¿Qué tiene que pasar para que un ciudadano deje de sentir que su voto importa? La pregunta puede parecer sencilla, pero detrás de ella hay una de las señales que más debería preocuparnos sobre el estado de nuestra democracia. Cada elección son millones de ciudadanos llamados a decidir el rumbo del país, pero cada vez son más los que prefieren quedarse en casa. Y quizás el problema no sea solamente preguntarnos por qué la gente no está votando, sino qué estamos haciendo para que vuelva a querer hacerlo.
Durante décadas, hemos hablado de la abstención como si se tratara simplemente de apatía ciudadana. Sin embargo, un reciente estudio del IIDH-CAPEL, solicitado por la Junta Central Electoral, plantea que estamos frente a un fenómeno más complejo y estructural. La investigación identifica, entre otras razones, la desconfianza política, la falta de propuestas atractivas, las dificultades de transporte y distancia, así como limitaciones laborales y de tiempo. Es decir, detrás de cada persona que no vota puede existir una historia distinta.
Pero los números ayudan a comprender la dimensión del fenómeno. En las elecciones presidenciales de 1996 la abstención rondaba el 23%; en 2000 se acercaba al 24%, en 2004 superaba el 27%, en 2008 se aproximaba al 29%, y en 2012 y 2016 continuó creciendo hasta situarse alrededor del 30%. Luego ocurrió algo mucho más significativo: en 2020 la abstención superó el 44% y en 2024 alcanzó aproximadamente el 46%. Hemos pasado, en menos de tres décadas, de tener una abstención cercana a uno de cada cinco electores a una realidad en la que casi uno de cada dos no acude a las urnas. La JCE mantiene disponibles los resultados históricos de estos procesos electorales.
Naturalmente, no toda abstención significa rechazo a la democracia. Hay ciudadanos que trabajan, que están enfermos, que viven lejos de sus centros de votación o que se encuentran fuera del país. Pero sería ingenuo pensar que todo puede explicarse por circunstancias individuales. También debemos preguntarnos qué responsabilidad tienen los partidos políticos y sus dirigentes. ¿Hemos construido una oferta política capaz de despertar interés en las nuevas generaciones? ¿Estamos hablando de sus preocupaciones, sus aspiraciones y sus frustraciones? ¿O seguimos utilizando formas de hacer política que cada vez conectan menos con una sociedad que está cambiando?
Votar es un derecho que costó sangre, sacrificios y luchas conquistar. Pero también debería ser entendido como una responsabilidad ciudadana. Una democracia no puede funcionar únicamente con instituciones que organizan elecciones; necesita ciudadanos dispuestos a participar en ellas. Por eso quizás deberíamos comenzar a discutir nuevas formas de estimular la participación, sin caer en la penalización ni en mecanismos que puedan comprometer la libertad del elector. ¿Por qué no estudiar incentivos cívicos para quienes ejercen su derecho al voto, como facilidades en determinados trámites públicos u otros mecanismos que reconozcan la participación ciudadana?
Pero ningún incentivo administrativo resolverá por sí solo el problema. Si queremos que los jóvenes voten, primero tenemos que lograr que sientan que la política tiene algo que decirles. Educación, empleo, transporte, seguridad, vivienda, tecnología, oportunidades y calidad de vida son asuntos políticos aunque muchas veces no se presenten como tales. La propia investigación de IIDH-CAPEL recomienda fortalecer la educación cívica, renovar la oferta de los partidos y facilitar el acceso a los centros de votación.
La abstención debería ser escuchada como una señal de alarma, pero también como una oportunidad para corregir. No basta con preguntarle al ciudadano por qué dejó de votar; también debemos preguntarnos qué hicieron las instituciones, los partidos y la propia sociedad para que dejara de creer que su voto podía hacer alguna diferencia. Si queremos que las nuevas generaciones defiendan la democracia, tenemos que conseguir que vuelvan a sentir que participar vale la pena. Porque el día en que votar deje de importar para la mayoría, la democracia seguirá teniendo elecciones, pero habrá comenzado a perder algo mucho más importante: ciudadanos comprometidos con ella.

Jovanny Arquimedes Rodríguez

Contador Público

Contador público con más de *30 años de experiencia* en el ámbito contable, empresarial y social. Destacado por una *fuerte vocación social, he dirigido y participado activamente en organizaciones no gubernamentales dedicadas a trabajar con **jóvenes y adolescentes en situación de vulnerabilidad* en la parte alta del Distrito Nacional. Poseo *experiencia en formación y administración de microempresas, contribuyendo al desarrollo económico y social de comunidades necesitadas. Actualmente, me desempeño como **Gerente-Propietario de la empresa ROCOMA SRL*, un negocio comercial ubicado en Villa Consuelo, Santo Domingo, República Dominicana, donde aplico mis habilidades administrativas y financieras para garantizar el crecimiento y sostenibilidad de la organización. Mis fortalezas incluyen liderazgo, trabajo en equipo, gestión financiera y un compromiso inquebrantable con el desarrollo social y empresarial.

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