuestro lado por las calles de Puerto Príncipe. Rememoramos su obra cumbre, Cecilia Valdés, esa colosal pintura al fresco de la sociedad cubana colonial, marcada por las tensiones raciales y de clase, que encontraba un eco extrañamente simétrico en las arquitecturas suspendidas, casi oníricas, de la calle Légitime. En ese instante, Haití y Cuba dejaron de ser dos islas separadas por el agua para convertirse en un único territorio espiritual, unido por el arte, el exilio y la memoria.
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