Vivimos rodeados de palabras. Opiniones constantes, declaraciones rápidas, correcciones públicas, discursos inmediatos. Sin embargo, en medio de tanto decir, algo parece diluirse: la sustancia.

La palabra pierde sustancia cuando se separa de la responsabilidad. Cuando deja de pensarse como acto y se convierte en reacción automática. Cuando se usa para imponerse y no para construir.

En espacios de autoridad —educativos, pastorales o institucionales— esta pérdida es especialmente grave. Allí la palabra no es un simple intercambio; es una intervención en la vida de otros. Puede orientar, dignificar y abrir procesos. Pero también puede desgastar, confundir o cerrar posibilidades.

Como recordaba Emmanuel Levinas, el rostro del otro nos coloca en una relación de responsabilidad que precede a cualquier discurso.

Si esto es así, la palabra no comienza en la intención del hablante, sino en la presencia del interlocutor. No hablamos primero para afirmar algo, sino para responder a alguien. Cuando esa prioridad se pierde, el discurso puede mantener forma, pero pierde densidad. Se vuelve correcto, pero no cuidadoso. Se vuelve firme, pero no justo. Y allí empieza a vaciarse.

En la vida concreta esto se percibe con facilidad: una corrección pública que sustituye al diálogo personal; una decisión institucional comunicada sin explicar su sentido; una verdad dicha con prisa que deja más herida que claridad. En esos momentos la palabra conserva formalidad, pero pierde legitimidad.

Nuestro tiempo favorece la reacción sobre el discernimiento. Se habla antes de comprender. Se corrige antes de escuchar. Se juzga antes de procesar. La velocidad domina. Pero la velocidad no garantiza profundidad.

La tradición cristiana ofrece un criterio exigente: “decir la verdad en amor”. No se trata de suavizar la verdad, sino de integrarla al cuidado. Una palabra que no cuida puede sonar contundente, pero termina debilitando el vínculo que dice proteger.

La pérdida de sustancia no ocurre porque falten palabras. Ocurre cuando falta coherencia. Cuando el discurso no está sostenido por carácter. Cuando la autoridad se mide por volumen y no por responsabilidad.

Recuperar la sustancia de la palabra exige algo más que mejorar la retórica. Exige formar interioridad. Exige discernir cuándo hablar y cuándo callar. Exige reconocer que cada palabra deja huella, aun cuando no lo notemos de inmediato.

Hablar es fácil.
Decir algo con sustancia es otra cosa.

Tal vez el desafío de nuestro tiempo no sea producir más discurso, sino devolverle peso. Hacer que la palabra vuelva a sostener en lugar de desgastar.

Porque cuando la palabra pierde sustancia, la comunidad se vuelve frágil.
Pero cuando recupera densidad ética, deja de ser simple sonido y vuelve a convertirse en fundamento.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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