Las cifras preliminares publicadas por el Banco Central de la República Dominicana confirman que el país cerró 2025 con un desempeño notable en sus principales fuentes externas de divisas. La inversión extranjera directa alcanzó US$5,032 millones, con un crecimiento interanual de 11.3 %; las exportaciones totales aumentaron 14.4 %; las remesas crecieron 10.3 %; y los ingresos por turismo, aunque desacelerados, crecieron 3.2 %. En conjunto, estos flujos generaron más de US$47,300 millones en divisas, contribuyendo a la estabilidad relativa del tipo de cambio y a la sostenibilidad del sector externo.
Sin dudas, estos resultados son positivos y reflejan la capacidad estructural de la economía dominicana para atraer capitales, aprovechar su posicionamiento turístico y beneficiarse de condiciones favorables en los mercados internacionales. La incidencia de estos flujos sobre el producto interno bruto es real: sostienen la balanza de pagos, apuntalan la liquidez del sistema y mitigan presiones cambiarias que, en otro contexto, habrían sido mucho más severas.
Sin embargo, aquí emerge la gran paradoja de 2025. A pesar de este desempeño externo excepcional —con crecimientos de dos dígitos en inversión extranjera, exportaciones y remesas— la República Dominicana registró uno de los crecimientos económicos más bajos de Centroamérica y el Caribe, con un anémico 2.1 % del PIB. Es una señal que no puede ser ignorada. Cuando casi todos los motores externos están encendidos y la economía apenas avanza, el problema no está fuera: está dentro.
Conviene, además, separar con claridad qué resultados pueden atribuirse a políticas públicas y cuáles responden a factores exógenos. El extraordinario aumento del valor de las exportaciones de oro obedece, fundamentalmente, a dos elementos ajenos a la gestión económica local: los elevados precios internacionales del metal, en un contexto global de alta incertidumbre, y mejoras puntuales en la producción. No se trata del resultado de una estrategia industrial o minera integral, sino de una coyuntura externa favorable.
Algo similar ocurre con las remesas. Su crecimiento no debe interpretarse automáticamente como una señal de fortaleza económica interna. En muchos casos, responde a una combinación de factores externos —como el mejor desempeño laboral de la diáspora— y al aumento de las necesidades de los hogares dominicanos, que han debido recurrir con mayor intensidad al apoyo de familiares en el exterior para compensar el encarecimiento del costo de vida y la debilidad del ingreso real.
Lo verdaderamente preocupante es que, con turismo, inversión extranjera directa, remesas, exportaciones y precios internacionales jugando a favor, el bajo crecimiento económico solo puede explicarse por el mal desempeño de los sectores internos. Entre ellos destacan una inversión pública insuficiente y fragmentada, el bajo dinamismo productivo, la limitada expansión del crédito productivo y una estructura del gasto público excesivamente concentrada en consumo corriente, en detrimento de la inversión en capital e infraestructura con capacidad transformadora.
En otras palabras, los excelentes resultados del sector externo no están siendo capaces de arrastrar al resto de la economía. Y eso no es una buena noticia. Es, más bien, una advertencia clara: cuando los vientos externos soplan a favor y el barco apenas avanza, el problema no es el clima, sino el timón.
La discusión económica del país no debe quedarse en la celebración de cifras aisladas. El verdadero debate es por qué, aun con un contexto externo excepcionalmente favorable y con crecimientos de dos dígitos en los principales generadores de divisas, la economía dominicana apenas logró expandirse un 2.1 %. No estamos ante un problema coyuntural, sino ante una falla estructural de la política económica interna. Esa es la pregunta que exige respuestas y sobre la cual debería concentrarse cualquier agenda seria de política económica.
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